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Matrimonio Verdadero y Edad de San José

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  • Ni tuvo miedo, ni quería repudiar a María, ni era un viejo. La figura de José y su matrimonio con la Madre de Dios a la luz de la Tradición.



Por Luis Ángel Ramírez Ramírez


El matrimonio y la edad de San José guardan una relación muy especial, precisamente por los beneficios y conveniencias prácticas que Bonifacio Llamera, sustentándose en los Santos Padres de la Iglesia y en Santo Tomás de Aquino, expone en su tratado Teología de San José. 


Recordemos primero algo importante: la teología josefina tiene dos raíces, dos pilares, dos columnas importantes que permiten su desarrollo. Estos dos pilares son el matrimonio con la Santísima Virgen María y la paternidad sobre Jesús. 


Para poder abordar con claridad el matrimonio verdadero en la Sagrada Familia, hay que entender primeramente las costumbres del pueblo. Sería anacrónico entender los usos matrimoniales y los esponsales hebreos a la luz de las prácticas actuales. La teología del matrimonio no difiere, aunque los usos, las costumbres, el culto y los pasos dependían del pueblo hebreo y de su tiempo.


Actualmente podemos distinguir dos pasos hacia el matrimonio; uno lo prepara y el otro lo realiza. El primero es el compromiso, que también suele llamarse esponsales y cuyo rito ha caído en desuso. Este consiste en una bendición del compromiso que se está haciendo, pero sin tener validez de matrimonio. El matrimonio mismo, que es el segundo paso, esencialmente se da en la Santa Misa, con el rito debido, donde los dos cónyuges dan su consentimiento mutuo y establecen, a través de un contrato, un vínculo. En el pueblo hebreo no era así, sino que los esponsales tenían valor de verdadero matrimonio. En este sentido, cuando en el pueblo hebreo celebraban el rito de los esponsales, se consideraba que ya estaban realmente casados y posteriormente, sin un tiempo específico intermedio, comenzaban a vivir juntos; este último paso recibía el nombre de nupcias.


Contrastando estas cuestiones, nos damos cuenta de que en el matrimonio católico, el matrimonio y las nupcias tienen lugar, por decirlo así, en conjunto, el mismo día. Los esponsales vendrían a ser el mutuo consentimiento en el rito debido, y las nupcias comenzarían a partir de la noche de bodas, cuando los esposos comenzaban a vivir juntos. Quedando claro esto, comprendemos por qué se considera a José y María como verdaderos esposos, aun cuando no vivían juntos, por el simple hecho de estar desposados a través de los esponsales.


Naturalmente, las nupcias implican la unión carnal, pero, en el caso de San José y la Virgen María, veremos la excepción que se aplica y que no afecta al matrimonio, de modo que no sea un matrimonio falso, quimérico o ficticio, sino un matrimonio real.


Un segundo acercamiento y justificación del matrimonio de San José y la Santísima Virgen María lo encontramos en la Escritura, que es tal vez la fuente más importante en este tema específico. Apelando al Evangelio de San Lucas en cuanto a la Anunciación, en el primer capítulo, el evangelista menciona que el Ángel es enviado a una virgen desposada, no a una virgen soltera ni a una virgen comprometida. En la palabra desposada, el autor está refiriendo a una mujer que ha vivido los esponsales según el pueblo judío, esto es, en matrimonio real con su esposo.


Después, esto se reafirma en el primer capítulo del Evangelio de San Mateo, cuando, al hablar del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y de su Encarnación, menciona: «Estando desposada María, su madre». El texto se refiere a Nuestro Señor Jesucristo, pero con esta expresión señala que María estaba desposada al momento de concebirlo. Sin embargo, los Padres de la Iglesia, según sus comentarios recogidos por Santo Tomás en la Catena Aurea, se encargan de señalar que María estaba desposada, pero aún no había celebrado las nupcias. Esto tiene total coherencia con aquella interrogante de María sobre la posibilidad de tal suceso si no ha conocido varón. Ese «no conozco varón» tiene una importancia en este momento de la Anunciación y salvaguarda la cuestión de la virginidad de María.


En griego, el verbo «conocer» es γινώσκω (ginosko). Dicho verbo se emplea en Génesis 4,1, donde se menciona que Adán conoció a Eva y entonces Eva concibió. Nos encontramos, pues, con que en estos textos dicho verbo hace referencia al conocimiento conyugal, es decir, a la unión carnal y al conocimiento de los cuerpos. María, al negar que conoce varón, hace hincapié en que no conoce ni siquiera a San José. Esto refuerza, entonces, la conveniencia teológica de que solamente estuvieran desposados y aún no vivieran juntos.


