La Santidad Ordinaria SegĂșn Fray Arintero
- Guadalupe Montenegro Camacho
- hace 1 dĂa
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Evitar el pecado y conservar la gracia son apenas el comienzo de la vida cristiana; es necesario cooperar con ella para que produzca todos sus frutos.

Por Guadalupe Montenegro Camacho.
Nacido en 1860 en las montañas de LeĂłn, Fray Juan GonzĂĄlez Arintero, O.P., fue un dominico singular, pues comenzĂł su formaciĂłn en las ciencias naturales antes de dedicarse a la teologĂa y a la direcciĂłn espiritual. Aquella formaciĂłn cientĂfica dejĂł una huella profunda en su manera de comprender la vida cristiana, a la que describĂa como un organismo vivo llamado a crecer y desarrollarse. Desde esta perspectiva, dedicĂł gran parte de su obra a recordar una verdad frecuentemente olvidada: que la santidad no es patrimonio de unos pocos, sino la vocaciĂłn propia de todo bautizado.
Para el P. Arintero no existĂan diversas "mĂsticas". ReconocĂa una sola: la que brota del Evangelio, que en Nuestro Señor Jesucristo se manifestĂł de manera perfecta y que sigue siendo enseñada cada dĂa por el EspĂritu Santo en el corazĂłn de los fieles.
Con frecuencia se asocia la santidad con carismas extraordinarios, rigurosas pråcticas ascéticas, vidas moralmente impecables o manifestaciones sobrenaturales como los milagros. Sin embargo, esta visión corre el riesgo de reducir la vida espiritual a aquello que resulta excepcional, olvidando que la obra mås profunda de Dios suele realizarse silenciosamente en el interior del alma.
La santidad ordinaria consiste en el crecimiento de la vida divina hasta su plena madurez. Lejos de ser una forma menor de vida cristiana, es la expresiĂłn plena de la fecundidad de la gracia. Nada tiene de ordinaria, salvo el hecho admirable de que Dios la ofrece a todos los bautizados.
Para Arintero, todo comienza con la gracia santificante. En ella comienza ya la vida eterna; Cristo empieza a formarse en el alma y la SantĂsima Trinidad establece su morada en el corazĂłn del creyente. El bautizado deja de ser Ășnicamente criatura para convertirse en hijo de Dios, portador de una dignidad que supera toda medida humana.
La gracia santificante no es una realidad estĂĄtica. Una vez recibida, tiende a desarrollarse y a transformar progresivamente toda la vida del cristiano. Como un germen vivo depositado por Dios en el alma, lleva en sĂ misma un dinamismo interior que la impulsa hacia su plenitud. De ahĂ que la vida espiritual no sea otra cosa que la realizaciĂłn progresiva de esta nueva condiciĂłn filial, por la que el creyente aprende a vivir cada vez mĂĄs como hijo de Dios.
Las primeras manifestaciones visibles de esta vida divina son las virtudes sobrenaturales. Entre ellas ocupan el lugar principal las virtudes teologales: la fe, por la que conocemos a Dios y asentimos a su verdad; la esperanza, por la que confiamos en sus promesas y aspiramos a la vida eterna; y la caridad, por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prĂłjimo por amor suyo. Estas virtudes no son fruto exclusivo del esfuerzo humano, sino virtudes infundidas por Dios que elevan nuestras facultades y nos permiten vivir como verdaderos hijos suyos.
Junto a ellas aparecen las virtudes morales infusas, que ordenan la vida concreta del cristiano. La prudencia ilumina nuestras decisiones; la justicia nos mueve a dar a Dios y al prĂłjimo lo que les corresponde; la fortaleza nos sostiene en las dificultades; y la templanza modera nuestros deseos. De este modo, la gracia no permanece encerrada en la intimidad del alma, sino que alcanza el pensamiento, los afectos, las decisiones y las acciones cotidianas.

Sin embargo, Arintero observa que Dios no se limita a fortalecernos mediante las virtudes. El EspĂritu Santo, que habita en el alma en gracia, viene tambiĂ©n en auxilio de nuestra debilidad mediante sus dones. Si las virtudes nos capacitan para obrar sobrenaturalmente segĂșn el modo humano, los dones nos vuelven dĂłciles a las inspiraciones divinas y nos permiten seguir con mayor prontitud los movimientos de la gracia. Gracias a ellos, el cristiano aprende poco a poco a dejarse conducir por Dios, como una vela que se abre al viento.
De la acciĂłn conjunta de las virtudes y de los dones brotan los frutos del EspĂritu Santo. La tradiciĂłn cristiana enumera entre ellos la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la mansedumbre, la continencia y la castidad. No son fenĂłmenos extraordinarios ni privilegios; son los signos visibles de una vida interior que ha comenzado a dar muestras de su desarrollo. AllĂ donde la gracia crece, las virtudes se fortalecen y los dones encuentran docilidad, terminan apareciendo necesariamente estos frutos de santidad.
Por ello, la vida cristiana estĂĄ llamada a una transformaciĂłn cada vez mĂĄs profunda. El Concilio de Trento enseñaba que los fieles, una vez justificados, «caminando de virtud en virtud», son renovados cada dĂa y crecen en la justicia recibida por la gracia de Cristo. La santidad, por tanto, no se reduce a custodiar pasivamente un don recibido, sino que exige cooperar con Ă©l para que alcance toda su riqueza. La gracia derramada en el Bautismo actĂșa como una fuente de vida divina destinada a desarrollarse: primero mediante el ejercicio de las virtudes, despuĂ©s bajo la acciĂłn cada vez mĂĄs intensa de los dones del EspĂritu Santo, hasta transformar progresivamente al creyente segĂșn la imagen de Jesucristo.
Cuando la vida sobrenatural comienza a reflejar con claridad los rasgos de Cristo, aparecen las bienaventuranzas, que representan la expresiĂłn mĂĄs acabada de una existencia plenamente renovada por Dios. La pobreza de espĂritu manifiesta el desprendimiento de todo aquello que no conduce al Señor; la mansedumbre revela la paz de un corazĂłn ya pacificado por la gracia; el hambre y sed de justicia expresan el deseo ardiente de cumplir la voluntad divina; la misericordia, la pureza de corazĂłn y el espĂritu de paz muestran el rostro de un alma cada vez mĂĄs configurada con Cristo. Ya no se trata solamente del esfuerzo humano por practicar las virtudes, sino de una vida dĂłcil a las inspiraciones divinas, que aprende a obrar segĂșn un modo mĂĄs alto, mĂĄs sobrenatural y mĂĄs conforme al Evangelio.
Las bienaventuranzas constituyen, por tanto, la meta natural de ese crecimiento sobrenatural iniciado en el Bautismo. Hemos recibido un precioso germen de vida divina llamado a desarrollarse hasta que Cristo quede plenamente formado en nosotros. Resistirse a este despliegue de la gracia o contentarse con una vida espiritual mĂnima equivale, en cierto modo, a dejar enterrado el talento recibido. Evitar el pecado y conservar la gracia son apenas el comienzo de la vida cristiana; es necesario cooperar con ella para que produzca todos sus frutos. La santidad aparece entonces como lo que siempre estuvo llamada a ser: la obra plena de la gracia en el alma, hasta que Cristo quede perfectamente formado en nosotros y la vida eterna, iniciada ya en el corazĂłn del creyente, alcance su consumaciĂłn en la gloria.

