Las Gracias que no Merecemos
- P. Jorge Hidalgo
- 22 ene
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El cristiano debe ser más consciente de la gracia inmerecida que recibe sin ningún derecho y cumplir con su tarea de amar más a Dios y trabajar por su santificación.

Por P. Jorge Hidalgo
Cristo es el Cordero de Dios que carga y quita los pecados del mundo -tanto en griego como en latín es el mismo verbo, tollere o aíro, quiere decir quitar y cargar- y los lleva sobre sí, por eso San Pedro en su segunda carta dice: por sus llagas hemos sido curados.
Esta gracia que Nuestro Señor Jesucristo nos obtuvo, la salvación, la santificación, no la habríamos merecido de ninguna manera -por más seamos justos y santos- porque somos pecadores, según quedó expuesto la semana pasada en el tema de la naturaleza caída.
Dice el libro de los Proverbios que el justo peca siete veces al día, de tal forma que por más que consideremos no tener ningún pecado, eso es imposible. Además, la gracia supera nuestra naturaleza. Nada podemos hacer en el orden sobrenatural sin el auxilio divino. La gracia de Dios, como dice San Pedro, es la participación de la naturaleza divina. “La menor gracia supera la perfección del universo”, dice Santo Tomás. Dicha perfección es el bien común natural que Dios busca en el orden creado. Nuestro Señor Jesucristo nos comunica otro don muy superior que nos hace entrar en el mundo de Dios.
El día de su bautismo, descendió el Espíritu Santo sobre Nuestro Señor Jesucristo y permaneció sobre Él, es decir que todo el Padre y todo el Espíritu Santo están presentes en el Hijo, absolutamente todo sin faltarle absolutamente nada, por eso se dice que Dios a Él le da el Espíritu sin medida.
Pero este misterio que le pasa solamente a Cristo, porque solamente Él es Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; Él nos lo comunica tanto y cuanto como vivamos en Dios, tanto y cuanto como estemos en Él y crezcamos en la santificación.
Por eso la tarea del cristiano en este mundo no es tener títulos, no es tener plata, no es cambiar el auto, no es tener una mejor casa, no; la tarea del cristiano en este mundo es amar más a Dios, es hacerse más santo, es crecer en la vida de oración, en la vida de la gracia.
Como María, tener una relación especial con la Santísima Trinidad
El ejemplo de Dios en esta vida por antonomasia, es la Santísima Virgen, por tres distintas razones.
Tiene una afinidad con el Padre única, de tal manera que Ella puede decirle a Jesucristo -como el Padre mismo- Tú eres mi Hijo.
Además, porque Nuestra Señora tiene una relación con Cristo única, que es la maternidad divina. En este sentido, dice San Ambrosio que también nosotros tenemos que ser “madre de Cristo”, engendrando a Cristo en los demás.
Por último, la Virgen también es la esposa del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es quien fecundó sus purísimas entrañas y dio a luz a Cristo. (Según el Padre Manelli, este es el misterio más importante de la Santísima Virgen, que todavía tiene que ser entendido y dilucidado.)
Así como la Virgen tiene esta relación tan especial con la Santísima Trinidad, nosotros también debemos tenerla porque, dice Cristo respondiendo a aquella pregunta de los apóstoles: Aquel que me ama, será amado por mi Padre, nosotros lo amaremos, vendremos a él y habitaremos en él ( Jn 14, 23). Dios vive en el corazón de los justos y quiere tener una morada en nosotros y esta inhabitación trinitaria en nuestro corazón es algo que nunca podríamos merecer ni pagar.
¿Cómo podremos pagarle?
Debemos dar testimonio de Jesucristo, como lo hizo Juan el Bautista y después de él sus discípulos y tantos santos. Debemos dar testimonio con nuestra vida, con nuestra palabra y si Dios lo quiere, con nuestra sangre.
Tenemos que crecer en la gracia de Dios, amarlo más y para ello, debemos frecuentar los sacramentos, crecer en nuestra devoción a la Santísima Virgen, en nuestra vida de oración y en la vida espiritual.
Es necesario tener presente que necesitamos los sacramentos, pero que no es un derecho tenerlos, sino que los tenemos porque Dios así lo quiere. En el mundo existe ahora la concepción de que uno tiene derecho a todo. Pero el hombre, como decía el mártir argentino Jordán Bruno Genta, nace teniendo deberes; deberes para con los padres, deberes para con la patria y deberes para con Dios.
No tenemos derecho a la gracia, derecho a que bauticen a mi hijo, derecho a que me casen; antes bien todo lo tenemos por pura gracia de Dios, porque Él quiere que nos salvemos y por eso quiere que recibamos los sacramentos. Tengámoslo presente, porque esta mentalidad pelagiana, naturalista, de “yo tengo derecho a…”; se mete también en las cosas de la gracia y eso es una falsedad.
Siempre debemos tener la actitud interior de considerarnos indignos. Indignos de estar en la Santa Misa, indignos de confesarnos, indignos de todo. Justamente si somos indignos, tenemos que ser mendigos de la gracia de Dios. Pedirle al Señor muchas veces que venga a nuestra alma y a nuestro corazón, y aprovechar esas gracias que Dios nos da, justamente, porque Él quiere vivir en nuestro corazón.
Así creceremos en la amistad con Dios y así el Cordero de Dios habrá transformado nuestra propia vida para hacerla semejante a lo que Él mismo desea. Hay que recurrir a Nuestra Señora para pedirle que nos ayude a crecer en la gracia que el Señor nos ha dado en el bautismo, que nos conceda la gracia de sentirnos indignos de la redención que Cristo nos ha obtenido y que de ningún modo podríamos pagarla, que nos preocupemos por amar más a Dios y en crecer en la inhabitación trinitaria. Que la Virgen nos conceda siempre ese espíritu de oración, de gratitud hacia Dios, para que así también nosotros, amándolo en esta vida, más lo gocemos en la eterna.