Esto tiene una fuerza mayor en la discusión teológica y en el entendimiento de la Revelación cuando, en Mateo 1, 24, leemos que San José, después de que el Ángel le revela y confirma en sueños que el fruto en el vientre de María ha sido concebido por el Espíritu Santo, recibe a María en su casa. Es decir, se da la Concepción, San José entiende el misterio y entonces recibe a María; es entonces cuando celebran las nupcias. Según la tradición judía, entre los esponsales, el desposorio y las nupcias podía acontecer un periodo aproximado de un año. Se prevé, entonces, que durante ese año entre el desposorio y las nupcias se da la Concepción por parte del Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María.


En coherencia con lo que hemos venido discurriendo, encontramos necesario mencionar y aclarar cierta teoría teológica que atenta realmente contra la devoción y la teología no sólo josefina, sino, más importante aún, contra la devoción y la teología mariana e inclusive contra el misterio mismo de la Encarnación. La gran mayoría hemos escuchado la famosa doctrina de que San José quería repudiar a María porque desconfiaba de su virginidad. Aunque esta idea tuvo espacio en algunos autores primitivos, basta revisar algunos aspectos de la cuestión para salir de dudas. Para esto es de gran ayuda la obra ya mencionada de Bonifacio Llamera.


Hay una gran confusión al respecto, pues existe una cierta idea general de que San José era un hombre cualquiera, del montón, como elegido muy al azar por Dios para esposo de su Madre. Dichos argumentos pierden fuerza ante el hecho de que José, en la Escritura, es llamado «un varón justo». Él no era un hombre ignorante de las profecías para el pueblo de Israel. Conocía y sabía de la conveniencia y posible existencia de esa concepción milagrosa en una virgen. San José no fue enteramente sorprendido con la Concepción como si fuera un hombre incrédulo, aunque tampoco podamos negar que necesitaba calma en una situación sobrenatural. Es por ello que el Ángel es enviado a confirmárselo a través del sueño. 


San José no desconocía las Escrituras, no desconocía las profecías ni desconocía su religión judía. Vemos que la Escritura decía que era un varón justo y, cuando lo llama así, habla de un varón que cumple cabalmente la ley. Es inconcebible pensar en un José que repudiara a María por eso.


Esta idea del verbo «repudiar» nace de una mala traducción en las Escrituras. El verbo utilizado por los griegos en este pasaje es ἀπολύω (apolyo), que significa dejar ir, soltar, liberar de un compromiso. Cuando el pasaje menciona que San José intentaba repudiar en secreto a María, se trata de una traducción deficiente: no es que la repudiara en el sentido que comúnmente se entiende, sino que San José intentaba liberarla del compromiso, movido por un temor reverencial, porque sabía que no era digno de un misterio tan grande. Se podría decir que San José no sabía por completo lo que pasaba, pero sí sabía que aquello era obra de Dios. San José no rechaza a una adúltera como muchos lo intentan explicar en textos de josefología moderna, sino que no quería ser un estorbo, no quería estropear el plan de Dios; tenía un santo temor ante la reverencia que implicaba ese misterio. Por eso es necesario que el Ángel le revelara en sueños a José que aquello era obra del Espíritu Santo y después le indicara lo que tenía que hacer. El Ángel sólo viene a confirmar lo que San José ya sabía, lo que San José ya intuía. Esta doctrina de que José tenía un temor reverencial hacia este misterio obrado en María es una creencia casi unánime de los Padres de la Iglesia.


Aclarado esto, hablemos de la naturaleza del matrimonio entre San José y la Santísima Virgen María. Primero, hemos de decir lo siguiente: la esencia del matrimonio no es la cópula conyugal, como enseña Santo Tomás de Aquino; no es la unión carnal, aunque esta lo consuma, ni la procreación, pues este es el fin, no la naturaleza. El matrimonio no es matrimonio porque haya unión carnal e hijos; eso es una consecuencia y son actos propios del matrimonio, pero no son el matrimonio. 


