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Sin cristianos, el mundo muere

El corazón del mundo late por la vida de un auténtico cristiano que vive en gracia, cumple los mandamientos e intenta que Cristo reine en todo lugar. Sin esto, el mundo caería estrepitosamente.

 


Por P. Jorge Hidalgo

 

¿Qué quiere decir que Cristo sea luz y sal de la tierra? En la Sagrada Escritura y en la vida real de nuestro mundo, la sal tiene dos funciones. Sirve para darle sabor a la comida y además, la sal preserva de la corrupción, lo que quizá antes era más común.


Por su parte, la luz tiene como función iluminar para que no andemos en tinieblas, para que no nos tropecemos con los objetos que tenemos delante, y además tiene como función el calentar, quitar el frío.


Estas dos funciones que le corresponden a la luz, se aplican a nuestro Señor Jesucristo. Sabemos bien que Cristo es luz porque ante todo Dios es luz (Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna 1Jn, 1, 5), y en el Credo, refiriendo a Cristo, proclamamos que Él es Luz de Luz.


El mismo Cristo dice de sí mismo “Yo soy la luz del mundo” y su Palabra es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Por lo tanto, sabemos que Dios es luz, que Cristo es la luz y que esa luz es la que da a todos los seres humanos la capacidad de ver.


Santo Tomás hace esta comparación: la luz es a los ojos lo que la verdad es a la inteligencia. Así que de la misma manera que nosotros, si no tuviéramos luz, tropezaríamos con los objetos que tenemos delante; así también nosotros, sin la verdad, no podríamos discernir dónde está la verdad, dónde está el error, quién está en lo correcto o cuál es el falso razonamiento. Viviríamos en lo que el entonces cardenal Ratzinger (luego de ese cónclave, Papa Benedicto XVI) llamó la dictadura del relativismo, que de hecho es en lo que hoy estamos, porque el mundo ha apostatado de Cristo.


Cristo es la verdad: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Sobre este texto dice San Agustín que “Cristo, permaneciendo junto al Padre, es la Verdad y la Vida; revistiéndose de carne se hizo nuestro Camino”. Entonces, Cristo como Verdad, es como Cristo como Luz. Y como Dios no cambia, la verdad no cambia; como Dios no cambia, la luz tampoco cambia.


Cristo también es la sal

 

En la Sagrada Escritura, la sal es un ejemplo de la sabiduría y Cristo es la sabiduría del Padre. 


En el Seno de Dios, las expresiones: Palabra, Verbo, Sabiduría, Imagen; todas se atribuyen a la segunda Persona de la Santísima Trinidad, es decir, al Hijo de Dios. Así que, por lo tanto, Cristo es la sabiduría del Padre.


Por ser la sabiduría del Padre, Cristo nos preserva de la corrupción. Veamos el siguiente ejemplo del libro de la Sabiduría que la liturgia atribuye a Nuestro Señor:


“Cuando el mundo se hallaba en la mitad de su carrera y se hallaba a punto de la destrucción, Tu Palabra, Omnipotente Señor, saltó de Tu trono real hacia el mundo destinado al exterminio.”


Es decir, el Verbo se encarnó cuando la humanidad iba de mal en peor, a la corrupción del pecado, la corrupción que brota de la naturaleza y que nos autodestruye. Cristo, como la sal, también nos preserva de la corrupción, del pecado, cuyo salario es la muerte.


Y tú, ¿también eres luz y sal de la tierra?

 

Esto mismo, ser luz y ser sal, también nos corresponde a nosotros, igual que a Cristo, con la salvedad de que a Él le corresponde por sí mismo, porque es Dios; mientras que a nosotros nos corresponde tanto cuanto vivamos en Dios, en la medida que seamos como Cristo quiere que seamos, entonces seremos luz.

 

Pero la luz no la tenemos por nosotros mismos, sino que la tenemos de Él. Nosotros fuimos iluminados y recibimos la sabiduría de Dios. De hecho, un sinónimo de la palabra bautismo es iluminación. Fuimos iluminados en el bautismo, ahí recibimos la luz de Dios.

