Taxistas en Camino a Cristo
- P. Christian Viña

- 12 jul
- 3 min de lectura
Nueva aventura apostólica de un sacerdote Argentino.

Por P. Christian Viña
Dios me regala en los taxistas que paran en la puerta del hospital, numerosos desafíos pastorales; matizados siempre con el humor y las ocurrencias de quienes tanto conocen del mundo. Como en todo grupo –más en nuestra Argentina descristianizada donde el número de católicos cayó del 90 al 57 por ciento de la población en poco más de 60 años-, hay de todo: desde creyentes practicantes y convencidos, hasta díscolos y renegados; desde sobrevivientes de las sectas, hasta quienes se dicen “ateos”, o sea, que creen sin darse cuenta, o con ciertos complejos… Con todos, de cualquier modo, la relación es siempre muy respetuosa.
Es cierto: algunos van por el filo de la navaja, al límite de una irreverencia. Máxime cuando se enteran que el cura que tienen enfrente cuenta con varios años de trabajo en la televisión. No faltan, entonces, los que quieren conocer algo más de la farándula; y si un servidor tuvo, en aquellos años, algún romance con alguna “del ambiente” … “Yo me enamoré de la más linda –les respondo-, de la Iglesia, que es mi esposa para siempre. Dos veces, antes de entrar al Seminario, estuve a punto de casarme. ¡Mis novias de entonces se salvaron! ¡Me perdió el mundo, y me ganó Cristo!”. Arrancadas las sonrisas, incluso de los más duros, la charla siempre gana en intensidad. Y estos son algunos ejemplos:
-¡Padre! Yo no voy a misa, porque se caerían todos los santos.
-¡Los santos tienen repuesto, vos no!
-¿Cuánto haces que no te confiesas?
-Años, padre. ¡Necesitaría varios días!
-No te creas: con un buen examen de conciencia, y bien arrepentido, en algunos minutos sales un hombre nuevo. Un cura amigo siempre contaba que fue en el micro de su equipo de fútbol, con los jugadores, desde Buenos Aires. Uno de ellos le pidió confesarse, a lo cual el experimentado sacerdote, le respondió: “¡Tengo hasta Córdoba (más de 700 kilómetros) para escucharte!”
-¿Saben, muchachos, por qué todos los billetes bajos (equivalentes o menores a diez centavos de dólar) se van al Cielo?
-¡Porque no faltan nunca en la misa de Domingo! Los demás, por lo general, brillan por su ausencia…
-¡Hijos, queridos! acuérdense de que cada pasajero es un hijo de Dios. Él se los presta un ratito para que los lleven sanos y salvos a destino. ¡La terminal, el punto de llegada, por supuesto, es el Cielo!
Y así, entre sonrisas, y también alguna queja o reproche, vamos y venimos en el anuncio de Cristo. Y el Señor, que siempre nos sorprende, nos conmueve con el testimonio de Eduardo.
Es de los católicos convencidos y militantes, para quien la fe no es un adorno, sino el sentido de su vida. Pero como nos enseña San Agustín, “no hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro”. Y él, sin ningún tipo de reparos, habla de sus tiempos impíos.
“Dios se vale -enfatiza- incluso de nuestro barro para tallarnos del mejor modo. Hace 18 años fui a ver a un gran cura –hoy misionero en España- para pedirle una vacante, en el jardín de infantes de su colegio, para mi primer hijo. Él no me contestó y me invitó a que fuera a un retiro de hombres. Yo fui, no porque lo quisiera, sino porque pensaba asegurarme así el ingreso del pibe. ¡Fue un antes y un después! Salí renovado, fresquito, fresquito... Desde ahí mi vida cambió. El pibe hizo allí toda su escuela. Y, al terminar la secundaria, entró al Seminario. ¡Regalo tras regalo!
-O sea, te lavaron el cerebro los curas -, le retrucó uno.
-Ni ahí. Mejor dicho, me hicieron lavar la cabeza porque, en ese entonces, yo era medio jipi y roñoso... ¡Al contrario! ¡Me abrieron la cabeza, y mucho más el corazón! Hoy tenemos con mi esposa cinco hijos; rezamos juntos, vamos todos a misa, y nuestra vida se estructura en el anuncio y testimonio de Jesús…
-¿Y también hablas de religión con los pasajeros? -, insistió el “ateo” casi “militante”.
-¡Claro que sí! Si hablamos, todo el tiempo, de fútbol, de política, de economía, y hasta del frío, ¡cómo no les voy a hablar de Aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28) …!
Nombramos “pasajeros” y aparecieron en abundancia, tras las consultas o visitas en el hospital. “Usted, padre, siempre nos trae trabajo –dijo el más dicharachero-. ¡Usted es el “San Cayetano de La Plata” …!
-¡Hijo mío! ¡Soy tan solo un cura de a pie, felicísimo de serlo y sediento de santidad, para Gloria de Dios!
-¿Nos da su bendición, antes de la partida?
La señal de la Cruz brilló radiante en la gélida mañana platense. Y los simpáticos muchachos siguieron, cada uno por su camino. Con sus idas y venidas, en busca de Quien es Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6).





Comentarios