¡Dios Tiene Mucha más Paciencia con Nosotros!
- P. Christian Viña

- 26 ene
- 5 Min. de lectura
Anécdotas de un Sacerdote. María Santísima, la niña Pilar y una lección de fe a la anciana Laura.

Por P. Christian Viña
Dios quiso o permitió que mi primerísima mañana estuviese complicada por problemas domésticos, que me dejaron de muy mal humor y pusieron particularmente a prueba mi paciencia. “¡Fuerza, pater! ¡Dios tiene mucha más paciencia contigo!”, me repetí como lo hago en tantas otras ocasiones con los hijos que el Señor pone en mi camino. Y, así, en clave de ofrecimiento, partí rumbo al hospital.
Iba llegando cuando unos muchachos, bastante ebrios, sentados en el piso frente a las botellas de su prolongada noche de excesos, me miraron con cara de pocos amigos. Tomé entonces la iniciativa:
- Buen día, hijos. ¡Dios los guarde!
- ¿Cómo está Dios? -, me preguntó uno de ellos; tal vez el más afectado.
- ¡Muy bien, gracias a Dios! ¡Y está esperando que vuelvas a Casa!
- ¡Que espere tranquilo, nomás!
- Buena mañana, hijos. ¡Rezo por ustedes!
La respuesta no se entendió del todo. Aunque, por lo que me pareció escuchar, no sonaba precisamente como un elogio a mi fallecida madre; que tuvo una vida recta y fue muy fiel en su matrimonio… ¡Dios tiene mucha más paciencia con nosotros!
En el hospital, como siempre, el Señor me colmó de regalos. Es admirable ver allí, en las fronteras del dolor y la esperanza, la obra maravillosa de Dios y cómo quienes se abren a la gracia de los Sacramentos experimentan un cambio concreto en su vida, que se traduce, por de pronto, en el inmediato encendido de su rostro. Y cómo, por el contrario, quienes rechazan el auxilio divino, a veces incluso con hostilidad manifiesta hacia un servidor, siguen rehenes de la falta de paz. ¡Dios tiene mucha más paciencia con nosotros!
A la salida, me propuse rezar particularmente por los alejados. Para que ellos y nosotros, los sacerdotes, llamados a ser puentes con el Señor, tuviésemos la calma y la fortaleza necesarias. Mientras bajaba las escaleras, se me acercó un médico:
- ¡Padre! ¡Qué coincidencia!
- ¡Providencia, hijo! ¡Providencia! ¿En qué puedo servirte?
- Tengo este par de bolsas con zapatos para sus pobres. Si no lo encontraba, iba a llevárselas a la parroquia…
- ¡Dios recompense tu generosidad! ¿Cómo va tu relación con Jesús? ¿A qué parroquia concurres?
- No, padre. Estoy bastante alejado. Rezo poco y nada, y no voy a ninguna parroquia.
- ¡Vuelve a Casa, hijo! ¡Dios te espera! ¡Él tiene muchísima paciencia con nosotros!
- Gracias, padre. La verdad estoy muy contento con esta charla.
- Yo también, hijo. ¡Baja la cabeza que voy a bendecirte!
Bendición, regalo de estampita con la imagen del Cristo de Velázquez, y la inscripción “Esto hice yo por ti. ¿Qué haces tú por mí?”.
- Aquí tienes tu “botiquín de primeros auxilios”, hijo. Ante una urgencia, de las que no faltan en el día, saca de tu bolsillo esta imagen, y recupera la paz.
Abrazo de despedida, “aviso” con los horarios de Misa en el hospital y en la parroquia, y a continuar la marcha. Dios me tenía preparado un nuevo “plato fuerte” para la jornada.
Bien cargado, con mi maletín y las bolsas de zapatos, caminé más lento que de costumbre. Y la apretada agenda sentía que me acorralaba. “¡Calma, pater! ¡Dios tiene mucha más paciencia contigo! Por lo tanto, ‘Ave María, y adelante’; como bien nos enseña San Luis Orione”.
- ¡Padre Christian! ¡Espere un momento, por favor!
