Los Sacerdotes no Deben Callar
- Claudia Ortiz

- hace 24 horas
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“¡Después de Dios, el Sacerdote es todo!” (Santo Cura de Ars)

Por Claudia Ortiz
Los Sacerdotes tienen el deber sagrado de anunciar el Evangelio. Éste deber les fue conferido por Nuestro Señor Jesucristo: “Id por el mundo entero, predicad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea, se condenará.” (Mc 16,15 - 16)
Se trata de lanzar un llamado de conversión para alcanzar la salvación, no de unas palabras para alentar a seguir en una vida cómoda o solapar el pecado; no se trata de unas palabras para aplaudir una vida egoísta y sin exigencias. Las palabras del Sacerdote no deben ser de motivación en un mundo en el que se pisa al otro para llegar más alto. Ellos no deben confirmarnos en el pecado.
El llamado de los Sacerdotes debe implicar un reto, como el que hizo Nuestro Señor a la mujer adúltera: “Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8, 11). El mismo llamado hizo al hombre que sanó cerca del estanque. “Mira, has recobrado la salud, no peques más, para que no te suceda algo peor” (Jn 5, 14).
Este es el ejemplo que deben seguir los Sacerdotes, en nombre de Cristo deben predicar y ofrecer los sacramentos para la salvación de las almas. Dice el artículo 768 del Código de Derecho Canónico, en el Libro III sobre la Función de enseñar de la Iglesia:
Los predicadores de la palabra de Dios propongan a los fieles en primer lugar lo que es necesario creer y hacer para la gloria de Dios y salvación de los hombres.
Enseñen asimismo a los fieles la doctrina que propone el magisterio de la Iglesia sobre la dignidad y libertad de la persona humana; sobre la unidad, estabilidad y deberes de la familia; sobre las obligaciones que corresponden a los hombres unidos en sociedad; y sobre el modo de disponer los asuntos temporales según el orden establecido por Dios.
Es decir que un Sacerdote no puede callar cuando las políticas públicas promueven el control de la natalidad, cuando promueven el aborto, o ante las ideologías que, entre otros daños, impedirán la procreación. No deben callar ante el adulterio y en general ante ningún otro pecado porque ofende a Dios e impide la salvación de las almas.
Los Sacerdotes que quieren cumplir la misión que les fue encomendada, no pueden quedarse callados ante el apego a las cosas del mundo, la corrupción, el fraude, la violencia, el engaño, las calumnias, las irreverencias, la soberbia o el chisme; antes bien, llaman al pecador a dejar todo aquello y amar al prójimo.
Nuestro Señor Jesucristo dejó un gran ejemplo de firmeza ante las amenazas a la fe y la pureza. Esta fue su sentencia:
Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar.
¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! (Mt 18, 6-7)
Habló incluso de medidas drásticas ante el pecado:
Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la vida que, con las dos manos, ir a la gehena, al fuego que no se apaga.
Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehena.
Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el reino de Dios que, con los dos ojos ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. (Mc 9, 43-48)
El camino al Cielo no es fácil, exige un alto grado de compromiso diario, por eso los Sacerdotes no deben callar, deben mostrar el camino, poner la vara alta, para que alcancemos el Cielo. Ahí está el caso del joven rico que decía cumplir con los mandamientos.
-¿Qué más me falta?, le preguntó a Jesús.
-Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, sígueme.
El joven rico había preguntado por la vida eterna, sin embargo no estuvo dispuesto a esta exigencia y se retiró entristecido porque tenía muchos bienes.
En cambio, quienes sí han estado dispuestos a darlo todo por Cristo, han renunciado a los placeres, a los juegos y al descanso, como lo hicieron San Francisco y Santa Jacinta Marto; han renunciado a sus riquezas, como lo hicieron San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Francisco de Asís o Santo Tomás de Aquino; han aceptado la misión y el trabajo arduo, como lo hizo Santa Teresa de Ávila y muchos otros santos.