 

Y también en el rito antiguo del bautismo, el Sacerdote le pone un grano de sal al bautizado en la lengua, lo que significa que el que comienza a ser hijo de Dios por el bautismo, recibe su sabiduría (Esto se suprimió en el rito nuevo, pero se sigue realizando en el rito tradicional).  De esta forma, por el bautismo, tenemos una parte de esa luz y de esa sal que es Cristo mismo.


Pero seremos luz para otros tanto y cuanto nos dejemos iluminar por Dios, tanto y cuanto vivamos en Cristo; siempre que vivamos en Dios y que vivamos de Él, podemos ser luz para los otros.


También nosotros tenemos que preservar al mundo de la corrupción. La epístola de Diogneto, un escrito antiguo de la Iglesia del siglo III, dice que “los cristianos son para el mundo como el alma en el cuerpo”. Y así como un cuerpo está muerto sin alma, así también si no le damos vida al mundo, el mundo se corrompería.


Cuando ocurre la muerte, se da la separación del cuerpo y del alma y al salir el alma del cuerpo, inicia la corrupción del cuerpo. Lo mismo le ocurriría al mundo sin los cristianos. 


Si los cristianos no le diéramos el alma al mundo, no lo vivificáramos con la vida sobrenatural que viene de la gracia, con el cumplimiento de los mandamientos, intentando que Cristo reine en todos los lugares donde estemos, en nuestra vida privada, en nuestra vida familiar y en la vida social; el mundo se corrompería y caería estrepitosamente.


Por ello más adelante dice la citada Epístola a Diogneto: “Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.”


Si todos en la tierra fuéramos iguales al mundo, no le podríamos dar al mundo la preservación de la corrupción. Así que ser sal exige estar en el mundo, pero no ser del mundo, como dice el Señor en el Evangelio de San Juan.


Es decir, actuar de otra manera completamente distinta, actuar como Dios actúa y no dejarnos contaminar por este siglo o por este mundo, que son enemigos del alma al ser un criterio o forma de pensamiento que se cierra a la trascendencia.


Evidentemente nosotros éramos tinieblas, pero ahora podemos ser luz en el Señor, dice San Pablo. Justamente la condenación eterna es descrita de esta manera, con tinieblas exteriores y frío, porque no tienen la luz de Cristo, porque no tienen la luz de Dios, no tienen la mirada sobrenatural.


La sabiduría

 

La eternidad comienza desde este mundo. Si nosotros vivimos en gracia y vivimos cumpliendo los diez mandamientos, entonces desde ahora nos anticipamos a la ciudad celestial. 


Sin embargo, también la condenación eterna comienza en este mundo cuando uno elige las tinieblas, cuando elige el error, el relativismo, cuando se elige vivir a placer y sin que nadie le diga a uno lo que tiene que hacer. Ahí comienza el error, la confusión, y si las almas no se arrepienten, eso será la condenación eterna.


La sal es además la sabiduría. El cristiano tiene que ser la sabiduría de este mundo, no porque tengamos ciencia por nosotros mismos, sino porque tanto y cuanto vivamos en Dios podremos juzgar las cosas desde Dios, no con mirada de cierto juicio temerario, que es un pecado contra el octavo mandamiento, sino, como dice San Pablo, “el hombre espiritual todo lo juzga”, lo juzga desde Dios con una mirada sobrenatural, con una mirada de misericordia frente al que cae, intentando que se arrepienta y que llegue al Cielo.


El cristiano debe tener esa sabiduría que lo preserve de la corrupción, pero que lo ayude a ver como Cristo mira todas las cosas en este mundo. Que Dios nos ayude a vivir siempre en Dios porque, como decían algunos santos: “algunas personas, el único evangelio que verán, es nuestra propia vida.”


Tengamos presente: Tanto y cuanto vivamos en Dios tendremos esa luz sobrenatural, tanto y cuanto vivamos en Él estaremos preservados de la corrupción, tendremos la sabiduría de lo alto y así también podremos ser testigos de Dios ante los demás. Que la Virgen Santísima nos ayude para que nunca nada pueda apartarnos de Él y siempre en todas las cosas seamos ejemplo, no por nosotros, sino por la fuerza que viene de Dios, para que así también otros crean que solamente Jesús es el Señor del mundo.


 
 
 

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