top of page

Quedarnos con Pedro

  • El mal existe y no sólo está en el mundo, también ocupa un lugar dentro de la Iglesia. ¿Cuál es la razón de su existencia? Dios tiene un plan, Él escribe derecho en renglones torcidos.



Por P. Jorge Hidalgo

Antes de ser elegido Sumo Pontífice, en las meditaciones del último Via Crucis que dirigió por el pedido del Papa Juan Pablo II, el Cardenal Ratzinger dijo: En la Iglesia hay más cizaña que trigo; y explicó que esto ocurre porque -como dice San Agustín-, no habría mártires si no hay perseguidores. Para que triunfen los buenos, para que el trigo se haga fuerte, el Señor muchas veces permite que exista la cizaña.

La cizaña está, sobre todo, en el mundo porque dice la Escritura que el mundo está puesto bajo el Maligno, es decir que el demonio puede usar al mundo como quiere. Los hombres que se rigen por los enemigos del alma (demonio, mundo y carne), son la cizaña. Pero esa cizaña puede convertirse y esa es justamente nuestra tarea, anunciarles el evangelio o intentar que se conviertan y acepten la verdad.

Pero existe un riesgo. El Padre Julio Meinvielle decía que, si la Iglesia no santifica al mundo, entonces el mundo termina mundanizando a la Iglesia y eso es lo que, tristemente, está ocurriendo.

Una Iglesia que no anuncia con prioridad la santidad, el Reino de Dios o Su voluntad, sino que se quiere conformar al mundo y a sus tendencias y modas, es una Iglesia mundanizada, contaminada ya por la cizaña. Y, también existe el mundo en la Iglesia, existe el mundo dentro de los claustros, existe el mundo dentro del alto clero, en cardenales, obispos, etcétera. Eso es lo que hoy estamos sufriendo, como es el caso del último Obispo nombrado en Alemania, que promueve la agenda LGBT.

Al comentar el libro del Apocalipsis, el Padre Leonardo Castellani dice que las últimas tres ranas serán el comunismo, el liberalismo y el modernismo. El Papa Pío X, en su encíclica Pascendi Dominici gregis, decía que el modernismo era una crisis dentro de las venas de la Iglesia, y eso es lo que hoy estamos viendo, que respecto a la doctrina de la Iglesia o incluso de un dogma, unos dicen una cosa y otros dicen otra, pareciera que no fuera la misma Iglesia católica, sino que cada uno tuviera una fe distinta. ¿Qué es lo que está sucediendo? El modernismo.

¿Seguimos a los lefebvristas?

Pero ante todo esto, uno tiene que pedirle al Señor quedarse dónde está. Esa fue la respuesta de los apóstoles cuando Nuestro Señor dio el discurso del Pan de Vida y todos se fueron porque era inconcebible comer y masticarlo a Él.


Jesús le preguntó a sus apóstoles: “¿También vosotros queréis iros?”


Pedro dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.”

Eso es lo que tenemos que hacer, confiar en que la Iglesia la dirige Dios y no los hombres y que Él va a dar la salvación del modo que quiera y no como nosotros pensemos.

Hay, tristemente, un ejemplo reciente de lo contrario. El primero de Julio, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, a los que la gente conoce como “lefebvristas” (por su fundador Lefebvre), consagraron cuatro obispos en contra de la voluntad del Papa porque -según dicen- en la Iglesia todo está mal, todo está podrido.

Esto es un grave error, porque la Iglesia la maneja Dios, no la manejan los hombres. En realidad, nada se puede hacer contra Pedro, sino que tenemos que decir como él: “¿A quién iremos?” Nosotros nos quedaremos con Pedro, como los Doce Apóstoles se quedaron con Nuestro Señor.

Dice en el libro del Éxodo que “no hay que desviarse ni a la izquierda ni a la derecha”. Orígenes hace una larga exégesis tipológica de la salida de Israel de Egipto, y la compara respecto de la vida espiritual y la vida interior. Si Pedro decide mal o manda mal o elige un obispo que no corresponde, Pedro tendrá que dar cuentas. Es como si mi papá se equivoca, si yo vivo con él, tendré que obedecerlo por más que se equivoque, la mala decisión será de mi papá, no mía. Por supuesto que el que obedece no deberá seguir el imperio del superior si éste manda pecar, o manda algo contra la prudencia del súbdito. Pero sí prohíbe una acción, debo limitarme a no realizar lo que se me indica; pues aquí no procedemos mal, si nos abstenemos de obrar.

De igual modo sucede con la Iglesia. Si el sucesor de Pedro se equivoca, él tendrá que dar cuentas y será un asunto serio porque a quien más se le dio, más se le va a pedir. Por mi parte, yo, como Sacerdote, me tengo que quedar con Pedro, con la Iglesia y la cizaña no me debe hacer pensar que tengo que hacer un grupo dentro de otro grupo, como es el grave error de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Lo mismo deberían hacer los simples fieles laicos: quedarse con Pedro, pues, como dijo San Ambrosio, “ubi Petrus, ibi Ecclesia”.