En el matrimonio hay que aclarar cinco elementos importantes. El primero es el contrato que se da al compartir el consentimiento: hay una mutua entrega. Esta mutua entrega de consentimientos forma el segundo elemento, que es un vínculo estable que nace del contrato. El tercer elemento es la sociedad misma que nace del vínculo. Ya no es un «tú y yo», sino un «nosotros»; es una institución, una sociedad distinta de los meros sujetos individuales. El cuarto elemento es la potestad recíproca de los cuerpos, que se da en razón del contrato, del vínculo y de la sociedad misma. Todo tipo de sociedad implica una potestad recíproca sobre ciertas cosas; en este sentido, el matrimonio tiene esta potestad recíproca de los cuerpos, en virtud de la cual el hombre tiene potestad sobre el cuerpo de la mujer y la mujer tiene potestad sobre el cuerpo del hombre. De aquí brota el quinto elemento, que es la mismísima unión carnal.


Vemos, pues, que la unión carnal consuma el matrimonio, y lo consuma precisamente porque es cierta consecuencia de lo demás. Es un acto que nace de la esencia del matrimonio, pero que no es la esencia del mismo. La esencia es lo que hace que una cosa sea eso y no otra cosa. Lo que hace que el matrimonio sea matrimonio es el contrato y el vínculo nacido del contrato. De ahí que, aunque dos esposos se separen corporal y físicamente, sigue habiendo un matrimonio, porque hay un contrato y un vínculo establecido. Aunque no se viva en sociedad, aunque se rechace o se niegue la potestad de los cuerpos y, por ello, no se dé la unión carnal, sigue habiendo matrimonio.


Es claro que esto se da perfectamente en San José y en la Virgen María, en razón de los esponsales y posteriormente con las nupcias, que es cuando San José se la lleva y la recibe en su casa. Concluimos, entonces, que no es un matrimonio ficticio, falso o aparente, puesto que se dan los elementos esenciales para que haya un matrimonio verdadero. Santo Tomás explica en la Suma Teológica, en la tercera parte, entre las cuestiones 29 y 32, que el matrimonio, cuando está hecho por el mutuo consentimiento, forma un vínculo que se conoce como matrimonio rato. Coloquialmente diríamos que es un matrimonio logrado; es rato porque aún no se consuma. La consumación se da en las nupcias, en la unión conyugal de la noche de bodas.


Es menester entender lo anterior a la luz de la perfección del matrimonio del señor San José y la Santísima Virgen María. Llamera enumera cuatro puntos importantes al respecto. Primero, fue perfecto por la esencia y el vínculo conyugal; de hecho, también por la sociedad nacida de ese contrato y de ese vínculo, porque vivieron realmente juntos. Aunque en San José y en María esto implicaba que no había unión carnal, por el vínculo, por el contrato y por la institución había derecho mutuo sobre sus cuerpos, pero no por ello hicieron uso de esa potestad.


El segundo punto es en el que varios autores coinciden: dicen que su matrimonio no fue perfectísimo si atendemos al hecho de que no hubo uso de la unión conyugal. Sin embargo, el tercer punto especifica la forma en que esa «falta» se ve suplida, en razón de que, aunque el fin principal es la procreación, el fin secundario o consecuente de la procreación es la educación de la prole. Educar a la prole no se da solamente por la procreación, sino también por la recepción de hijos. Cuando alguien adopta o toma a alguien como su hijo, esto implica un deber filial y paternal propio, como si se tratara de un hijo procreado por ellos; esto es la educación misma, de modo que, aunque no hubo procreación por parte de José y María como fruto de la unión carnal de ellos, esto queda satisfecho con el cumplimiento del fin secundario.


Esta educación de la prole se da en la Sagrada Familia en cuanto se recibe a Jesucristo, Hijo de Dios, y se le educa como hijo verdadero, porque lo es, de José y María. Se entiende, pues, que, aunque no hubo fruto de procreación, ese Hijo encarnado en el seno de la Santísima Virgen María es un fruto real del matrimonio verdadero de José y María, aunque no se dé por la procreación. Así que su matrimonio no sólo queda satisfecho, sino también sobrepasado por la recepción del mismo Dios encarnado en la Santísima Virgen María. Santo Tomás diría que la falta de procreación no le quita nada de perfecto a tan santo matrimonio porque, en su caso específico, no era necesario procrear, puesto que el Hijo fue concebido por el Espíritu Santo.


El cuarto punto es que su matrimonio es perfectísimo por su significación de Cristo y la Iglesia. El matrimonio es un sacramento real, pero ese sacramento real es un símbolo de la unión de Cristo y la Iglesia. En ese sentido, por la pureza, virginidad y entrega de ambos su matrimonio no es cualquier significación, sino que es una significación altísima de las bodas de Cristo y su Iglesia.


