Para Alcanzar la Perfección Cristiana
- P. Jorge Hidalgo

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Programa de vida espiritual para los que desean alcanzar la cima.

Por P. Jorge Hidalgo
Las bienaventuranzas, dice Santo Tomás, corresponden de modo perfecto al Cielo; es decir que en el Cielo, que es el fin del hombre, se tendrá la tierra en herencia, ahí seremos consolados, saciados, se obtendrá misericordia, etc.; porque las bienaventuranzas, al ser una descripción del Cielo, nos revelan lo que ocurrirá cuando veamos a Dios cara a cara en la gloria.
Nosotros le llamamos bienaventurados a los que miran a Dios en la gloria; pero, como en germen, los santos más perfectos pueden vivir esa gloria aquí en la tierra porque practican las bienaventuranzas, que solo pueden alcanzarse con la ayuda de los dones del Espíritu Santo; y además esos dones completan las virtudes para que nosotros no obremos al modo humano, sino que obremos al modo divino.
Según Aristóteles (a quien cita Santo Tomás), la felicidad del hombre puede estar en tres cosas distintas: en la vida voluptuosa (hacia las cosas exteriores); en la vida activa o en la vida contemplativa.
Para ordenar esas tres cosas, nuestro Señor nos indica cuáles deben ser los verdaderos amores del cristiano. Esos amores no están en la vida voluptuosa porque es una vida dedicada hacia los placeres de la tierra, las riquezas, los honores. Por esa razón se dice: “bienaventurados los que tienen alma de pobres”, que es el acto perfecto que lleva el don de temor de Dios y que se ordena a completar la virtud de la templanza y a perfeccionar la virtud de la esperanza, así que ahí tenemos el primer don del Espíritu Santo.
En segundo lugar, se ordena a que no tiene que estar en las pasiones del irascible, en esas pasiones arduas, en esos sentimientos complejos que llevan, por ejemplo, a la ira, o a la tristeza, o a la desesperación, como sentimientos. Para que uno no caiga en eso, se dice: “bienaventurados los pacientes, o los mansos” y a esto se ordena el don de la piedad. Este don lo que hace es que, si uno mira las cosas como Dios las ve, entonces uno va a tener caridad con aquellos que tenemos delante nuestro, para no tratarlos de modo intempestivo.
En tercer lugar, el orden de esta vida voluptuosa dice no a las pasiones del concupiscible, a esas pasiones por las cuales uno a veces tiene un deseo irrefrenable del placer. Por eso el Evangelio dice, en contra de esas pasiones mal usadas, “bienaventurados los que lloran o los afligidos”, porque el que llora se arrepiente de los placeres malos que ha tenido. Cuando se hace mal uso de las cosas hay un llanto sincero de contrición, por eso cuando nos confesamos lloramos por nuestros pecados. Esto es el don de Ciencia que se ordena a perfeccionar la virtud de la fe (virtud que tiene dos dones del Espíritu Santo: el don de entendimiento y el don de ciencia). El don de ciencia se refiere a las cosas de la tierra, para saberlas usar tanto cuanto convenga a la bienaventuranza, de tal forma que nos ayuda a despreciar las cosas de la tierra y a no darle más sentimiento de lo que merece.
Vida activa
La vida activa tiene que estar ordenada a la contemplativa y la vida contemplativa está para ver a Dios.
Respecto a la vida activa, evidentemente tenemos ocupaciones en este mundo, no podemos dedicarnos solo a contemplar a Dios o a rezar, hay que trabajar, hay que atender la familia, etc.; por esa razón, la vida activa tiene que estar ordenada a la vida contemplativa. Todo lo que hacemos tiene que estar en orden a llegar a ver a Dios en el Cielo, por esa razón dice Santo Tomás que esto se ordena a dos cosas.
Primero: ¿Qué debemos darle a los demás? Eso es propio de la justicia porque la justicia es darle a cada uno lo suyo: “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Y para lograrlo, obviamente, muchas veces uno tiene que negarse las cosas que uno quisiera, por eso es que tener hambre y sed de justicia es el acto propio que surge de la virtud de la fortaleza, por la cual uno se niega muchas veces a sí mismo a hacer lo que tiene ganas y justamente para darle a cada uno lo suyo. La virtud de la fortaleza es completada con el don del mismo nombre, para que podamos resistir y acometer por la verdad católica hasta las últimas consecuencias.
