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Sin Dios, una vida sin sentido

  • Trabajar y satisfacer los placeres es la concepción del fin de la vida de muchos jóvenes que no conocen a Dios. La misión es urgente, hay mucho trabajo por hacer.



Por P. Daniel Heenan, FSSP


De misión en Ecuador nos invitaron a visitar la escuela pública del pueblo. Fuimos para invitar a los alumnos a participar en la catequesis y en algunas otras actividades que estamos organizando, como talleres de coro y acolitado. ¡Qué interesante poder entrar en una escuela del gobierno y hablar sin miedo de Cristo!


También fue muy interesante —y triste— constatar la pobre situación espiritual de muchos de los jóvenes. Tal vez no sea tan diferente de la realidad que encontramos en México y en tantas otras partes del mundo. Sin embargo, la experiencia me hizo pensar en una conocida frase del santo Cura de Ars:


“Sin el sacerdote, la muerte y la Pasión de Nuestro Señor no servirían de nada… El sacerdote continúa la obra de la Redención sobre la tierra… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote, y allí adorarán a las bestias.”


Cuando entramos en las aulas de los jóvenes de preparatoria, nos impactó darnos cuenta de cuántos ni siquiera habían hecho su Primera Comunión. La mayoría se mostraba bastante apática. En un momento les preguntamos: si no hay Dios, ¿para qué existimos? Un muchacho respondió sencillamente: “Para trabajar.”


La respuesta provocó la risa de muchos de sus compañeros. Ojalá se hayan reído porque les pareció una respuesta absurda. Sin embargo, aquel momento nos hizo percibir con mayor claridad la realidad de la batalla espiritual.


Otro encuentro durante la misma visita me impresionó todavía más. Mientras platicábamos con un grupo de muchachos durante el recreo, surgió el tema de las mujeres. Uno de ellos me dio a entender que buena parte de su vida consiste simplemente en buscar mujeres y la manera de estar con ellas, casi dejándose llevar por el instinto como los animales.


A propósito de esto le expliqué que nosotros, los sacerdotes, vivimos el celibato: renunciamos al matrimonio y a formar nuestra propia familia. Su respuesta fue inmediata: “Bueno, pero aunque no se casen, de todos modos pueden tener unas mujeres.”


Le expliqué que no. Precisamente porque amamos a Jesucristo y creemos que su Reino vale más que cualquier cosa de este mundo, renunciamos voluntariamente incluso a cosas que son buenas: al matrimonio, a una esposa y a una familia propia. Le expliqué también que por eso llevamos la sotana negra: como signo de que queremos estar muertos al mundo para entregarnos enteramente al servicio de Dios y de las almas.


El muchacho me miró sorprendido y respondió: “Ay, ¿cómo puede vivir uno así?”


Su reacción decía mucho. Qué triste es que una persona llegue a concebir la vida de tal manera que no pueda imaginar una felicidad que vaya más allá de los placeres de la carne. Para quien solamente conoce el placer, el sacrificio parece una desgracia; pero para quien conoce el verdadero amor, el sacrificio es precisamente una de sus expresiones más grandes. El problema no es amar demasiado las cosas buenas de este mundo, sino no haber descubierto todavía un Bien tan grande que valga la pena dejarlo todo por Él.


Sabemos que el hombre puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios por medio de la razón. Sabemos también que el corazón humano tiene un vacío que solamente Dios puede llenar. Pero ¿qué sucede cuando el hombre deja incluso de buscar una vida conforme a la virtud natural? ¿Qué sucede cuando pierde la esperanza de algo superior y se limita a sobrevivir, trabajar y buscar los placeres de la carne?


Es muy triste ver al hombre perder todo sentido de lo sobrenatural.


El Padre Xavier Proust tendrá mucho trabajo por hacer aquí en Guale, Ecuador. Pero, en realidad, el reto no es tan diferente del que encontramos en cualquier otra parte del mundo. Tal vez aquí sea simplemente más evidente porque muchas personas han vivido durante mucho tiempo sin una formación sólida en la fe.


Curiosamente, el Evangelio nos habla precisamente de esta situación. Nuestro Señor insiste en que no debemos preocuparnos excesivamente por las cosas de este mundo, porque Dios sabe perfectamente lo que necesitamos. Basta observar cómo Dios cuida de las demás criaturas.


Y, sin embargo, nosotros, que somos las criaturas racionales, creadas a imagen de Dios y llamadas a ser sus hijos, somos precisamente quienes más fácilmente nos afanamos por las cosas de esta vida y olvidamos las de arriba.


Cuando comenzamos a dedicar demasiada atención a las cosas de este mundo, poco a poco terminan ocupando cada vez más espacio en nuestra mente y en nuestro corazón. Por eso la tradición espiritual identifica al mundo como uno de los tres grandes enemigos del alma, junto con el demonio y la carne.


Por una parte, en este pequeño pueblo de Guale, tan alejado de todo, existe una oportunidad especial para vivir con menos distracciones. Desgraciadamente, los teléfonos celulares, que hoy están en las manos de casi todos, incluso de los más pobres, permiten que lo peor del mundo llegue hasta los lugares más apartados.


Si no procuramos recordar constantemente las cosas de Dios por medio de la liturgia, la oración, los sacramentos, la lectura espiritual y una vida verdaderamente cristiana, es muy fácil caer en las trampas del mundo y olvidar para qué hemos sido creados: para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y gozar de Él eternamente en la otra.


Tanto en Guadalajara como en Guale necesitamos recordar las palabras de Nuestro Señor: “Nadie puede servir a dos señores.” No podemos hacer una tregua con el espíritu del mundo. No basta una fe cómoda, superficial o a medias. Tenemos que estar verdaderamente convencidos de que solamente una vida ordenada completamente hacia Dios tiene sentido.


Durante aquella visita a la escuela me impresionó tanto escuchar a un joven decir, como si fuera la cosa más natural del mundo, que existimos simplemente “para trabajar”, que le respondí: “Si fuera así, ¡qué lástima! Si estamos aquí solamente para trabajar, sufrir unos años y finalmente convertirnos en comida de gusanos, ¿qué sentido tendría soportar todas las dificultades de la vida?”


Precisamente ahí aparece la tragedia del hombre moderno. No es que haya dejado de tener un destino eterno. Ha dejado de pensar en él. Puede olvidar a Dios, pero no por eso deja de haber sido creado por Dios. Puede vivir como si solamente existiera este mundo, pero no por eso desaparecen el cielo, el infierno, el juicio ni la eternidad.


Nuestro cuerpo ciertamente morirá y volverá al polvo. Nuestra alma, en cambio, no muere. Hemos sido creados para una eternidad con Dios y corremos el peligro real de perderla eternamente por el pecado.


Por eso nuestra presencia aquí no consiste simplemente en organizar actividades, reparar una iglesia o enseñar algunas oraciones. Estamos aquí para trabajar por la salvación de las almas.


Y la visita a aquella escuela nos recordó cuánto trabajo queda por hacer.


 
 
 

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