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La Gracia de las Humillaciones 

  • Nadie aprende verdaderamente la humildad sin pasar por alguna humillación. 



Por P. Daniel Heenan, FSSP


Todo lo que sufrimos al servicio del Señor, si lo vivimos confiando en su auxilio, puede servir para aumentar en nosotros la gracia y acercarnos a la vida de la gloria, por eso nunca debemos desanimarnos ante los sufrimientos, al contrario, debemos, como San Pedro, alegrarnos de poder padecer algo por la causa de Nuestro Señor y de su Iglesia, con la confianza firme de que Dios no abandona a quienes confían en Él. 


A pesar de nuestras muchas fallas, Dios mira el amor sincero con el cual volvemos a Él y quiere llevar a término en nosotros sus promesas. Jesucristo no solamente toleró las debilidades de San Pedro y de los demás apóstoles, sino que permitió providencialmente que experimentaran su propia fragilidad para ayudarlos a mantenerse humildes. 


Al mismo Pedro, a quien confió tanta responsabilidad, le recordó que aquella confesión de fe por la cual fue proclamado bienaventurado y establecido como roca de la Iglesia, no procedía de la carne ni de la sangre, sino del Padre celestial. 


La grandeza de Pedro no nacía de sus propios méritos, sino de un don gratuito de Dios. Los dones divinos solamente pueden fructificar plenamente en quienes aprenden a confiar humildemente en Él. No podemos apoyarnos por completo en Dios mientras continuemos poniendo nuestra seguridad en nuestras propias fuerzas y capacidades. 


Por eso Dios permite que experimentemos nuestra debilidad. No porque la perfección no importe o no deba ser nuestra meta, sino para que comprendamos que no podemos alcanzarla por nuestras solas fuerzas. Cuando reconocemos que por nosotros mismos nada podemos, dejamos espacio para que Dios lo sea todo en nosotros. 


En cierto sentido, pocas virtudes son tan necesarias para alcanzar la santidad como la humildad, porque sin ella impedimos que Dios actúe en nuestra alma. 


La soberbia es una tentación para todos. Se encuentra en la raíz de todo pecado y fue la causa de la caída de nuestros primeros padres y de los ángeles rebeldes. Necesitamos pedir diariamente la gracia de ser más humildes. Sin embargo, si hacemos esta oración con sinceridad, debemos aceptar una condición difícil: estar dispuestos a recibir las humillaciones que Dios permita. Nadie aprende verdaderamente la humildad sin pasar por alguna humillación. 


La humildad, un reto en los ambientes tradicionales


En los ambientes tradicionales enfrentamos esta tentación de una manera particular. Si hemos conocido la riqueza de la tradición católica y hemos encontrado un refugio en medio de la confusión que existe en otras partes, debemos recordar que esto es una gracia de Dios y no un mérito nuestro. Nadie está aquí porque lo merezca ni porque tenga derecho a ello. 


Pensemos no solamente en las muchísimas almas que no han conocido la tradición católica, sino también en aquellas que ni siquiera conocen a Cristo. Debemos recordar igualmente que hay muchas personas que han recibido menos oportunidades y menos luces que nosotros y que, sin embargo, han correspondido a la gracia con mayor generosidad y han alcanzado una santidad más alta. Esto debería ser para nosotros causa de una sana vergüenza y un poderoso motivo para combatir nuestra soberbia. 


La clave para mantenernos humildes es aprender a vivir siempre agradecidos. San Pablo pregunta: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» No podemos jactarnos de aquello que hemos recibido sin merecerlo. 


El enemigo quiere que, a pesar del inmenso don de la tradición católica, nos perdamos. Sabe que una de las mejores maneras de conseguirlo es convertir este don en motivo de orgullo y desprecio hacia los demás. Además, si verdaderamente deseamos que la tradición florezca en toda la Iglesia, nada contribuirá tanto como una actitud de humildad, gratitud y caridad; y nada alejará tanto a las personas como la soberbia, la amargura y el desprecio. 


Por eso propongo que, a imitación de San Pedro, recibamos las humillaciones que el Señor permita; no solamente con resignación, sino incluso con agradecimiento, sabiendo que, si las acogemos bien, pueden servir para nuestra santificación y para la mayor gloria de Dios.


 
 
 

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