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La Victoria Sobre las Tentaciones

 ¿Por qué Jesucristo fue al desierto? ¿Por qué permitió que el demonio lo tentara? El Señor vino a hacer al hombre nuevo y a mostrarnos la manera de vencer las tentaciones.



Por P. Jorge Hidalgo

 

El pecado original ha vulnerado nuestra naturaleza y la ha dejado inclinada al mal. La inteligencia inclinada al error, la voluntad herida, las dos clases de pasiones reveladas, las simples, llamadas concupiscibles, y las complejas, llamadas irascibles. Son entonces cuatro las heridas del pecado original que siempre nos inclinan al mal, a la destrucción, al pecado, porque el hombre tiende a la nada de la cual salió.

 

Por eso Cristo quiere hacer nuevas todas las cosas y quiere asumir lo que a nosotros nos correspondía. Así lo explica San Agustín: “Cristo tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.” (Enarr. In Ps., 60, 2-3). Por eso ha querido ir al desierto, para que nos demos cuenta de que hace nuevas todas las cosas.

 

Otra visión de esto es la reflexión sobre el Paraíso en el que vivía el hombre y del que después fue desterrado. La tierra produjo cardos y espinas y se transformó en un desierto. El Señor que hace nuevas todas las cosas, hace el camino inverso: Él va al desierto y quiso tomar voluntariamente esas espinas en su cabeza el Viernes Santo, para que se cumpla lo que dice el profeta Isaías, que “el desierto se convertirá en un vergel.” (Is. [Vulg.] 32, 15)

 

Ese es el camino de la cuaresma y ese es el sentido espiritual de la Pasión por la cual el Señor sufrió por nosotros. Igualmente, la tentación nos correspondía a nosotros, pero el Señor la quiso pasar por muchas razones.

 

Al respecto, Santo Tomás dice que se nota que Cristo es Dios porque el demonio solamente lo pudo tentar cuando Cristo mismo decide ir al desierto; y agregó que el desierto es para los hombres santos o para las almas endemoniadas, así que Cristo va a buscar al diablo al desierto -porque es el lugar donde está- para demostrar que es Dios y que puede vencerlo.

 

La era de los demonios desocupados

 

Las tentaciones -como observa Santo Tomás- ocurren después de su bautismo, para que nosotros tengamos claro que la vida cristiana es un combate ante todo espiritual e interior porque el demonio no quiere nuestra salvación y por el contrario tiene envidia de aquellos que quieren crecer y progresar en la virtud.

 

Son tres los enemigos del alma: El demonio, el mundo y la carne, y no podemos atribuir toda tentación al diablo.

 

Hay personas que, por ejemplo, solo están viendo qué hace el vecino para hacer lo mismo. Son marionetas que no se ocuparán de su alma y el demonio no va a perder el tiempo con ellos.

 

Existen otro tipo de personas que atienden solamente a sus pasiones, que obra solo conforme a su voluntad. El demonio no va a perder tiempo tampoco con ellos.

 

Es todo lo contrario. De hecho, hay una visión de San Vicente Ferrer en la cual él llegaba a una ciudad, era el siglo XIV, cuando había muchos más cristianos que en la actualidad, pero empezaba la decadencia de la Edad Media.

 

Iba llegando a una ciudad y vio, a la entrada, un demonio aburrido. No tenía nada que hacer. La gente estaba metida en sus pecados, en sus miserias.

 

El santo siguió caminando por la ciudad y se dirigió hacia el convento dominicano al cual iba. Conforme se acercaba pudo divisar sobre el techo del convento una legión de demonios.

 

Esto es así. El demonio va a molestar al que quiere crecer en la virtud, al que quiere crecer en la santidad. A los otros, ¿para qué?, si ya están enredados en cualquier cosa, no tiene que perder tiempo con ellos.

 

Además, el demonio es envidioso. El pecado del diablo fue querer ser como Dios, pero nadie puede serlo y por eso cayó del Cielo. Por eso el demonio tiene envidia del que quiere crecer en la virtud, del que quiere crecer en la santidad, del que quiere parecerse a Cristo y del que quiere agradarle más a nuestro Señor y lo tentará de modo especial.

 

Una persona que asiste diario a Misa, entonces, no puede decir que por eso el demonio no le molesta; al contrario, es al revés y así será mientras más queramos crecer en el amor a Dios.

 

Y si decimos que el demonio no nos tienta, es una mala señal. Es posible que no estemos en gracia, que no acudamos a la confesión, que estamos enredados con el criterio del mundo o con lo que sea. Por eso el demonio no nos va a tentar.

 

Lo más difícil es detectar su acción porque, como lo advierte San Pablo, “el demonio se disfraza de ángel de luz”. (2 Cor. 11, 14). De hecho, San Juan de la Cruz, en su libro Las Cautelas -que les recomiendo ampliamente-, dice que el demonio es el enemigo “más oscuro de entender” (Cf. n. 2) y es muy difícil darse cuenta cuando las tentaciones vienen de él. Y mientras uno avanza más en la vida interior, más difícil será descubrir sus engaños.

 

Si quiso engañar a Cristo mismo e incluso tergiversar la Palabra de Dios. ¿Cómo no va a tergiversar lo que dice un libro, lo que dice un santo o lo que dice cualquier otro?