Segundo: “Bienaventurados los misericordiosos”. Se trata de aquellos que buscan darle un beneficio espontáneo a los demás, es decir que ya no solamente le doy a cada uno lo suyo, sino que busco hacerle el bien a otro, de tal manera que lo favorezca, y eso es justamente lo que hace la misericordia.
Esta misericordia, como acto propio, es fruto del don de consejo, que perfecciona la virtud de la prudencia, hace que cada uno se incline a juzgar bien al otro y es por eso que el acto prudente, movido por el don de consejo, hace que en los demás surja la misericordia. O que uno tenga una mirada misericordiosa del prójimo.
Vida contemplativa
Las últimas bienaventuranzas se refieren a la vida contemplativa, es decir que se busca ante todo a Dios y a todas las cosas en Dios y ocurre por dos cosas:
Primero, como mérito a la vida activa. Después de que uno ha despreciado los placeres, ha tenido una vida activa ordenada, entonces uno tiene mérito en la vida contemplativa: “bienaventurados los que tienen el corazón puro”.
Solamente tienen el corazón puro los que han podido ordenar todas las demás cosas y llegan a este grado de vida interior y esto es un acto propio del don del entendimiento que se ordena a completar el acto sobrenatural de la virtud de la fe, en lo que mira a las cosas principalmente divinas.
Segundo, la vida contemplativa además tiene un mérito en relación al prójimo: “los que trabajan por la paz”; la paz es la tranquilidad del orden, como decía san Agustín; y quien tiene la paz busca darle también a cada uno lo suyo, pero justamente intentando que surja en los demás el amor a Dios. Por eso santo Tomás dice que la paz es uno de los frutos interiores de la caridad y por esa razón la paz es el acto propio del don de sabiduría, que también completa la virtud de la caridad.
¿Alcanzarás la corona?
Hasta aquí se han aplicado a la vida del hombre 7 bienaventuranzas, con 7 dones y las 7 virtudes, incluyendo las teologales y las cardinales, pero falta una bienaventuranza, la octava: “Los que son perseguidos por causa de la justicia”.
Dice santo Tomás que esta bienaventuranza es una perfección de todas las anteriores, de modo tal que uno puede ser perseguido por el nombre de Dios solamente cuando tiene la fe, la esperanza, la caridad, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza; y cuando tiene todos los dones del Espíritu Santo perfeccionando todas y cada una de estas virtudes.
En conclusión, esto es un programa de vida espiritual y de vida interior perfecto: no falta absolutamente nada; podremos cumplirlo cuando tengamos un trabajo serio en la vida interior y en la vida espiritual, cuando realmente consideremos cada una de las virtudes y examinemos nuestro interior en oración delante de Dios.
Si uno quiere subir una montaña y observa a lo lejos que el pico está empinado, puede correr el riesgo de desanimarse, de decir “esto no es para mí”, bajar los brazos y quedarse mejor en tierra firme. Para no pasar por esas en el camino de la santidad hay que pedirle al Señor la gracia de no desanimarnos porque llegar hasta la cima de la perfección cristiana es lo más arduo, es el pico más alto, es lo más difícil que nosotros tenemos que lograr y solo lo vamos a alcanzar si trabajamos seriamente por nuestra salvación, si nos proponemos realmente como lo más importante en nuestra vida, nuestra plena santificación.
No dejemos de contemplar a Cristo, no dejemos de rezarle mucho para que nos ayude, para que nos dé esa gracia, para que también nosotros lleguemos a esa perfección de la vida cristiana que los santos nos proponen como modelo para todo discípulo de Cristo. Que Nuestra Señora, la Virgen Purísima, nos conceda practicar esas virtudes no al modo humano, sino al modo divino y así poder también lograr estos actos perfectos que son los que brillan de modo eminente en los bienaventurados.





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