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La plenitud de la Ley viene por Jesucristo

El Señor nos ha dado la ley natural para que cumplamos su Voluntad. Y nos ha dejado su Ley escrita para que no erremos el camino. Jesucristo lleva esa Ley a su plenitud.



Por P. Jorge Hidalgo


Existen dos tipos de leyes que son reflejo de la ley eterna de Dios: La ley natural y la ley positiva. La ley eterna es el mismo Dios y la participación de esta ley a la criatura racional es la ley natural que, como he expuesto en ocasiones anteriores, no se puede cambiar porque es el manual de instrucciones del cristiano.

 

La ley natural vale para todas las criaturas, para los hombres y los ángeles, porque nuestras elecciones pasan por nuestra inteligencia y voluntad, es decir, sabiendo y queriendo lo que estamos decidiendo, no como sería el caso del trayecto de una piedra que fuera arrojada de una parte alta y que, por la ley de la gravedad, que es parte de la ley natural, simplemente caería al piso.  

 

El ejemplo anterior se explica porque la ley natural debe concretarse en la ley positiva, que nunca puede ir en contra de la ley natural. Cuando, por ejemplo, se impulsa una ley a favor del aborto, eso es un acto de violencia y va contra la ley natural.

 

Las leyes escritas de cada país son lineamientos importantes y por eso “el pueblo debe luchar por la ley como por sus murallas” (Heráclito), como decían los antiguos griegos, porque si se caía el muro, se caía la defensa de la ciudad y se venía todo abajo; de igual manera, debemos luchar por la defensa de la ley, pero de la que esté de acuerdo con la ley natural.

 

La ley positiva es la ley escrita. Esta ley puede ser escrita por Dios o por los hombres. Si fuera este segundo caso, tenemos la ley humana, necesaria para la convivencia humana y para lograr el bien común de la ciudad. Por ende, toda ley justa obliga en conciencia a los individuos a que sea cumplida.

 

Además, la ley positiva puede ser divina, como es el caso del Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo testamento es principalmente la Ley que Dios le dio a Moisés, que son los diez mandamientos y que no son otra cosa sino la ley natural porque es natural que el hombre respete a los padres, es natural que si existe el Ser Supremo le demos a Él la adoración que se merece, etcétera.

 

Dios fue aclarando paulatinamente la virtualidad de los diez mandamientos, no los exigió desde el comienzo porque, como se expuso hace algunas semanas, el pecado original causó en el hombre heridas a la inteligencia, a la voluntad y a las dos clases de sentimientos o de pasiones (el concupiscible y el irascible), heridas por las cuales fácilmente se inclina al error o a la ignorancia, a la malicia, al placer desenfrenado o a la ira desmesurada.

 

Por esa razón Dios fue revelando paulatinamente lo que Él quería. En su obra Contra las Herejías, dice San Ireneo que Dios lo hizo paulatinamente para que el hombre se acostumbrara a Él, porque es muy difícil cumplir la ley moral.

 

De hecho, Nuestro Señor Jesucristo declara que los preceptos morales no eran definitivos en el Antiguo Testamento.  Debían ser perfeccionados para llegar a la plenitud, por eso dijo que no vino a abolir nada, no dijo que lo que Moisés transmitió estaba mal y que por eso había que hacer lo contrario; no fue como el Obispo blasfemo que dijo que Moisés fue más misericordioso que Jesús, lo cual es imposible porque no hay nadie más misericordioso que Dios.

 

Jesús no vino a abolir nada ni a cambiar ni una iod o una iota (que es la letra más pequeña de los alfabetos hebreo y griego, respectivamente); sino que vino a darle plenitud a la ley antigua, vino a confirmar todo y a interiorizar la ley. Y dijo que si la justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraremos en el reino de los cielos; porque sus tradiciones humanas, en ocasiones iban en contra de los diez mandamientos.

 

Estaba, por ejemplo, el caso de los fariseos que declaraban “Corbán”, es decir, ofrenda sagrada, los bienes que tenían para ayudar a sus padres, se creían de ese modo dispensados de cumplir el cuarto mandamiento, es decir de “Honrar a su padre y a su madre”, pero eso no podía ser; por eso Nuestro Señor no quiere que seamos farisaicos, que exteriormente cumplamos la ley, pero interiormente estemos muy lejos de Dios.

 

Ir a la raíz y luchar tenazmente contra nuestros vicios

 

Para combatir los pecados lo que hay que hacer es ir a la raíz y trabajar ese mal. Es como si uno quisiera sacar una mala hierba, no debería cortarla a la altura del ras del piso, sino que hay que cavar hacia el fondo y sacar la raíz, porque si la corto al ras del piso, seguramente dentro de una semana o dos tendré de nuevo la peste en mi tierra.

