El Acceso a la Intimidad Divina
- P. Jorge Hidalgo
- hace 13 horas
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¿Cómo llega el hombre a su fin último? ¿quiénes son los que llegan? Existe un único programa de vida interior para contemplar a la Santísima Trinidad: ser dueño de sí mismo; sabiendo que, en definitiva, todo depende de la gracia de Dios.

Por P. Jorge Hidalgo
El fin último de las criaturas, tanto de los seres humanos como de los ángeles, es la contemplación de Dios, para eso hemos sido creados. De hecho, San Juan dice: Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo. Así que el fin del hombre es llegar al Padre.
Dios nos hizo para eso y el Hijo tiene como misión revelarnos al Padre porque en el Hijo habita la plenitud de la divinidad y, por supuesto, el que conoce al Hijo, conoce al Padre y tiene al mismo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo; por eso dice el Hijo: el Padre es conocido por aquel a quien el Hijo se lo revela, aquel a quien Jesucristo le muestra.
¿Y por qué a algunos se los revela y a otros no? El tema es el misterio de la gracia, porque el Señor se revela a quien quiere y todo conocimiento de Dios, sobre todo el misterio de la Santísima Trinidad, excede al conocimiento de cualquier criatura; entonces, si podemos llegar a conocer el misterio divino es porque Dios mismo nos lo ha revelado. El hombre puede conocer algunas cosas de Dios, como por ejemplo que Dios existe, que es Uno y algunas de sus atributos, pero nunca podríamos conocer este misterio de la Santísima Trinidad.
¿Está mal ser sabio y prudente?
En ocasiones, Dios no da la gracia a aquel que no quiere, a aquel que pone óbices a la gracia. En cambio, el Padre revela estas cosas a los pequeños y no a los sabios y prudentes. Uno podría preguntarse, ¿está mal ser sabio y ser prudente? Depende de la interpretación que demos a esas palabras.
Evidentemente la auténtica sabiduría viene de lo alto, como dice el apóstol Santiago en su carta; entonces si la auténtica sabiduría viene de lo alto, esa sabiduría nos va a llevar a Dios. La sabiduría en el orden natural es la Metafísica, que es la coronación de la Filosofía. Hay que aclarar que la Metafísica no es lo que interpretan los espiritistas, los de la nueva era o los satánicos; la auténtica Metafísica es -como ya lo indiqué- la coronación de la Filosofía. Tenemos también la sabiduría en el orden revelado (o, más propiamente hablando, en el orden de la revelación virtual), que es la Teología; y la sabiduría en el orden de la vida de la gracia, es el don que tiene este nombre (sabiduría). Así es como toda sabiduría proviene de Dios evidentemente.
Aquellos que se tienen por sabios, aquellos que creen que pueden resolver todas las cosas, que jamás consultan nada y enseguida se pronuncian tontamente sobre todas las cosas posibles -como dice Santo Tomás- eso más que sabiduría es, entonces, una falsa humildad, es soberbia.
El Señor dice también que ha ocultado estas cosas a los prudentes; la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales. Las virtudes cardinales resumen todas las virtudes morales. Así, la prudencia, sin duda, es de Dios. Pero a la que se refiere aquí el Señor es a la “prudencia” que se basa en cálculos humanos, la que resulta de querer quedar bien con las cosas de este mundo y que por supuesto, se cierra a la acción de Dios porque es demasiado calculadora y piensa solamente en no incomodar a nadie, en no hacer enemigos y descuida la verdad revelada y la verdad católica.
Por eso el Señor, a esos que tienen demasiados cálculos humanos, también se les ha ocultado y a quien se revela es a los pequeños.
¿Quiénes son los pequeños?
Los humildes. Dice el texto del Salmo, como traduce San Jerónimo, que es el ablactatus, es decir, los niñitos pequeñitos que ya no son amamantados por la mamá, que en este caso es la Iglesia. Representa la pedagogía de la Iglesia como Madre, que empieza a alimentarnos con una comida más fuerte, cuando ya hemos dejado las cosas de niño, como dice el Apóstol. Nadie tiene a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre, como decía San Cipriano. Así, hemos de darnos cuenta que no sabemos todo. A estos niños, la Sagrada Escritura los llama anawim, que en hebreo quiere decir: los pequeños, los humildes, los pobres, no porque no posean cosas, sino porque saben que por ellos mismos no pueden, que todo auxilio viene de Dios.
A estos pequeños se ha revelado el Señor porque, como dice la Escritura: un abismo llama a otro abismo, y el abismo de la humildad en la criatura llama al abismo de la misericordia y de la gracia de Dios que es capaz de elevar a los humildes, y de llevarlos a esta intimidad divina que es conocer al Hijo y en el Hijo conocer al Padre y al Espíritu Santo.
Para llegar a esto, el Señor nos propone imitar su Sagrado Corazón, al que se refiere expresamente como paciente y humilde; otros textos dicen: “Soy manso y humilde de corazón”. La mansedumbre es una virtud que pertenece a la virtud de la fortaleza y la humildad a la que nos referimos pertenece a la virtud de la templanza; tanto la fortaleza como la templanza regulan las pasiones.
Hay dos clases de pasiones, las simples que se llaman concupiscible y otras más complejas que tienen que alcanzar un bien arduo o difícil, que se llaman irascible; es decir que lo que debe hacer el hombre para llegar a conocer a Dios es regularse a sí mismo. Debe vigilar que las pasiones no los manejen, ni los sentimientos simples ni los más complejos; todos deben ser regulados por las virtudes y así es como el hombre llega a ser dueño de sí mismo, y solo siendo dueño de sí mismo va a poder ser fiel a la gracia de Dios y entonces entrará en la intimidad divina.
Esto no es sino todo un programa de vida interior. Primero debemos intentar moderar nuestras pasiones, evidentemente, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: Toda la vida moral consiste en el dominio de las pasiones y eso no lo vamos a lograr de la noche a la mañana, es necesario dedicar a ello toda la vida.
Mientras tanto, necesitamos suplicar al Señor que nos conceda la humildad de saber que las cosas buenas que tenemos, las tenemos por su gracia y su misericordia y así, paulatinamente, cuando el Señor nos vaya concediendo la gracia, vamos a entrar a esa intimidad divina de conocer plenamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como lo hacen solamente los bienaventurados y de modo incipiente lo realizan en esta vida los más grandes santos, como dicen San Gregorio y San Agustín. Por su parte, San Juan de la Cruz dice que el control de las pasiones ocurre cuando nuestra casa esté sosegada, al pasar la noche del alma. En efecto, en “Noche Oscura del Alma” afirma: “En una Noche oscura, con ansias en amores inflamada, ¡Oh dichosa ventura!, salí sin notada, estando ya mi casa sosegada.”
Es el Señor que así interviene, para que podamos llevar a cabo este programa de vida interior que sin duda implica un esfuerzo serio y constante, que es el motivo por el cual nosotros estamos en este mundo.
La Virgen Santísima, que fue la más humilde de todas y a quien Dios llenó con su divina presencia, nos conceda trabajar con temor y temblor por nuestra salvación; nos ayude a esforzarnos para crecer en la vida interior para crecer justamente en esta intimidad con el Señor donde Él lleva solamente a sus amigos, los demás no pueden percibir este misterio tan grande, Dios se da a conocer solamente a los que más lo aman, Dios nos conceda estar entre ellos para que más sirviéndolo en esta vida, más lo gocemos en la eternidad.

