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La Disposición del Corazón

  • ¿Cuántas veces hemos recibido la Sagrada Comunión? ¿Cuántas veces nos hemos confesado? ¿Cuántas veces hemos hecho un propósito y lo hemos olvidado?

 


Por P. Jorge Hidalgo

 

Es un asunto de la vida cotidiana el hecho de que la Palabra que se predica, algunas veces da fruto y otras no. El demonio, el mundo y la carne, según enseña el Catecismo, son los enemigos del alma que impiden que la Palabra fructifique. En cambio, en otras personas, la Palabra de Dios da frutos abundantes.

 

El demonio. Cuántas veces se les predica y parece que nunca escuchan, es el demonio que les arrebata lo que está en su corazón. El demonio es enemigo de nuestra salvación. Como él ya está condenado, obra por envidia; porque nosotros podemos salvarnos y ser santos, por eso nos asedia, para que cambiemos de ideas.

 

En segundo lugar, la carne. No es que el cuerpo sea malo, esa es una idea maniquea, no es católica; más bien, con carne se entiende a la naturaleza caída que por ser hijos de Adán y Eva hemos heredado.

 

Esa naturaleza caída nos inclina al mal, pero no sólo en el punto de vista del cuerpo, sino también del alma; excepto si uno tuviera inclinación a la soberbia, a la envidia, que son pecados espirituales y se deben justamente a esta inclinación al mal que nos causa la carne.

 

Por esa razón muchas veces la carne hace que seamos inconstantes; porque las personas se dejan llevar por lo que sienten, por lo que pasa dentro de sí y cambia de propósitos; dejan de hacer el bien y olvidan todo lo que han hecho. Por eso hay que tener cuidado cuando inicia el proceso de conversión, porque entonces uno se resuelve a rezar el rosario completo todos los días, ofrece muchas oraciones o grandes obras de caridad, pero ¡cuidado!, porque muchas veces puede ser el fervor del recién converso.

 

En la vida espiritual conviene ir avanzando de a poco, gradualmente. Es como cuando una persona aprende cualquier cosa. Un niñito puede llegar a ser un gran ingeniero, pero no se le puede enseñar eso en el primer grado. Habrá de ir poco a poco, para que al final de sus estudios pueda ser un gran profesional.

 

Lo mismo dígase en la vida espiritual, uno tiene que ir creciendo de a poco. Es como subir una escalera, aunque se quiera subir desde abajo hasta el último peldaño pegando un gran salto, eso no es posible. Hay algunos casos excepcionales en la vida de los santos, en los que una persona sí se convirtió de la noche a la mañana, como es el caso de San Juan de Dios, por ejemplo, pero en general necesitamos ir de a poco.

 

Por eso es sorprendente que, aunque muchas personas han asistido a campamentos, retiros, misiones, cursillos, etcétera; el porcentaje de personas que asisten regularmente al templo, se integran a la comunidad y al servicio de una parroquia, es mínimo y el problema es la inconstancia.

 

Es importante recordar las palabras del Señor: “Gracias a la perseverancia salvaréis vuestras almas.” Eso es lo que se necesita, y no el cambiar de propósitos y apostolado porque “el nuevo Sr. Cura ya no me gusta”, o “la persona que está ahí me cae mal”; no hay que quedarse en esas superficialidades, sino siempre ir a lo importante: que Cristo sea sembrado en nuestra alma y que nos parezcamos al Señor.

 

El último enemigo es el mundo. Las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas; el mundo tiende a ahogar la Palabra de Dios.

 

Uno no puede quedar bien con Dios y con el mundo. El apóstol Santiago dice en su carta: “Corazones adúlteros, ¿no sabéis que, haciéndose amigos de los hombres, os hacéis enemigos de Dios?” Se refiere justamente a esta forma de pensar que se cierra a la Palabra de Cristo, que también se mete en la Iglesia lamentablemente.

 

Está el caso, por ejemplo, de un Arzobispo que recientemente se pronunció a favor de que las mujeres copresidan la Misa junto con los sacerdotes. Es una locura eso, ¡un espanto! Eso no es lo que hemos recibido, esa no es la Tradición católica. Pero como ahora hay mujeres metidas en todos los ámbitos, dirigiendo, por ejemplo, partidos de fútbol, quieren poner a las mujeres a celebrar Misa. ¡No!, porque Cristo, que podría haber elegido a la mejor criatura del mundo para celebrar la Misa, que era la Santísima Virgen, reservó el sacerdocio para los varones. Es la voluntad de Dios aquí, nada más.

 

Los que sí dan fruto

 

La palabra Adán viene del hebreo Adamá, que quiere decir ‘tierra’, así que la tierra buena es aquel que ha sido modelado por las manos de Cristo, aquel que ha recibido el soplo viviente. Es un símbolo del hombre nuevo interior, cuando Dios hace a Adán en el paraíso. La tierra, entonces, es el hombre santo, es el hombre justo, el que escucha la Palabra y la comprende, la ejecuta, la pone por obra.

 

La Tradición espiritual de la Iglesia ha visto que hay tres grados de la vida interior, por eso la parábola del Sembrador menciona que unos darán el cien, otros el sesenta, y otros el treinta por uno. De hecho, hay un famoso libro del Padre Garrigou Lagrange que se llama “Las tres edades de la vida interior”, en el que divide la vida interior en tres etapas: los incipientes, los proficientes y los perfectos, que corresponderían al treinta, el sesenta y el ciento por uno. Pero esto no fue idea del padre Garrigou, esto está presente en toda la Tradición católica.

 

Entonces, las personas pueden escuchar las mismas predicas o vivir exactamente las mismas experiencias espirituales, pero no todos responderán de la misma manera. Algunos responderán más que otros y la razón es la disposición de alma, porque hay una tierra más fértil que otra, porque están más abiertos a la gracia de Dios.

 

Algunas personas asisten a Misa todos los días y procuran su confesión frecuente, pero hubo santos que, por ejemplo, con pocas veces que se confesaron o pocas veces que fueron a Misa, son santos de Altar.

 

Es el caso de la Beata Imelda, la patrona de los niños de la primera Comunión. Ella recibió una sola vez la Comunión y de hecho se murió al momento de recibirla. Está también el caso de los pastorcitos de Fátima. Francisco recibió dos veces la Comunión, una vez se la dio el Ángel y otra vez la recibió al momento de morir.

 

Otro caso es el de Santa María Goretti, que murió por defender su virginidad y perdonó a su asesino; ella recibió solo tres veces la Comunión. Y nosotros, ¿cuántas veces la hemos recibido? ¿Cuántas veces nos hemos confesado? ¿Cuántas veces hemos hecho un propósito y lo olvidamos y volvemos a nuestras faltas?

 

¿Cuál es la diferencia entre ellos y nosotros si es el mismo Cristo, en el Santísimo Sacramento al que recibimos?, ¿cuál es la diferencia? La diferencia está en la docilidad, la apertura a la gracia de Dios.

 

Por eso pidamos al Señor y a la Santísima Virgen que nos ayude a poner en obra la Palabra de Cristo, que entre más lo conozcamos, más profundicemos, más lo amemos y más llevemos todo a la práctica. Eso hará que lo conozcamos más porque el Señor revela sus secretos a sus amigos. Que el Señor reine en nuestra alma y reinando en el fondo de nuestro corazón, reine también en nuestra familia y en la sociedad; para que todos los hombres se salven y crean que Jesús es el único Salvador de los hombres.

 


 
 
 

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