¿Dónde está la evidencia?
El culto divino debe producir una caridad concreta, real y sacrificada. ¿Esto se refleja en los católicos? ¿Se refleja sobre todo entre los que asisten a Misa Tradicional?

Por P. Daniel Heenan, FSSP
Empezando los años setenta, aquí en México y en adelante, hubo una campaña que reflejaba una mentalidad también muy extendida por todo el mundo. Decía, “la familia pequeña vive mejor.”
Y por medio de una intensa publicidad y de programas de salud pública, se buscaba reducir la natalidad de las mujeres mexicanas. Uno de esos lemas decía, “vámonos haciéndonos menos reproductivas y más productivas.” Se prometía que al limitar el número de hijos, eso traería a las mujeres mayor felicidad y prosperidad.
Desde cierto punto de vista, la campaña fue muy eficaz, porque en el año 1974 la tasa de fecundidad superaba los 6 hijos por mujer. Y lamentablemente en el año 2023 había caído hasta 1.6 por mujer. Es decir, muy por abajo de lo que se necesita para mantener la población.
Y las promesas de esa campaña no se cumplieron. No vemos ahora familias más fuertes, sino una creciente desintegración. En el año 2023 hubo 33 divorcios por cada 100 matrimonios.
Y casi el 20 por ciento de los hogares mexicanos son monoparentales, la mayoría de ellos siendo la mamá la que está presente. Paralelamente, continúan creciendo las estadísticas de la pobreza, la delincuencia y una profunda crisis moral por todos lados. Por sus frutos los conoceréis.
Y ese fracaso deriva de equivocarnos sobre en qué consiste el florecimiento humano. No solamente de lo material, obviamente, sino de lo más sublime, de lo espiritual.
Podemos considerar otro ejemplo parecido y también muy controvertido, porque sabemos que durante muchas décadas se prometía una nueva primavera en la Iglesia a través de cierta modernización. Y todavía, hasta la fecha, muchos siguen prometiéndolo, diciendo: si nada más seguimos adelante con el mismo programa, se logrará. Pero la realidad desmiente esa promesa. Otra vez, unas estadísticas.
En 1970, más del 96 por ciento de la población se declaraba católica, pero en 2020 bajó al 77 por ciento. Y de entre esos que todavía se dicen católicos, otra estadística dice que únicamente el 59 por ciento asisten cada semana a la Santa Misa. Mientras, por comparación, los que se dicen protestantes, el 83 por ciento de ellos, practican su religión cada semana.
También hemos visto últimamente una fuerte caída de vocaciones, de matrimonios sacramentales, de perseverancia en la catequesis. Dicen que de todos los niños bautizados, que es un número que también va en declive, solamente la mitad llegan a hacer su primera comunión y menos aún llegan a recibir la confirmación. Por sus frutos los conoceréis.
Y bueno, una sola causa no explica toda esta crisis, pero cuando vemos pérdida de fe, abandono de los sacramentos, desaparición de vocaciones, nos damos cuenta que estamos cosechando frutos no muy deseados. Dice San Hilario, “obedecer la voluntad de Dios, no solamente es invocar su nombre, eso es lo que abre el camino hacia el reino celestial.” Y necesitamos aplicar esta lección también a nosotros, porque podemos justificar nuestra falta de mayor conversión con frutos meramente aparentes.
San Bernardo dice, “nuestros frutos son nuestra fidelidad en seguir las huellas del Señor, y sabemos que las huellas de Cristo siempre están ensangrentadas.” Es muy fácil juzgar frutos según una cierta felicidad inmediata o comodidad según nuestros gustos. Así se justifican muchas sectas que dicen, sí tenemos buenos frutos. Pero no son los que el Señor pide.
Dios quiere que produzcamos frutos para la vida eterna y esos frutos muchas veces, más bien, siempre, exigen sufrimiento. ¿Qué ha producido más fruto que la Cruz de Nuestro Señor, que en su momento aparecía como una derrota absoluta pero consiguió el mayor fruto posible?
Como católicos tenemos que reconocer que no basta solamente conocer la verdad, tampoco basta solamente asistir a la Misa, ni siquiera la Misa Tradicional.
