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Cadena de Milagros en un día no Cualquiera

Que ante las dudas, el pesimismo y hasta el escepticismo del ambiente, sepamos pedir, no más milagros, sino más capacidad para maravillarnos ante los milagros que nos regalas todo el tiempo…Anécdotas de un Sacerdote argentino en el Miércoles de Ceniza.



Por P. Christian Viña


Dios, que nos conoce íntimamente como nadie más puede hacerlo, quiere siempre que como hijos abandonados en su Providencia le pidamos sin cesar por todas nuestras intenciones. Y en ello mismo, de algún modo, está la propia acción de gracias: le rogamos porque Él así lo quiere, con la seguridad de que siempre nos escucha.


Comencé este Miércoles de Ceniza del mejor modo, en el templo. Mis oraciones tempranísimas (Oficio de Lectura, Laudes, Santo Rosario y meditación) son la carga de combustible imprescindible para la jornada. Y, con ese marco, le volví a pedir al Señor por dos de los propósitos que hice al comenzar este 2026 en mi Retiro anual: humildad y paciencia. 


Y lo hice con el corazón agradecido, luego de acompañar en la celebración de su cumpleaños a un muy querido hermano Sacerdote, a quien conozco desde el Seminario. Me edifica todo el tiempo con su fe, inteligencia, fervor y hasta con su capacidad para aguantar a este servidor… Y, también, con enorme gratitud, por confesarme el martes; y haber tenido, por especiales circunstancias, un particular consuelo de Dios… ¡A Él y solo a Él sea siempre toda la Gloria!


Tras las oraciones matutinas fui a rezar la Santa Misa; con un pequeñísimo resto. Siempre, en estos casos, resuenan en mi corazón las palabras de San Juan Pablo II: “Tenemos que predicar toda la Verdad, aunque volvamos a ser doce”. Breve catequesis sobre la Cuaresma y las penitencias de este tiempo en la homilía e imposición de cenizas. Concluído el Santo Sacrificio, partí hacia uno de mis apostolados, en el Hospital Español, de La Plata.


Mientras caminaba pensé especialmente en hermanos sacerdotes cancelados que están en diversos puntos de la geografía nacional y del exterior. Llamado telefónico a un par de ellos. Y el regalo del Cielo de comprobar su fe probada, su perseverancia firme y su esperanza intacta. Ya en el hospital, como estaba previsto, impuse las cenizas en una celebración en el segundo piso, a los pies de Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás. Otro pequeñísimo resto. Con un puñadito de almas. Vale, claro está, cada una de ellas, toda la Sangre que Jesucristo derramó en la Cruz.


Apenas concluí se me acercó Juan; un entusiasta feligrés argentino, residente desde hace varios años en Uruguay. Lleva décadas separado de su esposa; pero fiel a lo que juró un día en el Altar, permaneció solo, sin concubina y entregado a la misión. 


“Padre –me dijo- mi esposa está agonizando. Mis hijas están muy lejos de Dios y, por lo tanto, me puse a rezar el Rosario en la capillita, para evitar algún choque en la habitación. ¡Dios me dio el milagro de mandarme un sacerdote! ¿Podrá acercarse y darle la Santa Unción?”. Ahí nomás partimos. En efecto, el aire estaba muy denso en torno a la agonizante.


Reproches, críticas airadas hacia la Iglesia, silencio de un servidor; y, cuando se terminó el desahogo, pude administrarle a Teresa el Sacramento. El Señor, una vez más, mostró toda su misericordia. Los términos destemplados dieron lugar a expresiones de gratitud. Y, por supuesto, un servidor, aprovechó para invitar al regreso:


“Hijas: el mejor regalo que pueden hacerle a su mamá, además del que acaba de recibir (la Unción), es que ustedes mismas regresen a la Iglesia; hagan una buena Confesión, y vuelvan a empezar, desde el Sagrado Corazón de Jesús”. Lágrimas abundantes, despedida y señas de este Sacerdote, para que pudiesen ubicarlo con cierta facilidad.


Juan, también conmovido, se ofreció para ayudarme en la recorrida por Neonatología y Cuidados Paliativos. Impuse también allí las cenizas a médicos, enfermeros, auxiliares y parientes de los internados. Y distribuí una bella oración de la Santa Madre Teresa de Calcuta; inspirada en las palabras “Tengo sed” (Jn 19, 28), que Jesús pronunció en la Cruz. “El Señor también tiene sed de tu alma. Vuelve a Él”, le repetí a cada uno de los hermanos; y, como siempre, recibí palabras de gratitud, gestos emocionados y, también, indiferencia y hasta rechazos. “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios, de aquellos que son llamados según su designio” (Rm 8, 28).


