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Un Católico Coherente con su fe

  • El aniversario de Marcelo Terceros: Un momento propicio para un examen de conciencia sobre nuestra fidelidad y defensa de la sana doctrina; y nuestra respuesta ante las injusticias o sufrimientos. ¿Saldríamos con la fe intacta, sin rencor y sin claudicación?



Por Aarón Mariscal


En los años posteriores al Concilio Vaticano II, muchos católicos de peso intelectual y prestigio público cedieron, confundidos, ante la tentación de reinterpretar la fe recibida hasta vaciarla de contenido. Cambiaron el «Reinado Social de Cristo» por una vaga «espiritualidad» sin dogma, y la coherencia católica en la vida pública por un cristianismo aguado que ya no incomodaba a nadie.


Vale la pena detenerse en ese fenómeno como examen de conciencia: ¿en qué medida hemos cedido nosotros, hoy, a la misma tentación? Y para responder con algo más que buenas intenciones, conviene mirar un caso concreto de lo contrario: el del jurista boliviano Marcelo Terceros Banzer (Santa Cruz de la Sierra, 1926-1988), cuyo centenario de nacimiento se cumple este 24 de agosto.


El Reinado Social de Nuestro Señor


Terceros aceptó las reformas conciliares, pero sin las desviaciones de quienes aprovecharon algunos documentos pontificios para justificar su propia heterodoxia. El pensador boliviano mantuvo, hasta el final de su vida una línea de pensamiento afín a la sana doctrina católica, evitando ciertas confusiones y cambios extremos que tendían al laicismo. Y todo eso en una época en que esa laxitud se volvía común entre muchos intelectuales católicos hispanoamericanos.


No basta con nombrar esta doctrina; hay que entenderla para poder vivirla. El Reinado Social de Jesucristo, proclamado con fuerza por Pío XI en la encíclica Quas primas (1925), sostiene que la soberanía de Cristo no se limita a la conciencia individual de cada creyente, sino que debe extenderse también a las instituciones, a las leyes y a la vida pública de las naciones. Es la negación explícita de la idea —hoy dominante incluso entre muchos católicos— de que la fe es un asunto privado, útil para consolar el alma los domingos, pero irrelevante para legislar, gobernar o escribir en la prensa el resto de la semana.


En algunos escritos periodísticos, recopilados póstumamente en el libro Desde mi umbral (2005), Terceros cuestionaba la hegemonía de la masonería y denunciaba a las «sectas heréticas de los protestantes», a las que consideraba «el peor de nuestros enemigos» (de los católicos). Son palabras que hoy sonarían impensables en la boca de muchos columnistas que se dicen católicos, y precisamente por eso merecen citarse como recordatorio de que la caridad cristiana no exige callar la verdad, y de que la firmeza doctrinal y la buena educación no son incompatibles. Se puede —se debe— decir la verdad sin gritarla ni rebajarla.


Terceros vivió su fe sin complejos, e incluso llegó a encontrarse personalmente con papas como Pablo VI y Juan Pablo II, con sumo respeto y reverencia.



La concepción cristiana de la justicia


Hay una segunda lección, quizás más exigente que la primera. En 1946, con apenas veinte años, Terceros defendió su tesis de licenciatura en Derecho sobre fray Francisco de Vitoria, afirmando que «únicamente la justicia, la misma justicia que predicaba el P. Vitoria, hará posible la paz soñada desde hace tantos siglos. Y ninguna mejor que la Justicia cristiana, verdadera y única justicia, para lograrlo». Cualquiera puede escribir una frase así a los veinte años, en el entusiasmo de la juventud.


Lo que distingue a Terceros es que, dos décadas después, ya como delegado de Bolivia ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), sostuvo la misma doctrina, casi palabra por palabra, ante la tribuna internacional. Afirmó en la Asamblea General de la ONU en 1966: «Los tratados se hacen para vivir, nunca para morir». Así, aplicó el principio vitoriano de la causa justa a la reivindicación marítima que Bolivia ejercía frente a Chile, país ante el cual perdió la Guerra del Pacífico en el siglo XIX, cortando así su única salida al mar. En otras palabras, Terceros sostuvo que el derecho de la fuerza no puede imponerse sobre la fuerza del derecho.


Ahí está el examen que cada uno de nosotros debería hacerse: no si alguna vez defendimos una convicción católica con entusiasmo, sino si la seguimos defendiendo veinte años después, cuando ya no hay energía juvenil que la sostenga, sino solo la voluntad de ser coherentes.


La amarga experiencia del cautiverio


La tercera lección es, quizás, la más dura de aplicar, porque a la mayoría de nosotros nunca se nos pedirá pagar el precio que pagó Terceros. Por militar en la Falange Socialista Boliviana, un partido nacionalista y católico opuesto al gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario, fue arrestado en 1953 y pasó casi dos años y medio confinado en campos de concentración del altiplano —Uncía, Corocoro y La Paz— hasta que la amnistía de 1955 lo liberó. Salió de ese cautiverio, según el testimonio familiar, sin manifestar rencor ni resentimiento, y continuó su vida pública con la misma matriz católica que lo había formado desde niño.


Aquí conviene detenerse en un matiz que la formación cristiana no debe pasar por alto: la fidelidad cristiana de Terceros no se endureció en rencor tras el sufrimiento, ni tampoco se ablandó en claudicación. Ambas tentaciones —la amargura y la rendición— son formas de dejar que el sufrimiento nos defina en lugar de que sea la fe la que lo interprete. Salir de la prisión sin odio es la prueba más difícil de una fe verdaderamente formada, porque exige perdonar sin dejar de sostener aquello por lo que se sufrió.


Conviene aclarar, para que esta lección no se malentienda, que la firmeza doctrinal de Terceros no lo convirtió en un integrista cerrado ni en un polemista de sacristía. Fue catedrático de Derecho Internacional durante más de veinte años, decano de su Facultad de Derecho, catalogador y comentador de archivos virreinales y columnista habitual en la prensa boliviana. La ortodoxia, bien entendida, no encierra: al contrario, da la solidez necesaria para actuar en el mundo sin perder el rumbo.


Para examinarnos hoy


Bolivia prepara, con motivo de este centenario, la publicación de una biografía intelectual completa sobre Terceros. Pero antes de que esa obra llegue a nuestras manos, cada lector puede ya hacerse las preguntas que la vida de este jurista boliviano plantea sin rodeos: ¿aceptamos las orientaciones de la Iglesia sin traicionar lo que ella enseñó siempre? ¿Defendemos hoy, con los mismos términos y la misma firmeza, lo que defendíamos hace veinte años, o hemos ido limando nuestras convicciones para no incomodar a nadie? ¿Y si el sufrimiento tocara a nuestra puerta, saldríamos de él con la fe intacta, sin rencor y sin claudicación?


Cien años después de su nacimiento, Marcelo Terceros Banzer nos deja un examen de conciencia.


 
 
 

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