La Única Opción Política del Cristiano es la Cristiandad
“El rey tiene que servir a Dios, no solamente como individuo sino como rey”, San Agustín.

Por P. Jorge Hidalgo
Nuestro Señor Jesucristo instauró dos potestades diversas cuando indicó que hay que “darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Esta novedad es única y no se parece a ninguna otra concepción ni pagana ni no católica porque está diciendo que el César tiene potestad; pero, por otro lado, que hay que darle a Dios lo que es de Dios, pero no solo en la vida personal, sino también en la potestad que Dios ha instaurado.
Recordemos que Nuestro Señor le dice a Pedro: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, el poder de la muerte no prevalecerá contra ella y yo te daré las llaves del Reino de los cielos; es decir que Pedro tiene una potestad vicaria dada por Dios por lo que, “dar a Dios lo que es de Dios” es darle a Pedro y a sus sucesores (a los Papas) o a la Iglesia -en quien está representada la persona de Pedro- lo que le corresponde.
Tenemos, entonces, dos potestades o sociedades perfectas: la Iglesia y el estado. Es lo que significa la frase del Evangelio antes citada: “Dad al César lo que es del César; y a Dios lo que es de Dios.”
Hay, además, dos clases de sociedades imperfectas. En el orden de la sociedad se encuentra la familia, que es una sociedad imperfecta porque no puede alcanzar por sí misma todo lo que necesita. Por ejemplo, para su instrucción, los hijos van a acudir a otra sociedad, que es la escuela; para el tema de la salud la familia necesita acudir a otra sociedad, que es el hospital; para obtener ingresos el papá o ambos padres de familia acuden a otra sociedad que son las empresas, sus centros de trabajo; etc.
A su vez, las instituciones antes nombradas (escuela, hospital, empresas, etc.) son también sociedades imperfectas. Son los llamados cuerpos intermedios. Al igual que en el ejemplo anterior, cada una de ellas no puede cumplir todos sus fines sin la ayuda de otro organismo ajeno a su organización. Por eso es que también son sociedades imperfectas.
Las sociedades perfectas
El Estado es una sociedad perfecta, de hecho, todas las cosas caen dentro del Estado: lo que ocurre en las familias, en los cuerpos intermedios, todo eso pertenece al Estado de tal forma que el Estado tiene todos los medios para que nosotros alcancemos el fin: el bien común. Eso es realmente “dar al César lo que es del César”, no trabajar para el gobernante en turno, sino para el bien común de la sociedad.
Pero hay otra sociedad perfecta que es la sobrenatural. Se trata de la Iglesia, que también tiene todos los medios para alcanzar el fin, que es el Cielo.
La Iglesia tiene todos los medios para alcanzar la bienaventuranza porque Dios depositó en ella todos los medios para que lleguemos a verle, por ejemplo, los Sacramentos, las gracias, la Santa Misa, la predicación de la Palabra de Dios, etc.
Existen, entonces, dos sociedades perfectas y cada una de ellas tiene los medios necesarios para alcanzar el fin que a cada una corresponde.
El tema es que cada persona, independientemente del País o Estado en el que viva, es ciudadano de dos sociedades, del Estado, y, por ser bautizados, de la Iglesia, por lo que debemos trabajar por ambos fines: Por el bien común de nuestra nación, en lo que corresponde a pertenecer a la sociedad del Estado y por la vida eterna, por ser bautizados y ser miembros de la Iglesia.
Ahora bien; hay temas que involucran a ambas potestades y a ello se denomina materia mixta.
Revisemos el caso de la familia. La Iglesia habla de cómo se debe vivir cristianamente, habla del matrimonio, de la educación de los hijos…; pero el matrimonio y la educación también corresponden al Estado. Así, determinados temas o materias recaen bajo las dos potestades y por esa razón es que debemos darle al César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios.
Por ejemplo, formar una familia, con un matrimonio permanente (“hasta que la muerte los separe”), que sea reconocido civilmente el matrimonio sacramental y que la familia tenga muchos hijos es un bien, tanto para el Estado como para la Iglesia. Para el Estado, porque mientras más población haya, más riqueza humana tendrá, y mejor podrán contribuir todos al bien común; para la Iglesia, porque el fin del matrimonio es darle almas al culto divino, lo cual implica casarse como Dios manda, educar santamente a los hijos y reunirse todos en el Cielo.
El problema con esto surge cuando el César pide lo que no le corresponde, cuando el César se cree Dios. Esto ocurría en los tiempos de Nuestro Señor Jesucristo: el emperador se hacía adorar como Dios, de ahí que con su respuesta reconoce la autoridad del César, pero al mismo tiempo está diciendo que el César no es Dios; en otras palabras, hay que pagarle el impuesto, pero al César no se le debe dar culto.
La política cristiana
Ésta es toda la doctrina católica sobre la política cristiana. ¿Y cuál es o cuál debería ser la política cristiana?: “El concierto entre el Sacerdocio y el Imperio”, como dijo el Papa León XIII; o, dicho de otra manera, el concierto entre la autoridad temporal y el Papa.
Ambos deberían trabajar en conjunto porque la autoridad no tiene que pensar solamente en la seguridad, en el abasto de agua, la luz o en las vías de comunicación; sino que también debe pensar en la elaboración de leyes que fomenten el bien, la buena educación, para impedir que se propague el mal y que los malhechores no perjudiquen a terceros.
Es importante lo coyuntural, tener luz, por ejemplo; pero lo más importante es lo eterno; y más importante es el bien que se promueve, tal como la familia, el matrimonio, la educación; y el Estado tiene la responsabilidad de atender eso, de buscar el bien común, pero debe buscarlo pensando en el Cielo y en la trascendencia, porque todos moriremos y habremos de rendir cuentas a Dios.
