¿Cómo Detener la Apostasía?
- P. Jorge Hidalgo

- hace 13 horas
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Es posible revertir este proceso de autodestrucción del ser humano.

Por P. Jorge Hidalgo
Con el aborto, la tasa de natalidad, las supersticiones o prácticas esotéricas y de la nueva era, estamos imitando lo peor de Europa; pero no de la Europa católica, la Europa de la cristiandad, sino de la Europa apóstata actual. Eso es lo que está sucediendo hoy en Argentina y en otros países. Vivimos para otra cosa, no para lo que verdaderamente importa.
Lamentablemente las naciones estamos abriendo las puertas, nuevamente, al inframundo. Estamos en todo, en el comercio, en el asesinato de nuestros hijos, estamos en un proceso de apostasía, en un proceso de renuncia a la fe.
Tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para que las naciones vuelvan a ser católicas, vuelvan a ser grandes como lo fueron, para que vuelvan a las grandezas de la hispanidad. Tenemos que luchar para que el mundo se postre delante de Cristo y le reconozcamos, porque Él todo lo puede.
Así lo hizo la mujer cananea a la que aparentemente el Señor estaba despreciando, ella hizo un gran acto de fe y se acercó a Jesús, aunque los judíos no la querían porque tenían cultos satánicos, por eso su hija estaba atormentada por un demonio, porque si uno hace pacto con el de abajo, el de abajo va a venir, y el aborto abre puertas al inframundo.
Ese aparente desprecio ocurrió porque el plan de Dios era que primero en la salvación vinieran los judíos y que después la salvación se extendiera al mundo entero. Lamentablemente los judíos crucificaron a Nuestro Señor y se opusieron, además, a la predicación; por eso San Pablo dice que los judíos son enemigos de todos los hombres porque se oponían a la salvación. En efecto, escribe el Apóstol: “Ellos [los judíos] mataron al Señor Jesús y a los profetas, y también nos persiguieron a nosotros; no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres, ya que impiden predicar a los paganos para que se salven.” (1 Tes. 2, 15-16)
No sólo que ellos no querían la salvación, sino que además conspiraban contra los apóstoles -según consta en el Libro de los Hechos- para que los pueblos no aceptaran la salvación de Dios. Esto es lo que ellos decidieron y por eso los judíos se cerraron a sí mismos la puerta de la salvación, hasta que no reconozcan el mal que han hecho.
Se necesita un gran acto de fe
Así como los fenicios que adoraban a los demonios y cayeron bajo las garras de Satanás, quedaron exorcizados y liberados del demonio por la aceptación de la fe, por postrarse delante de Cristo, todos los pueblos deben reconocer que sólo Él tiene palabras de vida eterna y aceptar que la salvación viene de Dios.
Esto nos habla de la importancia de la misión, de la importancia de llevar el dulce Nombre de Jesús a todos los pueblos. Es necesario el trabajo apostólico para llegar al mundo entero y que todos crean que Jesús es el Señor, que “no hay otro nombre dado a los hombres por el cual debamos salvarnos”, como dijo San Pedro (Hech. 4, 12)
Lo mismo ocurrió en América, los pueblos indígenas, aunque con un poco de trabajo, se convirtieron. Sobre todo, cuando vieron la tilma de Nuestra Señora de Guadalupe que se apareció en 1531; todos los pueblos aceptaron automáticamente la fe porque vieron -entre otros signos- las manos de la Virgen, una de ellas indígena, que tiene la tez morena, y la otra mano tiene la tez blanca. Eso fue la Hispanidad, eso fue la hermandad que trajo la fe católica, donde la hermandad ya no estaba en una raza, sino que la hermandad ante todo está en la fe, bien vivida, poniendo a Dios sobre todas las cosas y todas las demás cosas al servicio de Él.
Así desaparecieron los cultos paganos, cuando todos aceptaron la fe católica. Esto es lo que el Señor está diciendo aquí, que todos los pueblos paganos tenían que renunciar a la fe en los dioses, en los demonios y aceptar que solamente el nombre de Dios y la fe católica es la que salva.
La mujer cananea que pidió ayuda a Dios hizo un gran acto de fe, reconoció que la salvación no venía de ninguno de los otros que tenían por dioses, sino de Nuestro Señor Jesucristo, de un judío, Hijo de David.
Eso necesitamos. Debemos elevar nuestra oración a Dios, pedirle a la Santísima Virgen María la gracia de que se pueda frenar este proceso de apostasía, este proceso de renuncia a la fe, este proceso de autodestrucción del ser humano, porque la renuncia a la fe no es otra cosa sino la autodestrucción del hombre.
Es necesario proclamar que sólo Él es el Señor y que esto sea vivido de manera pública, que esto sea defendido con las leyes y se proclame en alta voz que Cristo es Rey; es la única forma de que el Señor reine. Es decir, que la ley de Cristo sea la ley del Estado y que esto se transforme en un ordenamiento jurídico adecuado. Esa es la forma en que el Señor va a reinar.
Pidamos la gracia de perseverar, que nosotros siempre proclamemos al Señor, que no desfallezcamos en la oración, sino que perseveremos no solo en lo personal, sino que nuestra familia y nuestra nación proclamen que solamente Él “tiene palabras de vida eterna”. (Jn. 6, 68).





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