Que la fe a la Guadalupana sea de beneficio para la Nación.
- Luz y Tradición

- 12 dic 2025
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No hay mexicano que no sea guadalupano; que Ella nos haga el milagro de convertir ese amor y esa fe que se le tiene, en gracias y propósitos de redención nacional.

Luz y Tradición
Ejerce la Virgen Morena una fascinación tal, que el rostro dulce y bello de la Patrona de México no se quita de mis ojos al sentarme a escribir. Y comprendo que no podría llenar una cuartilla si abordase otro tema.
Simbólica nuestra Virgen de Guadalupe para México, como la de Covadonga para los españoles y como la Virgen de Lourdes para los franceses; se realiza en su culto la fusión conceptiva de Patria y de Divinidad que hallamos en todos los pueblos con sólo asomarnos a su historia, enlazados de tal modo los conceptos que, las más de las veces, Dios ha significado la patria.
Y es que las nociones de Patria y de Divinidad, indestructibles e inseparables en el alma popular, son, con el idioma y el amor a la familia (la patria pequeña y los dioses del hogar), los pilares maestros de los pueblos; y por esto es tan especialmente peligroso herir cualquiera de estos sentimientos, porque, unidos e inseparables como son, la muerte de uno solo de ellos en la conciencia nacional, acabaría con la vida misma de los pueblos.
En México, desde antes de la Independencia, uno de los lazos espirituales más poderosos, una de las características colectivas más claras y mejor definidas, es, indudablemente, la veneración que todos los mexicanos, hasta los incrédulos, sentimos por la Virgen de Guadalupe, Virgen india de nuestra raza y de nuestro color, porque en los pliegues de su capa -cubierta de rosas-, han quedado escondidos tantos anhelos de pobres y de ricos, tantas aspiraciones de mejoramiento social y político, tantos ensueños místicos y tanta veneración nacional, que ha llegado a ser indiscutiblemente un símbolo mexicano, como lo es el águila gloriosa de nuestro escudo.
Por eso es tan general y tan ferviente su culto, y se extiende desde las riberas del Yaqui hasta los boscajes hostiles de Quintana Roo.
Me imagino la fe hacia Nuestra Señora de Guadalupe, que hoy se desborda en la Basílica en entusiasmo delirante, como un gigantesco torrente que tuviera mil orígenes; pobres manantiales que envían su caudal de fe desde las soledades y cabañas de nuestras serranías; arroyuelos que vienen de los miles de poblachos de toda la extensión del país, donde conserva siempre fragante el culto a la Guadalupana, y veneros de alabanzas a la Virgen nacidos en lejanas tierras que un tiempo fueron mexicanos, en California, Arizona, Colorado, Nuevo México y hasta Utah, y Nevada, en donde perdida toda conexión sentimental y política con nuestro país y olvidadas las costumbres mexicanas, y envuelto el espíritu hasta ahogarlo por una red de mallas contradictorias de educación sajona y pensamiento latino, se ha podido olvidar todo, menos rezar en español y venerar a la Virgen de Guadalupe; y pienso que todas esas corrientes de fe convergen hacia la Basílica y llegan fundidas en un enorme torrente espiritual de fuerza irresistible.
Y sueño en algún medio de encauzar hacia el bien de la patria, ese torrente prodigioso de fe… Si pudiéramos lograrlo; si comprendiéramos todos la significación simbólica del culto a la Virgen mexicana, que es, al mismo tiempo, culto a nuestra raza y a nuestro país, lograríamos que todos esos millones de almas convergieran en propósitos de redención nacional.
Si ante los altares la Virgen hiciera el milagro de convertir nuestros apetitos y nuestros rencores en una torrentera de sanos propósitos y de entusiasmo para alcanzar el bien público y de fe en el porvenir de nuestro país, ¡que de maravillosos resultados no habrían de lograrse!, ¡que de verdadera unión no habría de conseguirse!, ¡qué de bienestar y de progreso para México no habría de resultar de esa comunidad de pensamiento y de acción de millones de mexicanos!; cómo sonreiría, en fin con divino contento la Virgen de Guadalupe, que por amor a nuestra raza y a nuestro país hizo el poético milagro de cubrir de rosas del páramo del Tepeyac el ayate de Juan Diego, quizá como una generosa anunciación de que así nacerían, alguna vez, en la Patria del indio, de los desiertos de la desilusión política y de la confusión nacional, las rosas de la prosperidad y de la grandeza.
Tomado del libro “Páginas viejas con ideas actuales”, de José María Puig Causaranc.





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