¿Valoras el Tesoro que Tienes Delante?
Hay católicos en México, Estados Unidos y Europa que llevan años pidiéndole a Dios la posibilidad de tener regularmente la Misa tradicional y todavía no la han conseguido.

Por P. Daniel Heenan, FSSP
La experiencia de las semanas de misión en Ecuador me ha dado mucho sobre lo cual reflexionar. Al concluir esta labor, tal vez lo que más resalta es la gratitud que debemos tener por haber sido instruidos en la fe y por tener un acceso tan fácil a los sacramentos.
San Pablo dice que cosecharemos lo que sembramos y que tenemos que decidir si queremos sembrar en la carne o en el espíritu. Esta es la prueba perpetua del hombre: decidir si quiere vivir según la carne, según su egoísmo y las máximas de este siglo, pensando solamente en esta vida, o si verdaderamente quiere orientar toda su existencia hacia la consecución de la vida eterna.
Da mucha tristeza ver cómo tantas personas viven sin un verdadero conocimiento de Dios y, al mismo tiempo, en una gran pobreza material. Es, en realidad, una doble pobreza: espiritual y material. Y muchas veces las personas aspiran a salir de una, pero ni siquiera son conscientes de la otra.
Durante estas semanas, hemos conversado varias veces sobre cómo habrá sido la vida de los primeros misioneros que llegaron a estas tierras, muchas veces con casi nada, para predicar a pueblos que no tenían conocimiento del Dios verdadero. Debemos agradecer sus sacrificios, porque nosotros somos sus beneficiarios.
He tenido otras experiencias de misiones, pero esta vez ha sido distinta. No se trata simplemente de venir una semana, realizar algunas actividades y marcharnos. Ahora estamos pensando en un apostolado de muchos años, un trabajo que exigirá una gran perseverancia y muchos sacrificios. No basta con entusiasmar a la gente durante unos días. Hay que formar, enseñar, administrar los sacramentos, corregir errores, establecer costumbres cristianas y perseverar cuando los frutos parecen escasos.
Tampoco podemos evitar considerar las secuelas que ha dejado el modernismo en la vida católica. No ha sido fácil hacer comprender a la gente el valor de la Santa Misa tradicional. Si muchos han pasado al protestantismo, sin duda se debe en parte a que durante mucho tiempo ha faltado una presencia constante de la Iglesia. Pero también sucede que muchos conceptos católicos han sido, por decirlo así, “protestantizados”.
Si se piensa que la Misa consiste principalmente en congregarse, cantar alabanzas y sentirse bien, difícilmente se podrá apreciar la Santa Misa tradicional. El domingo, antes de la Misa expliqué una vez más que debemos recordar qué es realmente la Misa: el Sacrificio de Cristo. Cómo nos sentimos durante la Misa es algo secundario. No vamos principalmente para experimentar una emoción, sino para asistir sacramentalmente al Sacrificio del Calvario y unirnos a él.
Tenemos que recordar que estamos en presencia de algo divino. Debemos llevar también nuestros propios sacrificios al altar y unirlos espiritualmente al Sacrificio de Cristo, para que nuestras pequeñas cruces adquieran valor sobrenatural al ser ofrecidas con Él.
Poca gente asistió a Misa aquel domingo. Sin embargo, después se acercó una señora para agradecerme. Me dijo que ahora comprendía por qué celebrábamos de esa manera y que haberlo entendido había sido para ella una gracia de Dios.
Así será probablemente el progreso de esta misión: alma por alma, poco a poco.
Sería interesante poder hacer comprender a la gente de este pueblo la situación tan extraordinaria en la que se encuentra. Aquí tienen la Misa tradicional y pueden caminar cada día hasta el templo para asistir. Mientras tanto, hay católicos en México, en los Estados Unidos y en Europa que llevan años pidiéndole a Dios la posibilidad de tener regularmente la Misa tradicional y todavía no la han conseguido. Hay familias que conducen durante horas cada domingo simplemente para poder asistir a ella.
Y aquí, mientras las campanas de la iglesia suenan cada mañana, muchos ni siquiera se molestan en acudir.
Pero esta comparación también debe hacernos pensar a nosotros. Porque quizá, en algunos aspectos, no somos tan diferentes de la gente de Guale. Ellos incluso tienen una excusa mayor: apenas están comenzando a descubrir el valor del tesoro que tienen delante.
Estoy seguro de que en casi todos nuestros apostolados hay personas —probablemente muchas— que tampoco aprecian suficientemente los dones que han recibido. Personas que tienen la Misa tradicional a pocos minutos de su casa, pero van solamente para cumplir. Personas que tienen sacerdotes disponibles, pero apenas se confiesan. Personas que reciben oportunidades de formación, conferencias, catequesis y retiros, pero nunca encuentran tiempo para aprovecharlos. Personas que conocen la fe, pero nunca sienten la obligación de compartirla con los demás.
En cierto sentido, esta situación puede ser todavía más grave. En Guale muchos todavía no saben lo que tienen. Nosotros muchas veces sí lo sabemos y, sin embargo, no lo apreciamos.
Tal vez aquí podamos entender mejor la advertencia de San Pablo: “De Dios nadie se burla.” Haber recibido gracias no basta. Haber conocido la verdad no basta. Tener la Misa, los sacramentos y una buena formación no basta. Todo eso es semilla. Y llegará el momento de ver qué fruto hemos producido con ella.
“Lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”
Para mí, esta experiencia misionera me ha convencido todavía más de la importancia de vivir totalmente entregados a Dios y de no intentar hacer nunca una tregua con el espíritu del mundo. Tenemos que sembrar en el espíritu: ocupándonos seriamente de nuestra propia formación y santificación; preocupándonos por la formación y santificación de nuestros hijos y familiares; aprovechando los sacramentos y todos los medios que Dios pone a nuestra disposición; y dedicándonos con verdadero celo a la evangelización de los demás.
Porque probablemente la situación que encontramos en Guale se parece mucho más de lo que pensamos a la situación espiritual en la que vive una gran parte del mundo.
Nosotros hemos recibido muchísimo.
Quizá el peligro está precisamente ahí: acostumbrarnos tanto al tesoro que ya no nos parece un tesoro.
Y cuando reconocemos cuánto hemos recibido, no podemos permanecer indiferentes. La gratitud cristiana no consiste solamente en decir gracias. Consiste en hacer fructificar lo que Dios nos ha dado.
Si hemos recibido la fe, debemos vivirla.
Si hemos recibido los sacramentos, debemos aprovecharlos.
Si hemos recibido la verdad, debemos transmitirla.
Si Dios ha sembrado tanto en nosotros, tiene derecho a esperar una cosecha abundante.
Porque, al final, “lo que el hombre sembrare, eso cosechará.”
Publicado en el Boletín semanal del 6 de Septiembre de 2026.
Foto de portada: St. Mary’s Church






Comentarios