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Para ser Santo o se Quiere y se Intenta, o se Continúa en Caída Libre

Nueva aventura apostólica de un sacerdote Argentino. 



Por P. Christian Viña


Una de las frases más repetidas que escuchamos los sacerdotes, especialmente de aquellos que parecen sentirse cómodos con sus pecados, es: "¡Yo no soy ningún santo!". La pregunta, entonces, es invariable: "¿Lo quieres ser? En tal caso, ¡Dios te ayudará! Como en las Bodas de Caná, a ti te corresponde cargar el agua en las tinajas. El milagro del mejor vino lo hace el Señor".


El desafío no admite terceras opciones: o se quiere y se intenta, o se continúa en caída libre. Por eso, aparecen las más diversas respuestas: caras de rechazo que repiten, sin palabras, la inicial repulsa de los griegos a San Pablo, en el areópago ateniense: "Otro día te oiremos sobre esto" (Hch 17, 32). O una sorpresa que se abre a la "receta". Y hasta un entusiasmo teñido de esperanza, ante la posibilidad de un cambio que, lejos de ser imposible, es desde un corazón dócil, claramente accesible.


En mi habitual recorrida por el hospital me encuentro todo el tiempo con las más variadas situaciones. Cada paciente, claro está, es un universo. Y anunciarle y ofrecerle la salud definitiva de Cristo, un desafío exigente. Sus familiares y allegados, con frecuencia, me deparan sorpresas tanto o más impactantes. 


     - ¡Buen día, padre! ¿Podría ver a mi abuela, que está muy grave? -, me dijo un muchacho evidentemente alejado de la fe.

     - ¡Con todo gusto, hijo! ¡Para eso estamos aquí! Y, como rezamos en la Liturgia de las Horas, "a jornal de Gloria, no hay salario grande". ¿Tú eres creyente? ¿Vas a la Iglesia?

     - No, padre. ¡Yo no soy ningún santo! ¡Mi abuela sí! No se imagina cuántos rosarios rezamos juntos cuando yo era niño. Y cómo íbamos a Misa, con mis hermanos, mis padres y ella, todos los domingos. 

     - ¡Hijo, querido! ¡Es hora, entonces, de volver a Casa! Ella se está yendo a rendir cuentas al Padre Eterno. ¿No te parece que el mejor regalo que puedes hacerle, además de la Santa Unción que le daré en un instante, es el de una buena confesión para volver a empezar?


Sus ojos, ya vidriosos, reflejaron el impacto causado. No hubo palabras. El silencio hondo lo dijo todo. No era momento de una respuesta contundente. Pero su expresión, lejos de revelar cualquier rechazo, dejó intacta la posibilidad del retorno. 


Ingresé a la habitación con la seguridad de estar viviendo, una vez más, un momento único e irrepetible. El muchacho se sumó a los otros familiares presentes. Y aquellas oraciones que la anciana dama había dejado para siempre en su corazón, afloraron, aunque balbuceantes, de sus labios. Y lloró como un niño; como aquel de su infancia al que la cadena de todos los vicios se había empeñado en estrangular.


Al salir le regalé un Rosario. "Éste -le dije-, lo hizo con sus propias manos, Elena; que murió con 107 años y que, hasta poco antes de su partida, trabajó incansablemente para el Señor y su amadísima Iglesia. Y recuerda lo que nos enseña San Agustín: 'No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro'. Solo se trata de dejarse sanar por Aquel que hace 'nuevas todas las cosas' (Ap 21, 5). ¡Hoy es el día de tu nuevo nacimiento! ¡Anímate!".


Su "¡gracias, padre!" resonó, en la gélida mañana platense, con aires de eternidad. Una vez más quedó demostrado hasta dónde llegan los rezos de las piadosas abuelas. Que jamás se cansan a la hora de mendigar la misericordia de Dios. 


 
 
 

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