Siempre en Comunión con la Santa Madre Iglesia
- P. Daniel Heenan, FSSP

- hace 3 días
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Una verdadera devoción a San Pedro y San Pablo debe abrazar con el mismo fervor los tres elementos de la Iglesia: Fe íntegra, sacramentos santos y comunión con la Iglesia visible.

Por P. Daniel Heenan, FSSP
La fiesta de San Pedro y San Pablo ha tenido una importancia muy grande en la Iglesia desde la Antigüedad, no solamente por quienes son estos apóstoles, sino también por lo que representan para la vida de todos los católicos.
San León Magno dice que San Pedro y San Pablo fueron para Roma santos padres y verdaderos pastores; que Dios los colocó como dos luces gemelas de los ojos en el cuerpo, cuya cabeza es Cristo. Y para nosotros, miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, y para quienes forman parte de esta comunidad, es una de las fiestas principales porque toca especialmente al corazón de nuestro carisma.
En San Pedro admiramos el celo del que a pesar de su debilidad recibió de Cristo el mandato, apacienta mis ovejas. Y en San Pablo vemos al apóstol que fue consumido por el amor de Cristo, tanto que podría decir: “Para mí, vivir es Cristo y morir una ganancia”.
Ambos derramaron su sangre en Roma, consagrando con su martirio la sede de la Iglesia, contra la cual nuestro Señor prometió que las puertas del infierno no prevalecerán jamás. Por eso, la fiesta de San Pedro y San Pablo también es una fiesta del dogma de la Iglesia para todos los católicos.
Cada domingo, en el Credo, profesamos: Creo en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Y lo decimos, no acerca de una idea abstracta o no solamente para referir a un edificio a donde acudimos para escuchar un sermón -como dirían muchos protestantes- sino que lo decimos acerca de esa Institución que fundó Cristo mismo sobre Pedro, para ser su Cuerpo Místico y su Esposa, y el arca de la salvación.
San Agustín dice lo mismo, pero en palabras muy fuertes: Fuera de la Iglesia puedes tenerlo todo, excepto la salvación. Puedes tener honores, puedes recibir los sacramentos, puedes cantar el aleluya, puedes mantener y predicar la fe; pero en ningún otro lugar que no sea la Iglesia Católica puedes encontrar la salvación.
Lo mismo dijo el Papa Eugenio IV en el Concilio de Florencia en el siglo XV. La unidad del cuerpo eclesiástico es tan fuerte, que solo para quienes permanecen en él son los sacramentos de la Iglesia un beneficio para la salvación.
Nadie, por muchas limosnas que haya practicado, ni siquiera si ha derramado su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, a menos que haya permanecido en el seno y la unidad de la Iglesia Católica. Estas palabras son muy fuertes y expresan sin ambigüedad la fe constante de la Iglesia: fuera de ella no hay salvación.
No basta apelar a la fe, no basta apelar a los sacramentos o incluso reclamar el valor del martirio, si en el proceso uno se separa de la unidad de la Iglesia.
Entonces, debemos rechazar todo error acerca de ella. Por ejemplo, un error que propuso Martín Lutero, pero que se ha repetido a lo largo de la historia, es que la Iglesia es algo invisible. Dice Martín Lutero que la Iglesia es la congregación de los creyentes donde el Evangelio es predicado puramente y los sacramentos son administrados rectamente.
Hasta ahí todo suena bien, pero fue condenado por el Concilio de Trento y otras veces después porque rechaza la visibilidad de la Iglesia y la potestad jurídica y jerárquica de la Iglesia.
Entonces, debemos de tener una devoción muy especial a nuestra Madre la Iglesia y en particular a San Pedro y sus sucesores como símbolo y fuente de unidad; pero es muy cierto que en tiempos de crisis eso no es nada fácil, pero la realidad es que nunca ha sido fácil nada.
Hay que recordar que Cristo exige de nosotros una fe no humana, sino sobrenatural, que nos cueste, recordando su promesa de que las puertas del infierno no pueden prevalecer.
Hay otros ejemplos que nos pueden dar ánimo. Cuando Cristo habló acerca de la necesidad de comer su Carne y beber su Sangre en el Sermón del Pan de Vida, muchos murmuraron al escuchar eso. “Este es un lenguaje duro -decían- ¿quién puede escucharlo?” Y se fueron, y Jesús les permitió irse.