 

San Juan de la Cruz también dice que el demonio inspira la mente de los herejes. Dice, literalmente, el gran Místico español: “Al tiempo que ellos se comienzan a recoger, suele el demonio ofrecerles harta materia de disgresiones, formándole al entendimiento los conceptos o palabras por sugestión, y le va precipitando y engañando sutilísimamente con cosas verosímiles. Y ésta es una de las maneras con que se comunica con los que tienen hecho con él algún pacto tácito o expreso; como se comunica con algunos herejes, mayormente con algunos heresiarcas, informándoles el entendimiento con conceptos y razones muy sutiles, falsas y erróneas.” (Subida al Monte Carmelo, Libro II, cap. 29, n. 10). Así, dan vuelta a lo que dice la Sagrada Escritura, distorsionan todo para que la gente no crea lo que la Iglesia ha enseñado siempre, sino que crean de manera distinta.

 

Por eso los heresiarcas, que sabían cuál era la verdad católica y que lucharon contra ella, cometieron un terrible pecado contra el Espíritu Santo: la impugnación de la verdad conocida. Y eso fue justamente por inspiración de Satanás.

 

Llegar al fin, pero al modo de Dios

 

Además, Cristo fue al desierto para vencer al demonio. Dice Santo Tomás que cuando un soldado va a la guerra, cuando vuelve victorioso tiene más experiencia y más fortaleza en el combate. (Cf. In Mat. Cap. 4, lec. 1). Y eso es lo que el Señor quiere para nosotros.

 

El doctor Angélico señaló otro motivo importante por el cual Cristo quiso ser tentado: para que nosotros no presumamos de nuestras fuerzas. Porque uno no puede decir, “este pecado ya no lo voy a hacer nunca”. Cuidado con eso, porque uno de los peores pecados es el pecado de la soberbia, el pensar que soy impecable.

 

“El que esté de pie -dice San Pablo- cuídese de no caer” (1 Cor. 10, 12). Y esto es una recomendación de la Escritura y de los padres espirituales. Incluso por esa razón es que tenemos que tender la mano al que está caído, sin importar cuáles sean sus miserias, los pecados que tengan, uno debe tenderle la mano para ayudarlo a levantarse.

 

El demonio puede venir a tentarnos de la manera más ridícula o terrible, por ejemplo, a Cristo le presentó la falsa idea de la mesianidad. Se dio cuenta que Cristo era alguien especial, que tenía una misión, por eso las tentaciones de Cristo son las tentaciones del Mesías.

 

Claro que Dios le quería dar a Cristo todo el mundo. Dios quería que subiera a los Cielos, pero en el momento de la ascensión. Dios quería alimentar al mundo, pero no con la carne de este mundo sino con su palabra. Es decir que todo lo iba a tener, pero en su momento y no al modo del diablo.

 

Aquí otra gran enseñanza de Cristo. Debemos querer lo que Dios quiere y del modo que lo quiere, pero no llegando a ello a través de artimañas o maniobras que nos conduzcan por el atajo, porque esa es la tentación del diablo y, como Cristo lo hizo, debemos rechazar la tentación con la fuerza de la Palabra de Dios.

 

Sin miedo para el combate

 

El Padre Leonardo Castellani dijo que el enemigo final del Redentor, es decir el Anticristo, sí aceptará estas tres tentaciones.

 

Va a solucionar el hambre del mundo porque va a convertir las piedras en pan, lo van a ver en todos lados y lo van a aplaudir. Seguramente va a ser el líder que dé cierta paz al mundo luego de una tercera guerra mundial. Y va a ser adorado por todos, pero él, en su corazón, va a adorar al diablo. (Cf. El Evangelio de Jesucristo, Sermón del I° Domingo de Cuaresma). Por eso en la Sagrada Escritura se pinta a este enemigo final del Redentor, al Anticristo, como ya condenado en el infierno. (cf. Apoc. 19, 20; 20, 10).

 

Dice también el libro del Génesis que después de la tentación, después que el hombre pecó y ofendió a Dios, Dios le promete la victoria al hombre. Le dice a la serpiente: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”. (Gen. 3, 15). (Hay bastantes discusiones sobre si dice Él o Ella, lo cierto es que la Biblia latina, llamada Vulgata, dice “Ella te aplastará la cabeza”.)

 

A mi juicio, Dios quiso esa indeterminación: ¿Quién vence al diablo? La respuesta es Cristo; y la Virgen unida a Él.

 

Lo cierto es que sabemos que Cristo vence al diablo, sobre todo en su Pasión y Muerte en la Cruz; y sabemos que la Virgen nos enseña cómo vencer las tentaciones, como Ella, con su humildad, venció la orgullosa cabeza del demonio. Por eso dice San Pablo: “El Dios de la paz aplastará bien pronto a Satanás bajo vuestros pies.” (Rom. 16, 20).


Y con todo eso debemos tener la certeza de que podemos entrar al combate sin miedo. Lamentablemente muchas almas tienen miedo de progresar en la vida interior porque temen las tentaciones y hay otros que, frente a algunos problemas, se vuelven atrás.

 

Santa Teresa y San Juan de la Cruz nos motivan a no tener miedo e ingresar al combate. Sabemos que Dios no va a permitir que el diablo nos tiente por encima de nuestras fuerzas. (cf. 1 Cor. 10, 13). Y que, al contrario, el diablo tiene un papel en nuestra santificación, por eso Dios permite su accionar en nuestra alma, no para que pequemos, pero sí para que crezcamos y salgamos fortalecidos del combate.

 

Que no tengamos miedo en subir a la palestra, es lo que debemos pedirle a la Virgen, que ya venció al diablo, para que también nosotros podamos vencer a Satanás. Que no tengamos miedo en combatir el buen combate, en correr hacia la meta, aunque eso nos implique sacrificios interiores.

 

Quien vive y lucha por Cristo reina con Él para siempre. 


 
 
 

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