Gracias a Dios ¡Siempre lo Mismo!
- P. Christian Viña

- hace 13 horas
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Nueva aventura apostólica de un sacerdote Argentino.

Por P. Christian Viña
- ¡Padre! Volví a la Iglesia después de años de rebeldía y de ser odiador serial de curas. Dios no se cansó de esperarme. Y luego de experimentar de todo y con todos, volví a enamorarme de Cristo. ¡Gracias a Dios no hay cambios! ¡Siempre lo mismo! ¡La misma Tradición, la misma Biblia, los mismos Sacramentos! ¡Desde la eternidad de Dios, la misma receta de salvación para el hombre!
La catarata de palabras derramada por Carlos, con la pasión y el fervor del converso, inundó la fresca mañana platense. Me paró en plena calle, frente a un local de comida rápida, rodeado por otros jóvenes que esperaban su vianda. Y, con clara intención misionera, habló bien alto para que lo escucharan los demás circunstantes.
- Lo experimento, por ejemplo, cada vez que voy a confesarme: dolor de los pecados, sinceridad para contarlos, propósito de enmienda, absolución, penitencia... ¡Y a volver a empezar, desde el Sagrado Corazón de Jesús! ¿No es maravilloso, padre?
- Por supuesto que sí, hijo. Como todo lo que hace Dios por nosotros. ¡Él siempre nos sorprende!
- A la gente que quiere que la Iglesia cambie, y que no repita siempre lo mismo, le digo: gracias a Dios, el corazón, los pulmones, los riñones y los demás órganos hacen siempre lo mismo. En el Cuerpo Místico del Señor, salvando las distancias, ocurre lo mismo. No se trata de querer cambiar la Iglesia -para lo cual no tenemos facultad, porque no es nuestra, sino de Dios-, sino de dejarse sanar por la Iglesia. ¡Ahí está el verdadero cambio!
- ¿Sufriste mucho estando lejos de Casa?
- ¡Muchísimo, padre! Yo cambiaba todo el tiempo. Cometí todos los pecados posibles. Y cuando más cambiaba y más experimentaba con todas las perversiones, más solo, vacío y angustiado me sentía. Estaba rodeado de compañeros de vicios, pero no tenía amigos verdaderos. Hasta que un día, en el responso de un compinche muerto de sobredosis, el cura nos hizo un fuerte llamado a la conversión.
Dijo: "No estaríamos aquí si este muchacho, como el hijo pródigo del Evangelio, hubiera dejado el barro y la compañía de los chanchos, para irle a pedir perdón al Padre, y curarse con su abrazo". Lloré como un niño. Y pensé que el próximo podía ser yo. Gracias a Dios, el cura no hizo ningún elogio del difunto -como, lamentablemente, se realiza en esas ocasiones-, habló con realismo y con verdadera misericordia. O sea, con corazón para la miseria.
A esa altura, Carlos soltó las lágrimas contenidas. Y, para reforzar sus argumentos, enfatizó: "¡Ahora mis lágrimas son de felicidad! Y cuando el mundo, el demonio y la carne me tienden sus trampas, el recuerdo del chiquero, vuelve a llevarme al Sagrario, para encontrar coraje. Sí, ¡siempre lo mismo! A las tentaciones se las enfrenta con las armas que nos dejó el Señor hace 2000 años; armas que la Iglesia pone a nuestra disposición todo el tiempo. ¡Siempre lo mismo!
- ¿Volviste a ver al hermano Sacerdote que Dios puso en tu camino?
- ¡Por supuesto! Me confesé con él varias veces. Y voy todos los domingos a sus Misas. ¡Es un cura joven, con las ideas bien puestas, bien firme y muy claro! Tenemos casi la misma edad. Pero él, claro está, es mi padre...
- ¡Es hora, entonces hijo, de anunciar con todo a Jesús...!
- ¡Obvio, padre! Y lo hago, en primer lugar, en mi propia familia, y en la Universidad. ¡Que son las tierras de misión más difíciles!
Antes de la despedida, volví a felicitarlo, lo bendije y le regalé un rosario. "Muchas gracias, padre. Rezo el rosario, todos los días. ¡Siempre lo mismo! En la repetición de las oraciones, les decimos al Señor y a la Virgen, una y otra vez, todo lo que los amamos. Ellos están con nosotros, "todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).
El sol invernal se sumó al maravilloso encuentro. Y, en el adiós, quiso regalarnos algo de calor extra. Gracias, Señor, por enseñarnos que "hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol" (Ecl 3, 1). Que podamos hacer siempre lo ordinario de forma extraordinaria. Y en ese "siempre lo mismo", descubrir tu único e irrepetible Amor.





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