A los lefebvristas no les gusta que les llamen cismáticos, pero en realidad el cisma no es solamente por estar en contra del Romano Pontífice, sino también por creer que todos los demás grupos de la Iglesia están fuera de la Iglesia. Dice, en efecto, Santo Tomás: “Se llama cismáticos a quienes rehúsan someterse al Romano Pontífice y a los que se niegan a comunicar con los miembros de la Iglesia a él sometidos.” (S. Th., II-II, 39, 1 c.). Yo pregunto a cualquier miembro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: ¿con qué grupo de la Iglesia están en comunión?

La Iglesia la gobierna Dios y lo que tienen que hacer los que quieren hacer su voluntad, es quedarse en la Iglesia, no mundanizarse, no querer adaptar la fe conforme a sus gustos o preferencias, al modo del mundo, porque eso no es de Dios. Tampoco debemos creer que la salvación viene de uno, ¿quién soy yo?, la salvación viene de Dios, Él es quien nos la da.

Por eso no hay que irse ni a la izquierda, no caer en el mundo; ni a la derecha, creer que los únicos puros somos nosotros y que todos los demás están mal. Ambos extremos están mal y eso mismo ha pasado a lo largo de la historia con los donatistas, los jansenistas, con los vétero católicos, en el primer cisma de la historia con Hipólito que después se arrepintió, murió mártir y es santo.

¿Por qué Dios permite el mal?

Junto con la buena semilla hay una mala y esto es así porque el Señor tiene un plan: que el trigo se fortalezca frente a la cizaña y, además, que la cizaña se convierta en trigo.

En el orden natural esto es imposible, no funciona así. Si tú plantas un manzano va a crecer una manzana, no una naranja; pero en el orden sobrenatural eso sí es posible, el Señor es capaz de transformar lo malo en bueno y esto confirma la razón por la cual los católicos no aceptan el concepto calvinista de la predestinación que sostiene que algunos sí o sí nacen para el Cielo (es cierto que Dios quiere que todos vayamos al Cielo, pero depende de nuestra libertad) y afirma también que otros sí o sí nacen para el infierno; y que la salvación se manifiesta en el dinero, por eso algunos autores afirman que el capitalismo, en su versión más radical, liberalismo capitalista, tiene su raíz en una deformación de la concepción religiosa de la salvación.

En el orden de Dios, el mal se puede transformar en bien porque la cizaña se puede transformar en trigo. Incluso cuando en la parábola del sembrador aparece la cizaña y no se manda cortar, la cizaña es perdonada en atención al trigo. Al respecto, dice San Agustín que los buenos pueden rezar, hacer penitencia y ofrecer las incomodidades que se les presentan cada día por los malos; por esa razón es que el Señor perdona a los malos, en atención a los buenos. Esto mismo expresó el Papa Pío XII en su encíclica sobre la Iglesia Mystici Corporis Christi, señalando el tremendo misterio de que la salvación de muchos dependa de la oración y sacrificios voluntarios de unos pocos; ése es el misterio de la historia que solo se puede ver con los ojos sobrenaturales.

Como católicos, nuestro pensamiento siempre debe ser ese: el Señor siempre puede sacar algún bien del mal porque Él escribe derecho en renglones torcidos; porque el mal siempre surge de la libertad mal ejercida por parte de las criaturas y si el Señor así lo permite es porque tiene poder para darnos bienes mayores.

El ejemplo de esto es la muerte de Cristo. No existe ningún mal peor que la muerte del Señor porque fue una suma injusticia, fue un deicidio por parte de los judíos y, sin embargo, de la peor injusticia existida en el mundo, el Señor sacó la mayor bendición para todos los hombres: la redención del género humano.

Lo cierto es que abundan los errores, abunda la confusión. ¿Qué tenemos qué hacer? Tener paciencia. Dice el Señor “gracias a la perseverancia salvaréis vuestras almas”, debemos soportar, es el mayor acto de la virtud de la fortaleza, como explica Santo Tomás, y solamente así podremos dar fruto para el Cielo. Es verdad que nos persiguen, es verdad que hay mundanos dentro de la Iglesia, es verdad que nos quieren afuera, pero de acá no nos iremos, esa debe ser la actitud del católico y no la de hacer un grupo a su medida.

En esta época de grave confusión, incluso en todos los ámbitos de la Iglesia, pidamos al Señor que seamos buena semilla y que demos frutos para Dios; que no nos equivoquemos con lo que debemos hacer, que tengamos paciencia y que nos quedemos con Pedro. Los cosechadores vendrán, el juicio llegará y el Señor juntará el trigo en su granero y entonces allí le dará a cada uno según sus obras; la cizaña será atada en distintos manojos -porque los herejes se dividen entre ellos- y será toda arrojada al fuego.

Debemos pedir al Señor las gracias de perseverar siempre en el bien, de no dejarnos confundir, que luchemos contra el mundo porque siempre tiene que triunfar la santidad, es decir, la obra de Dios en nosotros y no lo que yo creo que pueda hacer con mis propias fuerzas o mis propios caprichos.


 
 
 

Comentarios


Las fotos e imágenes contenidas en este medio digital son tomadas de internet, consideradas de dominio público.

Si es el deseo de los propietarios retirarlas de éste sitio web, favor de ponerse en contacto con nosotros para que las imágenes sean retiradas.

  • Telegrama
  • Instagram
  • Facebook
  • X
  • Youtube
  • TikTok
IMG_2202.PNG
bottom of page