De esta forma, “el rey tiene que servir a Dios, no solamente como individuo sino como rey”, dice San Agustín. Esto quiere decir que también la autoridad (cualquier gobernante en turno) tiene que darle a Dios el culto público y esto es todo un tema, porque ahora se dice que el Estado debe ser laico y esto es totalmente incorrecto.
Es verdad que el Estado debe ser gobernado por un civil y no por un Sacerdote u Obispo; pero el Presidente de un País, el Gobernador de un Estado y cualquier autoridad, aunque sea de un mando medio, debe servir a Dios, no puede dejar de ser católico porque asumió una función pública. Y esto vale para los médicos, profesores y cualquier otro oficio, para cualquier persona en cualquier ámbito de la sociedad en que se desarrolle: deben todos, en toda situación, actuar como católicos.
El problema del liberalismo es la postura que promueve: la separación de la Iglesia y el Estado, porque si se separan, ¿dónde estará el bien que promueve el Estado? ¿dónde estará la verdad que debe enseñar? ¿qué pasará con el mal que debe evitar que prolifere?
Por eso, la concepción de un Estado no católico -que lamentablemente es lo que hoy impera- que comenzó desde la Revolución francesa con el lema de “libertad, igualdad y fraternidad”, es en realidad una apostasía pública para que el pueblo olvide que algún día será el juicio de las naciones y se olvide que debe darle culto a Dios en espíritu y en verdad.
El gobierno en orden a Dios
Por eso es que la única opción política del cristiano es la Cristiandad. No existe otra opción política y la Iglesia forjó esto con sangre de mártires, con Obispos que fueron santos varones de Dios, sabios y valientes que no temían decirle a quien fuera lo que correspondiera.
Recordemos, por ejemplo, a San Ambrosio de Milán, que puso en penitencia pública al emperador Teodosio I El Grande, último emperador del imperio romano.
El hecho ocurrió porque una multitud asesinó a su jefe militar. Teodosio, en represalia por haber desafiado la autoridad imperial, ordenó que se aplicara un castigo ejemplar a toda la ciudad de Tesalónica. San Ambrosio le pidió que, como gobernante católico, actuara con piedad, pero Teodosio se dejó llevar por la ira.
La orden de Teodosio concluyó en la sangrienta masacre de unas siete mil personas. Al enterarse, San Ambrosio le prohibió participar en la Santa Misa y acercarse a la Comunión y lo puso en penitencia pública. El emperador se despojó de sus vestiduras reales y como el resto de los penitentes, se puso la ropa correspondiente al grupo Ordo Penitentium, en el que permaneció durante meses, hasta que San Ambrosio, el día de Pascua les dio la absolución a todos.
Teodosio promulgó el Edicto de Tesalónica, haciendo que la religión católica fuera la oficial del imperio.
¡Qué distinto este pasaje en la historia del cristianismo, a comparación con las cosas del mundo moderno, en el que un gobernante promueve la aprobación del aborto y los Obispos se callan, miran para otro lado! ¡Qué distinto es ahora el mundo cuando, a diferencia de los santos Obispos de Dios, ahora algún Papa ha hablado de la ecología, por ejemplo!
La Iglesia tiene una función en la Cristiandad: asesorar a la autoridad política porque por más buena que sea, no puede saber todas las cosas y de todas las materias.
Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, fue consultado ampliamente por San Luis, rey de Francia y por otros duques y autoridades de la época. No era el santo quien gobernaba, sino que solo les asesoraba, era el hombre de Dios, el hombre de oración detrás de la autoridad.
Otro hecho sin precedentes ocurrió durante la evangelización de América. Carlos V detuvo la evangelización porque tenía problemas de conciencia. Para resolverlo, se conformó la Disputa de Valladolid, con el fin de definir si era correcto que se utilizara la fuerza para evangelizar a los indígenas.
Esto es la verdadera Cristiandad, cuando la autoridad -que es dada por Dios- está consciente de que debe salvar su alma; y si las acciones correspondientes a su cargo se basan en otros criterios ajenos a Dios, que no son católicos y que ignoran los Diez Mandamientos, perderá su alma.
Si hubiese una verdadera autoridad católica se convertirían muchas almas, muchas más que las que podría convertir cualquier persona. Es el caso de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, reyes católicos de España, que financiaron el viaje de Cristóbal Colón, gracias a los cuales llegó la fe a América y se convirtieron muchas almas.
Esto es lo que Dios quiere. Pidamos a la Virgen Santísima que nos ayude a ser buenos patriotas de la Tierra y del Cielo cumpliendo bien nuestra misión como hijos, padres, trabajadores, docentes, etc.; ordenando los bienes hacia el Cielo, que es el bien que jamás ha de pasar, porque Jesús es el Rey de Reyes y Señor de Señores; y toda potestad de este mundo está sometida a su Divino Imperio.
Esta doctrina política de la Iglesia es la que nos distingue de todos, no hay ninguna otra religión que tenga esta doctrina y que siga al pie de la letra las palabras de Jesús: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y, aunque muchos no la cumplan y ni siquiera la conozcan, jamás podrá ser de otra manera; porque la Iglesia ha de ser el alma de toda sociedad de este mundo, y solo así le dará la vida sobrenatural que Dios le ha confiado a Ella.
*Portada: La Coronación de Carlomagno (1861), del pintor alemán Friedrich Kaulbach, ubicada en el Maximilianeum de Múnich.






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