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Que Muramos Siendo Santos Hijos de la Iglesia

  • La Iglesia necesita cristianos fieles, que no quieran adaptar la fe a su medida, sino que sean santos, para hacer que la santidad de la Iglesia se manifieste mejor a los demás hombres.

 


Por P. Jorge Hidalgo


Jesucristo quiere que creamos en Él, que nos adhiramos a su Palabra, que lo sigamos; pero no cada uno individualmente, sino formando una comunidad creyente, eso es la Iglesia.

 

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo y todos debemos tener la adhesión a la Palabra de Dios revelada; dicho de otra manera, se trata de profesar que la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. Estas son las notas de la Iglesia que Cristo fundó, que es solamente la Iglesia Católica.

 

Es Una Iglesia, porque uno es su divino fundador, Nuestro Señor Jesucristo; una es su alma, que es el Espíritu Santo. Como dice San Pablo en la Carta de los Efesios: “un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo”. Todos debemos de profesar la misma fe y tener un solo bautismo, ésa es la unidad de la Iglesia y es muy importante. De hecho, en la Oración Sacerdotal, (capítulo 17 del Evangelio de San Juan), Jesucristo dice “Que todos sean uno para que el mundo crea”.

 

Una fe a la medida, el principio de la división

 

Hoy vivimos en un mundo muy subjetivista y relativista. Cada quien piensa lo que quiere, sostiene y afirma lo que quiere, entonces parece que todos somos “maestritos“, ése es un grave problema del mundo de hoy que, en ocasiones, se lleva a la fe.

 

A mi juicio, ésta es una de las causas por las que proliferan las “iglesias” protestantes, mal llamadas iglesias, porque como dice un documento de la Congregación de la Fe, llamada Dominus Iesus, hay que llamarlas Comunidades Eclesiales porque no tienen sucesión apostólica, es decir, no tienen obispo; y por esta ausencia de autoridad, no tienen tampoco sacerdotes y no pueden tampoco, perdonar los pecados, no pueden celebrar la Misa, no pueden expulsar los demonios, porque eso solamente lo hace quien tiene el sacramento del orden sagrado. Proliferan entonces porque como cada uno hace y cree lo que quiere; hay un montón de opiniones y es más fácil ser protestante que ser católico.

 

Hace más de 500 años Lutero puso un principio de división: la sola Escritura, es decir que cada uno lee la Biblia y la interpreta como quiere y así es como surgen todas las comunidades eclesiales que a todo el mundo se le han ocurrido.

 

Distinto es lo que quiere Cristo. Él quiere que nosotros permanezcamos en la unidad y que permanezcamos en la fe; y que tengamos una fe formada porque un cristiano ignorante es un futuro protestante. Un cristiano que no está formado fácilmente va a caer en cualquier herejía protestante.

 

Adhesión de nuestra inteligencia y voluntad a lo que el Papa enseña

 

Cristo puso a Pedro como principio de la unidad en la Iglesia. Pedro confiesa la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, y gracias a esa confesión de fe, el Señor revela quién es Pedro para nosotros: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” Por eso todos los sucesores de Pedro son el Papa y el Obispo de Roma. Si Pedro hubiese muerto en Capadocia o en Antioquía (como Pedro también fundó la Iglesia en Antioquía), entonces el sucesor de Pedro sería el Obispo de Antioquía. Pero Pedro murió en Roma, por lo que todos los obispos de Roma son los sucesores de Pedro y son el Sumo Pontífice. Por esta razón es tan importante que Pedro sea la garantía de la unidad.

 

También es muy importante la función del Sumo Pontífice. El Papa no puede inventar un dogma de la Santísima Trinidad o la cuarta Persona de la Santísima Trinidad, tampoco puede inventar el Octavo Sacramento o divulgar otro mandamiento, porque para eso no está el Papa.

 

El Papa tiene como función ser el maestro en la fe, confirmarnos en la fe. Y nosotros tenemos que darle la adhesión de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad a lo que el Papa nos enseña, que ya está revelado en la Sagrada Escritura y que puede que a veces no esté todavía claro.

 

Porque cuando el Papa define un dogma quiere decir que el tema se estudió mucho tiempo, que hubo santos y teólogos, que se dejaron iluminar por la Palabra de Dios y pudieron entender lo que dice la Sagrada Escritura, por eso debemos conservarlo como una verdad de fe.

 

Cuando el Papa enseña como maestro universal de la Iglesia, en fe y en moral y con intención de definir y de manera solemne, entonces eso pertenece a lo revelado por Dios y como católicos tenemos que dar nuestra adhesión a ello.

 

Es importante aclarar lo anterior porque también existe el error opuesto que es la papolatría: el pensar que la declaración que dio el Papa en un avión o en una entrevista puede ser una verdad de fe, y eso no es así. No todo lo que diga el Papa va a ser verdad de fe, porque como persona particular puede equivocarse. De hecho, cuando la Iglesia mejor reconoció la función de Pedro, es cuando estuvo más relacionado con la confesionalidad, con la función de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Por ejemplo, como he citado en otras ediciones, la discusión sobre la naturaleza de nuestro Señor Jesucristo en el Concilio de Calcedonia del año 451. Había entonces un hereje llamado Eutiques que decía que Cristo tenía una sola naturaleza. Ante esa situación, Flaviano, el patriarca de Constantinopla, consultó al Papa León Magno, quien, en respuesta, le escribió una carta famosa llamada Tomus ad Flavianum, en la que deja en claro las dos naturalezas de Nuestro Señor Jesucristo, la divina y la humana, unidas en la única Persona del Verbo.