La edad de San José


Nos atañe ahora un tema algo controvertido, sobre todo por la cuestión iconográfica, es decir, por la pintura y el arte que ha habido en algunas tradiciones no bien sustentadas y en algunos pensadores cristianos.


Respecto de la edad de San José, hay tres opiniones a tomar en cuenta. La primera es muy escasa y se trata más bien de una conclusión sin fundamento alguno: que San José era joven, hermoso y dotado de muchas virtudes. En efecto, podemos dar por sentado que estaba dotado de muchas virtudes, por razones principalmente de conveniencia, pues era conveniente que el padre adoptivo, pero verdadero, de Jesucristo estuviera dotado de las virtudes suficientes para educarlo y para ser previamente esposo verdadero de una criatura inmaculada como la Virgen María. Que fuera joven y hermoso no es una razón ni siquiera de conveniencia; de hecho, pareciera que no era del todo acertado que José fuera realmente joven. La idea surge más de la relación que se suele establecer entre la santidad y la hermosura física, pero que no se sigue realmente.


La segunda opinión es que era viejo e incluso deforme, un hombre anciano que tomó a una niña de entre catorce o quince años como esposa. Esta opinión favorece la idea protestante de que José tuvo más hijos antes de estar casado con la Virgen María. Inicialmente pareciera provechosa dicha postura para salvaguardar la idea de que San José no mancillara a su Inmaculada Esposa; sin embargo, conforme a la creencia católica de la virginidad y castidad de San José, no resulta plausible esta postura. Tampoco resulta conveniente por cuestión de misión, de vocación y de encomienda de Dios a San José.


La tercera opinión es como una síntesis, es el punto medio entre las otras dos. Se trata de que San José era un varón maduro, varonil, fuerte y con firmeza. Ésta, por razones de conveniencia teológica, parece ser la más acertada. En las costumbres del matrimonio del pueblo judío sí había una distinción de edad, en razón del beneficio de que el hombre fuera más maduro que la mujer, pero eso no significa que en sus costumbres se casaran adolescentes con ancianos. Esta cuestión de proporción tiene aún mayor sentido en favor de la misión y deberes de San José como esposo y padre. Era necesaria una edad joven y no anciana para sostener a la familia, para cumplir con un trabajo y con sus deberes de esposo; esto es, que fuera un hombre capaz.


Puede servirnos de ejemplo imaginar que Dios encomienda a un joven inmaduro, aun con cierta insensatez y cierta falta de experiencia humana, mudar de una ciudad a otra a una distancia kilométrica durante la noche. No suena, al menos históricamente, conveniente. Pero tampoco parece conveniente, desde el punto de vista histórico ni biológico, que un anciano caminara esas distancias protegiendo a una mujer joven embarazada o con un niño recién nacido. No es lógico pensar en un San José anciano huyendo de Herodes. En razón de la conveniencia para el cumplimiento de la misión, tiene sentido, pues, que San José fuera un varón en un punto medio de edad.


El padre Donald H. Calloway, en su obra Consagración a San José, argumenta que, cuando hablamos de varón justo, sabemos que «justo» se refiere al hombre que cumple la ley, pero la palabra «varón» para los judíos no significa solamente un masculino, sino que implica cierta integridad y cierta madurez. Si intentamos ser honestos y firmes respecto de la cuestión judía, no era ni un joven ni un anciano, sino un hombre con una edad aproximada de entre veinticinco y treinta y cinco años; es decir, en una cierta flor de la madurez que le permitiera cumplir con toda la misión encomendada. No era ni un inmaduro ni tampoco un anciano que no pudiera cumplir con las exigencias físicas de traslado, de protección, etc. 


Por ello, la razón de conveniencia teológica que sostienen los autores con mayor desarrollo en la teología josefina es precisamente que San José era un varón maduro, varonil, fuerte y firme. Como mencionamos brevemente en los párrafos anteriores, una de las razones para creer que era un anciano era la aparente conveniencia en pensar que, con su ancianidad, protegía la virginidad de María. Sin embargo, al estudiar la cuestión de la virginidad de San José, nos damos cuenta de que, según los Padres de la Iglesia, también tenía un voto de virginidad, tema que trataremos en el siguiente artículo. 


 
 
 

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