La Feliz Cruz del Sacerdote
- P. Christian Viña

- hace 6 días
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El momento de mayor felicidad de Jesús fue su momento de mayor dolor, la Cruz. Nosotros somos sus ministros. Y, como dice el mismo Cristo, el discípulo no es más que el maestro, ni el servidor más que su dueño (Mt 10, 24).

Por P. Christian Viña
Dios nos regala a sus Sacerdotes, entre tantos obsequios inigualables, el sorprendernos todo el tiempo con hijos y situaciones que, en su Providencia, pone en nuestro camino.
Sí, por supuesto, a los curas nos quieren todos… ¡unos muy cerca, y otros muy lejos! Y ello hace que, desde el aprecio, o desde el rechazo, permanentemente debemos mostrar quiénes somos, y en Quien vivimos, nos movemos, y existimos (Hch 17, 28).
- ¡Ustedes los curas sí que la tienen fácil! ¡No trabajan, son mantenidos por el Estado, la pasan muy bien y encima se la pasan pidiendo plata! -, me arrojó abruptamente un muchacho en la calle, mientras iba esta mañana al hospital.
- Mucho gusto, hijo. ¡Padre Christian, para servirte! ¿En qué puedo ayudarte?
- ¿No escuchó lo que le dije? ¿Se cree que con esos trapos –señaló mi sotana- me va a intimidar?
- Hijo, yo no estoy para intimidar a nadie. Lo mío es anunciar a Jesucristo, llevar almas al Señor y mostrarles que aquí estamos de paso; que nuestro destino es el Cielo. Además, ¡los curas vivimos con hambre, sueño y deudas…!
Estas últimas palabras aflojaron su rostro, me miró bien sorprendido, y preguntó:
- ¿Cómo es eso?
- Con hambre –más los gordos, como yo-, porque andamos de aquí para allá; y, con frecuencia, comemos cuando se puede, lo que hay y fuera de horario. Con sueño, porque el apostolado, bien exigente, hace que sacrifiquemos tiempo de descanso; ¡mi cama cuando me ve regresar, por la noche, pega gritos de alegría! Y con deudas porque, más allá de la propaganda política, no somos mantenidos por el Estado, no tenemos sueldos oficiales y vivimos de la limosna y, con suerte, en ciertos casos de algún sueldo como maestros, profesores, o capellanes en alguna institución.
- ¡Pero la pasan bien…!
- Si por eso se entiende ser felices con lo que somos, por supuesto, la pasamos muy bien. Incluso, en medio de las dificultades, pruebas y frustraciones. El momento de mayor felicidad de Jesús fue su momento de mayor dolor, la Cruz. Nosotros somos sus ministros. Y, como dice el mismo Cristo, el discípulo no es más que el maestro, ni el servidor más que su dueño (Mt 10, 24).
- ¡Pero no todos los curas son buenos! ¿O usted no está al tanto de los escándalos…?
- Sí, claro que los conozco. Y sufro muchísimo por ello. Porque nos meten a todos en la misma bolsa… Es cierto, el mismo Señor dijo que es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar antes que escandalizaran a uno de estos pequeños (Lc 17, 1-2). Pero puedo asegurarte que la gran mayoría de los sacerdotes nada tiene que ver con ellos. Por supuesto, ya lo advierte San Pablo, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer! (1 Cor 10, 12) …
- ¡Pero todo hombre tiene su precio, lo que falta es saber cuál es!
- ¡Por supuesto que tenemos un precio! ¡Toda la Sangre de Cristo! Hemos sido comprados, ¡y a qué precio! (1 Cor 6, 20). En dos mil años de cristianismo hay millones de ejemplos de quienes no se vendieron ni por plata, ni por placeres, ni por honores, ni por fama. ¡Son los mártires, las vírgenes, y los confesores, que fueron coherentes hasta el fin! Ahí tienes el ejemplo de Santa María Goretti, mártir, con doce años, que defendió con su vida, su virginidad. O el de San Juan Nepomuceno, también mártir, que prefirió la muerte antes que revelar el secreto de confesión. O el de Santo Tomás Moro; otro mártir, jurista, defensor de la fe y de la familia ante el hereje y adúltero de Enrique VIII… Y, claro está, tantísimos otros, famosos algunos, y otros solo por Dios conocidos, que vivieron y murieron con lealtad inquebrantable al Señor.
Su mirada pensativa, y su gesto más amigable me dieron pie a preguntarle:
- ¿No me dijiste tu nombre? ¿Estás bautizado?
- Sí, padre. Bautizado y confirmado. Y tomé la Primera Comunión. Pero, después, me alejé y anduve por muy mal camino. Incluso llegué a meterme en una de esas sectas; donde los falsos “pastores” son millonarios y chamuyeros (mentirosos). Disculpe si lo ofendí. Es cierto, no todos son iguales… Mi nombre es Rafael…
- ¡Rafael, como el arcángel! ¡Que significa “medicina de Dios”! ¡Deja que el Señor sane tu vida, hijo! ¡Vuelve a la Iglesia! ¡Es tu Madre, y te necesitamos…!
Lo invité a que viniese a Misa al hospital; y junto a los datos de sacerdotes próximos a su hogar, le di también mis señas para que pudiese ubicarme fácilmente de ser necesario. Antes de bendecirlo, le dije: “¡Disculpas aceptadas! ¡Es más! ¡Te agradezco que me hayas dado la oportunidad de cumplir mi misión! ¡Como habrás visto, los curas no tenemos tiempo de sobra…!”
Fuerte apretón de manos, promesa de oración por sus intenciones, y despedida. La desafiante mañana mostraba toda su victoria. Gracias, Señor, por haberme participado tu Sacerdocio. Tiene toda la razón Rafael. ¡La pasamos muy bien!





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