 

El patriarca Flaviano llevó esa carta al Concilio de Calcedonia y se leyó públicamente. Todos los presentes dijeron entonces: “Pedro ha hablado por boca de León”. Ojalá los Obispos vuelvan a decir esta frase algún día.

 

Pero, ¿qué era lo que Pedro (en boca de León) estaba confesando?: La divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y cada vez que los sucesores de Pedro dicen “tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, Cristo dice “tú eres Pedro y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia.”

 

Lamentablemente ha habido Papas que han tenido sus bemoles y eso no nos tiene que escandalizar, porque somos pecadores y así Dios nos alberga en la Iglesia. Por eso ha habido Papas, como ocurrió en el siglo IX, llamado el siglo de hierro, que tuvieron hijos y que incluso los casaban en la Basílica de San Pedro. También está el lamentable ejemplo de Urbano VI, que dijo “todo lo puedo y así lo quiero”, se creyó todopoderoso y ocasionó un cisma en la Iglesia hasta tal punto que había hasta tres personas que ostentaban el título de Sumo Pontífice, y nadie sabía quién era el Papa verdadero.

 

Lo que tenemos que ver en Pedro, no es a su persona particular, sino al sucesor de Pedro, al vicario de Cristo, sin caer en papolatría pero conservando la unidad que nos distingue a los católicos.

 

Por eso es que, como decía en los Hechos de los Apóstoles Gamaliel, quien según la tradición fue maestro de San Pablo: “si esto es de los hombres, se va a destruir solo; pero si esto es de Dios, si ustedes luchan contra ellos, corren el riesgo de embarcarse en una lucha contra el Todopoderoso.”

 

Esto es la Iglesia, que de hecho es la Institución más antigua humanamente hablando, no hay ninguna institución que tenga tanto tiempo. De hecho, conocemos a todos los sucesores de Pedro, desde Lino hasta el Papa León XIV, que está actualmente en la silla de Roma.

 

Conservar la fe católica

 

Por todo esto es que debemos pedir la gracia de no caer en el subjetivismo,  en adaptar la fe a nuestras necesidades, nuestros gustos o preferencias, sino siempre conservar la fe católica.

 

Si bien es Dios quien se encarga de mirar en el interior de las almas, sí podemos señalar a los heresiarcas que se han separado de la Iglesia Católica, porque sí sabían lo que hacían.

 

Está el caso de Lutero que he relatado otras veces, también el del sucesor de Calvino, Teodoro de Beza, que estando en su lecho de muerte fue visitado por San Francisco de Sales, quien lo llamó al arrepentimiento. “Estás a tiempo, Dios te puede perdonar”, le dijo.

 

Teodoro se negó repetidamente hasta que el santo preguntó la razón de su negativa, siendo que aún estaba a tiempo de hacerlo. Entonces el moribundo corrió una cortina al lado de su cama y tenía el cuadro de una mujer.

 

-          Porque mi corazón le pertenece a ella y no me puedo desapegar, le dijo.


O pensemos, por ejemplo, en Enrique VIII, un lujurioso que se separó, se casó y se volvió a separar, lo que lo llevó a fundar la llamada “iglesia” Anglicana.

 

¿Cómo puede ser eso la Iglesia verdadera? ¿Cómo puede haber gente que sea luterana, anglicana, protestante o calvinista? Uno no juzga particularmente a cada alma, pero sí debemos darnos cuenta que solamente en la Iglesia está la santidad de la doctrina, toda la verdad revelada y que ese es el camino que nos lleva al cielo y a la santidad.

 

Santa Teresa, al momento de morir decía, “muero contenta, muero hija de la Iglesia católica” y eso ocurrió justamente en el siglo XVI, en el que muchos hicieron su fe a su manera. Ella, en cambio, moría contenta porque murió hija de la Iglesia. Esa es la gracia que debemos pedir: ser siempre católicos.

 

Debemos formarnos para no caer en el protestantismo y rezar mucho por el Papa, que tiene que ser un santo varón, un hombre prudente, un hombre que nos guíe hacia la vida eterna, un hombre que no se deje llevar por los impulsos porque si no, evidentemente, podría originar un cisma. Aquí otra gracia que debemos pedir: la de tener siempre santos pastores, para que así también nosotros, como ovejas, podamos seguir tras de ellos hacia la vida eterna. Que la Virgen Santísima, Nuestra Señora, nos conceda estas gracias y la de amar a la Santa Iglesia Católica como es, sin quererla adaptar a nuestros gustos, sino que por el contrario, siendo santos, hagamos que la Iglesia sea mejor vista para los hombres que nos rodean, para que juntamente, todos; pastores y fieles, lleguemos al rebaño eterno donde Cristo, Nuestro Señor, espera a todas las ovejas de este destierro, en la eternidad.


 
 
 

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