 

De la misma forma ocurre con los pecados, si uno quiere exterminarlos, tiene que sacarlos de raíz, debe analizar la razón por la cual los comete, cuál es la causa de cada uno y para eso están los pecados capitales que definió San Gregorio. La palabra capital viene de caput capitis, es decir cabeza, ya que estas faltas son origen de otros pecados

 

Sin agotar todos los puntos de cada mandamiento, revisaremos a manera de ejemplo tres de ellos.

 

El quinto mandamiento, “no matarás”, no solamente se refiere a no asesinar al inocente, sino que además hay que darse cuenta que, muchas veces, el origen del asesinato está en la ira, en la falta de templanza, la falta de moderación; y al encontrar la ira como la raíz de este pecado, encontramos también lo que San Gregorio llamó como las hijas de los pecados capitales: una de las hijas de la ira es, justamente, el asesinato, entre otros pecados.

 

El sexto mandamiento, “no cometerás actos impuros”, siendo uno de estos actos el adulterio. Dice Nuestro Señor Jesucristo que el que mira mal a alguien con el deseo del adulterio comete un pecado grave y es muy importante tener esto presente porque los pecados graves no son solamente las acciones o las palabras que son malas y que fueron gravemente dañinas; sino que también pueden ser un grave pecado los pensamientos y de hecho estos son el origen de todo el mundo lascivo en el cual hoy estamos sumergidos, en una lujuria espantosa que quita la inocencia de los niños y los jóvenes.

 

Una mirada puede ser el origen del problema, por eso dice Nuestro Señor que si tu ojo, tu mano o tu pie son ocasión de pecado, ¡córtalos!; que lo que quiere decir es justamente que hay que cortar absolutamente con la raíz del pecado porque eso nos puede llevar a la perdición eterna; es preferible perder un miembro del cuerpo, que ser arrojado a la gehena, que es el infierno.

 

Es preferible evitar las ocasiones de pecado como decimos en el Pésame o Acto de Contrición. Uno está obligado a evitar gravemente las ocasiones de pecado mortal, no solo a evitar el pecado, sino también a evitar la ocasión que a mí me da pie para el pecado mortal.

 

Por último, sobre el segundo mandamiento, “no jurarás el nombre de Dios en vano”; hay juramentos que se pueden hacer, como a la bandera, porque la patria es importante para un católico, aunque actualmente el tema está trivializado, pero está también por ejemplo el juramento de un médico sobre la defensa de la vida, que es un juramento Hipocrático -cabe advertir que no es un asunto católico, sino de orden natural-; pero el tema de los juramentos es que se cumplan.

 

Está el caso de los políticos, que juran y después se roban hasta el agua de los floreros. Eso es perjurio y es un pecado gravísimo contra el segundo mandamiento. Si uno va a jurar tiene que cumplir el juramento porque no se puede poner a Dios como testigo de una mentira, de una mala intención, o de una cosa trivial. Aquí el problema de fondo es la banalización de lo más sagrado: Dios, Nuestro Señor; y todo lo que se hace en relación a Él (el culto divino, los santos, los Mandamientos, etc.)

 

Por eso dice Nuestro Señor Jesucristo “que tu sí sea así y que tú no sea no”, es decir que el cristiano tiene que ser un hombre de palabra y si decimos una cosa tenemos que cumplirla y no andarnos con excusas. Deberemos dar testimonio o seremos juzgados por cada palabra ociosa que decimos en nuestra boca.

 

En la actualidad, con el tema de las redes sociales, mucha gente pierde horas del día haciendo nada, comentando cualquier publicación, escribiendo cualquier cosa acerca del prójimo y de todo eso tendremos que dar cuentas a Dios.

 

El programa de vida que el Señor nos propone es exigente, nadie va a decir que todo esto es fácil, cada uno de nosotros sabemos a dónde nos aprieta el zapato y qué cosa tenemos que cambiar y trabajar para nuestra conversión, pero esto es el ideal del cristiano y no podemos presentar un ideal más bajo, más rastrero, porque el ideal es imitar a Jesucristo.

 

Ciertamente no podemos cumplir la ley por nosotros mismos, porque es difícil, exigente,  necesitamos la gracia de Dios y por eso tendremos que recurrir frecuentemente a la confesión. Acudamos también a Nuestra Señora para que con su intercesión nos alcance la gracia de Dios para vencer nuestras tentaciones, para vencer la raíz de los pecados que no podemos vencer, que Ella nos alcance la gracia de ser en este mundo el reflejo de la santidad de Nuestro Señor Jesucristo, para que algún día tengamos parte en su gloria en el Cielo.


 
 
 

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