Nosotros no Creemos en Algo, ¡Sino en Alguien!
- P. Christian Viña
- hace 8 horas
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Nueva aventura apostólica de un sacerdote Argentino.

Por P. Christian Viña
La rauda salida al hospital, motivada por distintas urgencias, impidió que mi "Ferrari", o sea la fiel bicicleta que me acompaña desde mi Ordenación Sacerdotal, fuese nutrida con el suficiente aire para sus ruedas y eso obligó, por cierto, a un mayor esfuerzo en el pedaleo. Muy bienvenido, en la permanente lucha contra mis grasas sobrantes...
Al llegar al primer semáforo de la calle 7, un muchacho montado en un monopatín eléctrico, me advirtió: "¡Señor, tiene baja la rueda de atrás!". Obviamente, al ser llamado "señor", y no como la evidente sotana invita, me di cuenta de que estaba ante una clara ocasión para anunciar a Cristo:
- Muchas gracias, hijo. ¡Dios te lo pague! Padre Christian, para servirte. ¿Eres creyente?
- No como usted piensa. Pero en algo hay que creer...
- ¡Hijo! ¡Nosotros no creemos en algo, sino en Alguien! En Dios que nos crea por amor, que se hizo Hombre; murió y resucitó para salvarnos. ¡En este único Dios te llamo a creer!
La silente respuesta del muchacho, llena de asombro y sin prejuicios ideológicos, me dio claro pie para la insistencia. "El semáforo está por volver a verde, aquí tienes una de mis tarjetas, puedes ubicarme en el hospital o en cualquiera de las redes. ¡Tengo todas! ¡Allí también anuncio a Jesús, y le doy batalla al demonio!".
- Gracias, Señor. Ehh, disculpe, pastor...
- Dios te puso en mi camino. Estoy honradisimo de ser padre...
Reanudación del pedaleo y rezo del Ángelus por el joven. El "DS": "Dios Siempre; Déjate Sorprender", una vez más, mostró toda su contundencia.
Al llegar al hospital, tuve la gracia de dar la Unción a un moribundo que, durante décadas, estuvo alejado de la Iglesia. Muy probablemente de niño tomó la Comunión durante nueve Primeros Viernes de Mes consecutivos. Y el Sagrado Corazón de Jesús, una vez más, cumplió su fidelísima Promesa valiéndose, en este caso, de su hija; una piadosa catequista que me encontró providencialmente en la puerta de la parroquia. Llevé los Sacramentos a otros agonizantes y seguidamente fui a Neonatología.
Bendije, como de costumbre, a los niños; a quienes los cuidan y a sus familiares. Y me detuve ante una joven mamá -era la primera vez que la encontraba-; estaba junto a la incubadora de su hijito en grave estado:
- ¡Que Dios te colme de su Paz, hija! ¿Eres bautizada? ¿Qué puedo hacer por ti?
- Fui "bautizada" en una secta de la que me fui despavorida. Hace dos meses se murió mi papá; tengo un hermano enfermo de cáncer y aquí lo ve a mi hijito. ¿Cómo quiere que esté?
Le obsequié silencio. Dejé que se desahogara y, al cabo de unos minutos, luego de un torrente de palabras, repitió casi las mismas palabras que acababa de escuchar: "¡Sé, de cualquier modo, que en algo hay que creer...!"
- ¡Hija! ¡Nosotros no creemos en algo, sino en Alguien! En Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y que por nosotros, y por nuestra salvación, se hizo Hombre; murió y resucitó. Y que, en la hora de la Cruz, tuvo a su Madre al lado, hasta el fin. Como estás tú, aquí, junto a tu hijito...
Las lágrimas bañaron su rostro, curtido por el dolor. Era el turno para que ella me regalara su silencio; lleno de dudas y, también, de posibles certezas. "Gracias. Me hizo bien que pasara". Ofrecimiento para bautizar al pequeño, y a ella misma; entrega de una cartilla con una breve catequesis y oración final.
A la salida, uno de los taxistas, siempre ocurrente, terminó abruptamente mi meditación, escaleras abajo. "¡Padre! -me gritó-. ¡Tengo un notición! Mi primo, el 'Cholo', más arisco que un potro sin domar, volvió a la Iglesia, ¡y se confesó después de 50 años! Al fundirse, muchos lo abandonaron. Y, en ese momento, sintió el divino abrazo del Señor, que nunca lo había dejado".
Por tercera vez en el día, el "algo" había cedido su irreemplazable sitio al Alguien. "Viste, hijo -le respondí- qué grande es Dios. Él no es ni energía -¡no metemos los dedos en el enchufe, para rezar!-, ni una fuerza ciega, o un fruto del azar. Es un Padre Providente que, con impar paciencia, nos espera a nosotros, sus hijos pródigos. ¡Sólo con su gracia somos verdaderos campeones del mundo! ¡Del verdadero Campeonato! ¡Que termina con la coronación de Gloria, en el Cielo!
Bendición y saludo de despedida. La "Ferrari" me esperaba, con su paciencia de siempre, atada con la cadena al poste. Por las dudas de que bajase un extraterrestre, ¡porque en Argentina, nadie roba nada!... En mi alegría, por todos los regalos que Dios me había hecho, quise volver caminando, y darle algo de alivio a sus sufrientes llantas. Que son, por cierto, "algo", pero que nos remiten al Autor de todo lo creado. Para Quien, claro está, "no hay nada imposible" (Lc 1, 37).