Al llegar a planta baja me encontré con el reproche airado, y ante otros empleados, de una secretaria que me reclamó por la llave de un salón que me había prestado. Y ahí se produjo otro milagro: el Señor me regaló el silencio absoluto; ni una palabra de justificación ni de reproche. El auxilio divino me obsequiaba una sorprendente paciencia. “Muchas gracias, hija. ¡Santa Cuaresma! Dios te guarde”, fueron mis palabras.


Ganada la calle, una vez más, los taxistas, mis amigos; esos personajes extraordinarios que me regalan, todo el tiempo, sus ocurrencias, me dieron pie para hablar de este especialísimo tiempo: “Muchachos –les dije- hoy comenzamos la Cuaresma. Son 40 días para acompañar a Jesús en el desierto; y, por supuesto, dejarnos acompañar por Él. Hoy no coman carne, modérense en la mesa y prívense, por ejemplo, de las redes sociales y de la televisión. Además, por supuesto, eviten caer en el pecado. Y, cuando puedan, realicen una buena Confesión…”. La respuesta no se hizo esperar:


-         ¡Padre, se lo dijimos mil veces, si vamos a confesarnos se le van a caer todos los santos…!


-         Y yo les repito lo mismo: “los santos tienen repuesto, ustedes no”. Aprovechen: la Confesión es gratuita y obviamente no tiene “contraindicaciones”. Una buena “chapa y pintura” les servirá para seguir avanzando hacia el encuentro del Señor…


Estrechado de manos, bendición de despedida, regalo de estampas, y a seguir el camino. En el mundo, especialmente del hampa, se dice que “la ocasión hace al ladrón”; en el caso nuestro bien podemos afirmar que “la misión del cura hace al perdón”. Jamás será mucho, ni de lejos, lo que le agradezcamos a Dios por todos sus beneficios.


La agenda del día continuaba de modo particularmente demandante. Visitas a otros enfermos para confesarlos, y darles la Comunión; confesiones en la parroquia y, si se pudiese, breves líneas para dar testimonio de lo vivido. También, en el tiempo para este artículo, Dios volvió a mostrarme su generosidad sin límites.


Mientras llegaba a la plaza Olazábal, a dos cuadras de donde vivo, se me acercó una joven embarazada. Y en estos tiempos de invasión mascotera, y de zoocentrismo, en el que los animales, en particular los llamados “domésticos”, remplazan en no pocos casos a Dios y al hombre, exclamé: “¡Gloria a Dios por un nuevo hijo en camino! ¿Es el primero, hija?


-         No, padre el quinto. Y todos con el mismo varón: mi legítimo esposo; con quien estamos bien casados por la Iglesia, como Dios manda, desde hace nueve años. ¡Y estamos cada vez más enamorados…!


-         Felicitaciones, hija. ¡Vamos por más! ¡Vamos, con todo! ¡A tener todos los hijos que Dios les mande!


-         Por supuesto, padre. Y no descartamos, tampoco, adoptar otros…


Bendición para mamá y niño por nacer, regalo de estampa y a continuar la marcha. Alberto, un anciano esgrimista, hoy muy limitado, con bastón, miró atentamente la escena. Siempre lo saludo y cruzo unas palabras con él. Está bautizado, sí; pero se alejó desde hace años de la Iglesia. El ambiente laicista y masónico, muy extendido en nuestra querida ciudad platense, hizo estragos también con él. “Padre –me dijo-. Usted sabe de mi rebeldía con los curas, pero hoy siento algo especial. ¿Qué se festeja hoy?”.


- Hoy es Miércoles de Ceniza, hijo. Hoy empezamos los 40 días de preparación para la Pascua, con ayuno, oración y limosna. Nunca olvides que rezo siempre por vos. Hoy, especialmente, le pido al Señor que, como el ave fénix, vos puedas resurgir, también, de las cenizas. Ya es hora de dejar la espada; abandona tu arma y corre a darle un abrazo al Señor, que te está esperando…


Silencio intenso, gesto de “vamos a ver…”, y fuerte apretón de manos. Alberto fue el corolario de una intensa mañana, en el debut cuaresmal.


Llegado al templo, en la Liturgia de las Horas, leí: Así dice el Señor de los ejércitos: ‘Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros’. No seáis como vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: ‘Así dice el Señor: Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras’ (Za 1, 3b-4b). Gracias, Dios nuestro, por darle a este sacerdote, pecador en conversión, el regalo de ser tu instrumento. ¡No abandones la obra de tus manos! Y, ante las dudas, el pesimismo y hasta el escepticismo del ambiente, que sepamos pedir, no más milagros, sino más capacidad para maravillarnos ante los milagros que nos regalas todo el tiempo…


 
 
 

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