Volver al Corazón: una Lectura Desde Santa Catalina de Siena
- Guadalupe Montenegro Camacho

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Tres prácticas para que el hombre vuelva a habitar en la verdad y, desde ella, ordene su amor.

Por Guadalupe Montenegro Camacho
Al comenzar este tiempo santo que la tradición romana llamó quadragesima, la Iglesia nos propone disponernos no solo para recordar un acontecimiento del pasado, sino a participar en él. La Pascua no es solo la memoria de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, es también la promesa de nuestro propio renacimiento. Así como Él salió de la muerte a la vida, también nosotros somos llamados a pasar de una existencia vivida en la apariencia, a una vida vivida en la verdad.
Como bien sabemos, la Cuaresma no pretende únicamente modificar comportamientos, sino restituir el orden del amor: que la voluntad deje de tomar por absoluto lo que es relativo y se dirija nuevamente a su fin último. Santo Tomás de Aquino enseña que el pecado nace cuando el hombre absolutiza lo que no debe ser y desordena así su amor. Por ello la conversión no comienza con la acción, sino con el conocimiento: ver las cosas como son y verse a sí mismo ante Dios.
Esta experiencia espiritual aparece de modo muy vivo en Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica y Doctora de la Iglesia. En su obra El Diálogo, que recoge la conversación de la santa con Dios, se expone el origen del pecado y el camino de retorno del hombre a su Creador. Entre sus enseñanzas, la de la “celda interior” resulta especialmente iluminadora en este tiempo penitencial, pues orienta al hombre a volver sobre sí mismo y reconocer la verdad de su vida.
La celda interior no es un recogimiento psicológico ni un ejercicio de introspección, sino permanecer ante la verdad. Allí el hombre se ve a sí mismo a la luz de Dios y reconoce la realidad de su vida; eso es lo que la santa llama compunción del corazón: advertir que ha amado fuera de orden. Por eso la penitencia no produce la conversión, sino que dispone al alma para poder verla.
La santa vivía esta interioridad en medio de sus ocupaciones: escribiendo, aconsejando o sirviendo a los enfermos, volvía una y otra vez a la memoria de la bondad de Dios y de su propia fragilidad. No era un momento aislado de oración, sino una atención constante que iba ordenando cada obra. Entrar en la celda interior no consiste en retirarse materialmente, sino en aprender a mirar la propia vida desde Dios.
A la luz de Santo Tomás, este ejercicio se comprende porque la voluntad sigue siempre el bien que la inteligencia mantiene presente. Cuando el hombre pierde de vista su fin último, sus actos se ordenan a bienes inmediatos; por eso la conversión no comienza cambiando conductas, sino recuperando ese fin como medida interior de los actos. Precisamente permanecer en la celda interior es restituir esa presencia del fin, detenerse, ordenar la intención y actuar desde ahí.
Aquí aparece la dificultad propia del hombre contemporáneo. Más que rechazar a Dios, vive en continua dispersión; la sucesión de estímulos le impide permanecer el tiempo suficiente ante la verdad para que ésta ordene su vida. De ahí nace el sentido de la penitencia: disminuir voluntariamente aquello que ocupa la atención, para poder ver. Cuando el alma suspende la distracción y reorienta su acción, vuelve a entrar en la celda interior y comienza de nuevo la conversión.
De este modo, con las palabras que Dios dirige a Santa Catalina, entremos en la celda interior guardando estas tres prácticas fundamentales:
1. Permanencia ante Dios (memoria del fin)
“Yo soy el que soy; tú eres la que no es”.
Reservar cada día un breve momento de silencio consciente, no para multiplicar palabras, sino para recordar el orden real: Dios es el fin y yo criatura. Así la inteligencia recupera su medida y la voluntad no se dispersa en bienes inmediatos.
2. Rectitud de intención (gobierno de los actos)
“Todas las cosas deben hacerse por amor a Mí”.
Antes de las acciones ordinarias detenerse un instante y juzgar desde el fin último: no qué agrada más ni qué resulta más fácil, sino qué conduce al bien verdadero.
3. Renuncia que libera la atención (penitencia)
“El alma no puede llenarse de Mí si está llena de sí misma”.
Disminuir voluntariamente aquello que mantiene el alma fuera de sí (ruido, estímulo continuo, palabra innecesaria o satisfacción inmediata). La mortificación no tiene como fin el sufrimiento, sino hacer posible la permanencia interior.
Practicadas con constancia, estas acciones no añaden devociones externas, sino que forman un modo de vivir. Así la penitencia alcanza su fin propio: que el hombre vuelva a habitar en la verdad y, desde ella, ordene su amor. Quien desee profundizar en este camino encontrará en El Diálogo de Santa Catalina una guía segura para aprender a permanecer en él.





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