¿Cómo saber si estás dando frutos?
El Señor exige que manifestemos el poder de su doctrina, de su culto, mediante la santidad que producen en nosotros. Dice San Jerónimo, “es necesario que en los servidores de Dios, las obras sean aprobadas por la enseñanza, y la enseñanza por las obras.” Y San Francisco de Sales, doctor de la Iglesia, explica concretamente cómo deben de ser tales frutos.
Es decir, ¿cómo podemos juzgar si vamos realmente por el camino indicado por el Señor? Por los buenos frutos. ¿Cuáles son? Son las cosas que nos hacen más humildes, más pacientes, más indulgentes, más caritativos y amables con el prójimo, más diligentes en modificar nuestras malas inclinaciones, más fieles a nuestros deberes, más dóciles y obedientes y más sencillos en toda nuestra conducta.
Y por el contrario, el mismo Santo nos explica cómo son los malos frutos. Es decir, lo que indicaría que vamos por un camino que no es del Señor. Tales frutos nos hacen más curiosos, más amargos, más impacientes, obstinados, orgullosos, duros con el prójimo y superficiales en nuestras prácticas de piedad. No perseverando y no sacrificándonos para que llegue el mensaje de Cristo hacia el interior.
Y si todos los cristianos tienen esta obligación de buscar producir esos frutos buenos; yo diría que nosotros, que hemos recibido el regalo de conocer el tesoro de la Tradición, tenemos más obligación aún. Si insistimos en que la Tradición tiene tanto como para recomendarla… ¿dónde está la evidencia?
Si adoramos a Dios mediante un rito tan hermoso y sublime, ¿por qué nuestras vidas no han sido también hermoseadas y elevadas? ¿Dónde están la mayor humildad, la mayor pureza, la mayor obediencia, la mayor caridad y el mayor espíritu de sacrificio? Estos frutos que necesitamos producir tienen que ser tanto interiores como exteriores.
Respecto a los frutos interiores, tenemos que ser personas de profunda vida espiritual, no solamente rezando por cumplir los domingos, no solamente partidarios de la Tradición. La liturgia debe lograr que nos enamoremos de Dios, debe motivarnos a buscarlo en la oración personal y tener un deseo cada vez más fuerte de unirnos más perfectamente con Él. De luchar contra los vicios y hacer todo lo posible para no ofenderle.
Sobre los frutos exteriores, éstos deben ser principalmente la caridad hacia el prójimo, el servicio hacia la comunidad y la Iglesia. Sin embargo, muchos critican a los tradicionalistas por vivir encerrados en su gueto. Obviamente no tiene que ser así, debe ser al contrario, pero desgraciadamente nuestra conducta demasiadas veces confirma ese prejuicio.
En el juicio final, como lo describe San Mateo en su Evangelio, va a separar los buenos de los malos a cada lado. Y el Señor como Juez se presenta para hacerles unas preguntas muy importantes. Y entre las preguntas que hace el Juez ninguna es, ¿cuánto pudiste criticar los errores ajenos? ¿Cuánto supiste identificar los errores modernistas? Sino, ¿cuánto reconocimos a Cristo sirviéndolo en los necesitados, en los prójimos?
El culto divino debe producir una caridad concreta, real y sacrificada. Una búsqueda del bien común de la Iglesia y el sincero deseo de imitar a los santos, quienes se gastaron en el servicio de Dios y los demás sin cansar. De lo contrario, sucederá lo que describe San Pablo: Viviríamos como esclavos de nuestras pasiones cosechando el fruto de la carne, que es la muerte.
El Señor dice que no todos los que gritan ¡Señor, Señor! entrarán en el reino de Dios. Sino solamente los que cumplen su voluntad. Y para los demás, también sus palabras son muy fuertes porque dice que serán arrancados y arrojados al fuego.
Pero en otro lugar el Señor nos consuela con estas palabras diciendo: Todo sarmiento que produce fruto, Dios lo poda para que produzca todavía más fruto. En esto es glorificado mi Padre, en que produzcáis fruto abundantísimo.
Homilía del Padre Daniel Heenan, Templo de Nuestra Señora del Pilar, 12 de Julio de 2026.






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