También en otra ocasión, el mismo San Pedro -quien no quería aceptar la realidad de la cruz- se escandalizó cuando Cristo reveló la necesidad de su pasión; y Cristo le contestó diciendo: apártate de mí, Satanás, eres para mí escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.
Igual como la presencia de Dios se esconde bajo las apariencias de pan y vino; la realidad del reino de Dios se esconde muchas veces en los aspectos frágiles de sus miembros muy humanos. Entonces, ¿en qué consiste pertenecer y permanecer en la Iglesia? Podemos notar las palabras del doctor de la Iglesia, San Roberto Belarmino: la Iglesia es la sociedad de los hombres unidos por la profesión de la misma fe cristiana, la comunión de los mismos sacramentos y el gobierno de los legítimos pastores, especialmente el Romano Pontífice. Entonces, no basta solamente conservar la fe verdadera, tampoco bastan los sacramentos válidos; lo que necesitamos para ser católicos de verdad, y especialmente para ser católicos tradicionales como queremos ser, es aceptar todo el depósito de la fe, no solamente lo que nos conviene.
Y providencialmente estos tres elementos corresponden a tres pilares que encontramos en el carisma de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro que están en nuestras constituciones:
Primero, estamos dedicados a la Santa Misa en su forma tradicional. Amamos la Santa Misa y la liturgia porque vemos en ella una continuidad viva de los sacramentos, continuidad y comunión a través de muchas culturas y muchos lugares y también, a lo largo de los siglos, ofreciendo con debida reverencia a Dios el mismo sacrificio de Cristo y a la vez transmitiendo intacta la pureza de la doctrina de la fe.
Segundo, estamos dedicados al estudio y la enseñanza de la doctrina perenne de la Iglesia, particularmente bajo las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, doctor común de toda la Iglesia, a quien la Iglesia nos ha recomendado repetidas veces y que nos ha advertido que, abandonar a Santo Tomás, es exponernos seguramente a caer en muchísimos errores.
Y tercero, llevamos el nombre de San Pedro porque queremos vivir la Tradición, no en contra de la Iglesia, sino siempre en la Iglesia y con la Iglesia.
Esto es esencial. Y estos tres elementos también corresponden a los tres oficios de Cristo, que es Sacerdote porque nos santifica a través de sus sacramentos; que es Profeta porque nos enseña la verdad que nos lleva a la salvación; y es Rey porque gobierna su rebaño en su Iglesia.
Tan importante es esta unión que otro papa, Bonifacio VIII, enseñó en el año 1302, que es absolutamente necesario para la salvación que toda criatura humana esté sujeta al Romano Pontífice.
Y otro Papa más adelante, en el siglo XIX, Beato Pío Nono, precisó en qué consiste eso cuando preguntó, en medio de otra controversia, de qué sirve proclamar en voz alta el dogma de la supremacía de San Pedro y de sus sucesores, de qué sirve repetir una y otra vez declaraciones de fe en la Iglesia católica, cuando las obras desmienten esas hermosas palabras.
Y Santo Tomás de Aquino también nos ofrece otro ejemplo que enseña lo mismo. Él pregunta si es válida la consagración celebrada por sacerdotes herejes, cismáticos y excomulgados. Su respuesta es: Por supuesto, celebran la Eucaristía y es válido, es realmente Jesús en la Eucaristía, pero añade, pero obran mal y pecan, y por consiguiente no reciben el fruto espiritual del sacrificio, porque el sacramento pertenece a la Iglesia y han roto su unión con ella, y claro que lo mismo aplicaría a cualquier otro sacramento.
Esta es la enseñanza de nuestra fiesta patronal. Una verdadera devoción a San Pedro y San Pablo debe abrazar con el mismo fervor los tres elementos de la Iglesia. No podemos sacrificar ninguno.
Fe íntegra, sacramentos santos y comunión visible con la Iglesia. Por eso, como hijos de la Fraternidad San Pedro, amemos a la Santa Misa Tradicional con todo el corazón, conservemos la doctrina santa y seamos hijos fieles a nuestra Madre, la Santa Iglesia, una Iglesia fundada por Cristo como la única arca de salvación que también fue abundantemente regada por la sangre derramada de los mártires, especialmente San Pedro y San Pablo. Que ellos, por su intercesión, nos alcancen la gracia de vivir y morir siempre en comunión con la Santa Madre Iglesia.





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