Al darme vuelta vi a Ricardo; uno de los más simpáticos taxistas con los que me encuentro, cada día, en la puerta del hospital. Venía con una pasajera, y subió por un momento a la vereda, en el ingreso de un garaje.
- ¡Dios quiso que lo encontrara, padre! Esta señora, una pasajera habitual, hace tiempo que quería conocerlo…
Le abrí la puerta. Y me encontré con una elegante dama, muy finamente vestida, de ¡80 años que, a lo sumo, parecían 60!
- Mucho gusto, señora. ¡Padre Christian, para servirla! ¿Cómo está?
- Muy bien, padre. Siempre recuerdo todo lo que la Iglesia fue para mí, desde muy chica -. Y, ahí, a raudales, me contó que era vecina de la parroquia; que conoció a todos los sacerdotes que estuvieron en ella, desde 1950; que participaba con entusiasmo de las Misas y procesiones, y que eso la había hecho muy feliz, en su infancia.
- ¡Muy bueno, hija! ¿Y ahora a qué parroquia vas?
- No, no voy a Misa. Yo hablo, directamente con Dios en mi casa…
- Está bien que reces en tu hogar. Pero tienes que ir a Misa todos los Domingos y fiestas de precepto. Dios lo manda. Él quiere reunir a sus hijos en su única Iglesia. Lo ofendemos gravemente al rechazarlo; y nosotros mismos somos los principales perjudicados.
- ¡Mi hijo sí va!
- ¡Tú también tienes que ir! ¡Y darle, además, buen ejemplo! ¡Estás lúcida y con otras buenas condiciones de salud! ¡Comienza una vida nueva!
Aún no me había respondido, cuando entró en escena una niña, Pilar - ¡sí, una criatura, en medio de la invasión mascotera! -, junto a su mamá. Y con sus ojitos encendidos, y una alegría desbordante, nos dijo:
- ¡Padre! ¡Tomé hace unos días mi Primera Comunión! ¡No sabe lo feliz que soy! ¡Haberlo recibido a Jesús, por primera vez, en cuerpo, sangre, alma y divinidad! ¡Ir a Misa, en familia! ¡Encontrarme allí con otros amigos, sus padres y abuelos! ¿No le parece maravillosa nuestra Iglesia, señora?
Laura se sintió interpelada. Sus ojos, por un momento, esquivaron los míos; pero luego los buscaron, en busca de auxilio. Asentí con mi cabeza para darle pie a su respuesta.
- Sí, niña. ¡Es maravillosa nuestra Iglesia! Lástima que, muchas veces, no sepamos valorarla lo suficiente.
Saludos de despedida, Bendición y regalo de Rosario para Pilar. Y a concluir con Laura.
- ¿Viste, hija? Como decía la Santa Madre Teresa de Calcuta, “los niños son los mejores maestros”.
- ¡Ya lo creo, padre!
- Bueno, ahora págale al taxista (sonora carcajada de Ricardo); y te esperamos en la parroquia, en cualquier momento. ¡Es tu casa, y Dios te aguarda, con los brazos abiertos.
Bendición, otro Rosario de obsequio y a seguir el camino. Al llegar frente a la imagen de Nuestra Señora de Fátima, en la plaza Olazábal; que está a solo 200 metros de la parroquia, le agradecí a la Virgen Santísima su intercesión, por todo lo que me tocó vivir. Y recé, especialmente, por Laura y Pilar. Y, también, por Pilar; otra niña fervorosa, hija de un querido hijo con familia numerosa.
Y por aquella otra Pilar, tan piadosa en su niñez, a quien conocí junto a sus padres y hermanos; y que hoy, en su juventud, está alejada del Señor y su Iglesia. Y repetí, como lo hago tantas veces, a lo largo del día, aquel conmovedor pedido que Jesús hace al Padre en su bella Oración Sacerdotal: “Padre, quiero que los que Tú me diste estén conmigo donde yo esté” (Jn 17, 24). Sí, por supuesto, ¡Dios tiene muchísima, muchísima más paciencia con nosotros! ¡Gracias, Señor!





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