Ellos no guardaron silencio
San Juan Bautista no cayó en los respetos humanos, las relaciones públicas o la diplomacia. El rey Herodes se casó con la mujer de su hermano Filipo y Juan lo confrontó diciéndole: “No te está permitido tener la mujer de tu hermano”. Esta postura le costó la vida, pues la hija de Herodías pidió su cabeza, la cual le fue entregada en una bandeja.
Otras voces se alzaron contra el pecado en Uganda. Por rechazar el acto homosexual, son santos mártires Carlos Lwanga y sus compañeros.
Tras su conversión, gracias a las misiones encabezadas por San Daniel Comboni, se negaron a tener relaciones homosexuales con el rey Mwanga, al reconocer que era una costumbre contraria a la naturaleza.
Sus compañeros se sostuvieron, igual que él, en esta postura que enfureció al nefasto rey sodomita y los mandó quemar. “¡Puedes quemar nuestros cuerpos pero no nuestras almas”, dijo Lwanga, quien antes de ser quemado, bautizó en la cárcel a los que aún no habían recibido el sacramento. Después murieron juntos en la hoguera sin emitir gritos, sino oraciones.
En Inglaterra, San Juan Fisher y Santo Tomás Moro también encontraron la muerte al pronunciarse en contra del adulterio y negarse a ser cómplices de apostasía.
Cuando el rey Enrique VIII se divorció de Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena, el Papa se negó a anular su matrimonio, ante lo que el rey buscó la ayuda de Juan, Obispo de Rochester, que se negó a obrar en contra de la voluntad del Papa. Tomás también rechazó apoyar la anulación del matrimonio con Catalina, el cual consideraba totalmente válido.
Al no obtener el respaldo del Papa, Enrique VIII buscó ser nombrado líder absoluto de la iglesia Inglesa, desconociendo al Papa, así nació la Iglesia Anglicana. Juan Fisher no se sometió a tal autoridad, por lo que fue arrestado, al igual que Tomás.
Murieron en 1535. Antes de entregar su vida, en el patíbulo, el Obispo Fisher negó tres veces más su lealtad a Enrique VIII. Sus últimas palabras fueron: “Pueblo cristiano, vine aquí a morir por la fe en la Santa Iglesia Católica de Cristo". Dos semanas después fue decapitado Tomás; sus últimas palabras fueron: "Muero como el buen siervo del rey, pero primero de Dios."
A lo largo de la historia ha habido un gran número de mártires y santos que han preferido dar su vida por amor a Cristo y antes de pronunciarse en contra de su fe. El primer mártir de Cristo fue San Esteban, que fue lapidado por predicar con valentía que Jesús era el Mesías; razón que motivó el martirio de los apóstoles y de muchos de los primeros cristianos. Cómo olvidar a las carmelitas descalzas de Compiègne que se negaron a abandonar su fe y su vida religiosa y mientras caminaban a la guillotina iban cantando el Veni Creator Spiritus.
Cierro esta lista, que sería interminable, con dos casos. El del primer sacerdote católico nativo de Corea, san Andrés Kim Taegon, que tras meses de cárcel y torturas, se mantuvo firme en su fe y fue decapitado. Por último, es imposible omitir al pequeño mártir San José Sánchez del Río, que después de que le desollaron las plantas de los pies y fue llevado caminando al cementerio, a punto de recibir el tiro de gracia fue capaz de pronunciar: “Si al estar siendo martirizado ya no pudiera hablar, el movimiento de mis manos gritarán: ¡Viva Cristo Rey!"
Su fe, como la de tantos mártires de Cristo, fue alimentada por Sacerdotes fieles que no han dejado de proclamar el dulce nombre de Jesús, la voluntad de Dios y el camino de la salvación.
Los Sacerdotes, dijo recientemente el Padre Javier Carralón, deben hablar “con prudencia, con caridad, pero con verdad. Y aquí estamos para dar la vida por Cristo y si hace falta, para derramar la sangre.”





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