El Pecado de la Lengua
Qué hablar, cuándo hablar y para qué hablar para que nuestro corazón se parezca al de Cristo.

Por P. Jorge Hidalgo
Actualmente hay muchos pecados de lengua. Incluso las redes sociales contribuyen para que cualquier persona escriba lo que sea sobre cualquier otra; es lo habitual, parece normal, pero a los ojos de Dios eso no está bien. Se cometen muchos pecados de lengua y son muy lamentables porque nos apartan de Dios.
Evidentemente no todos los pecados tienen la misma gravedad porque una persona puede decir mentiras sobre otra o hablar mal de alguien, pero si por lo que diga, por ejemplo, la otra persona pierde el empleo, el grado de gravedad es mayor y será pecado mortal.
Por eso la moral católica distingue tres clases de comentarios diferentes:
Uno es la murmuración. Cuando todo el mundo sabe, por ejemplo, que una persona es alcohólica y se comenta sobre otro episodio más, que se lo encontraron caído por ahí porque se tomó todo lo que encontró; evidentemente a nadie va a sorprender, pero ese comentario también está mal porque se hace leña del árbol caído.
Otro segundo caso es la difamación, donde también es verdad lo que se dice, pero es una cosa oculta. ¿Para qué decir cosas ocultas? Depende si tengo un motivo serio para decirlo, pero si no lo tengo, ¿para qué decirlo? ¿Para qué decirle a todo el mundo, por ejemplo, que a tal persona la corrieron de su trabajo porque lo sorprendieron robando dinero? A lo mejor esa persona no tiene esa fama, a lo mejor nadie sabía que acostumbraba robar, ¿para qué aventar esa información a los cuatro vientos?
Y por último, el tercer caso, es la calumnia, cuando ya no es verdad lo que se está diciendo pero lo digo por envidia, por celo, por vanagloria o porque quiero humillar a la persona y por eso invento lo que sea. Eso, evidentemente, es mucho peor.
Lamentablemente se cometen cada día muchos pecados de la lengua. Esto se da en los lugares chicos, donde todos se conocen. Por ejemplo, en los pueblos pequeños, donde hay mucha relación entre las personas. Pero desgraciadamente esto también se da en las empresas, en las familias, entre vecinos, y peor aún, en algunas comunidades religiosas, tanto por parte de los propios religiosos como de los feligreses. Como que todos nos otorgamos la facultad de opinar sobre la vida y obra de todos; y por supuesto que eso no está bien.
Es verdad que puede haber algunos casos en los cuales uno tiene derecho o incluso el deber de hablar. Por ejemplo, un padre de familia, para cuidar a sus hijos, habrá ocasiones en que tenga que decirles que no se junten con tal persona porque al parecer su familia no anda en algo bueno, y es una advertencia que obedece al orden de la caridad. El papá y la mamá deben primero amar a sus hijos y después tendrán que amar a los lejanos; la caridad empieza con amar al prójimo y eso es amar al próximo.
En el caso del ejemplo anterior, los padres de familia deben ser precisos en lo que dicen y no es el caso de que, por ejemplo, eso mismo que saben de la familia, lo comenten en la red social porque eso está expuesto a que cualquiera lo vea, no cumple con el fin del primer caso, de velar por los hijos, y se expone a esas personas a la crítica y juicio de los demás.
Por eso el apóstol Santiago dice en su carta que “el hombre que domina su lengua es un varón perfecto.”
Este ejemplo, en el que el padre de familia advierte a su hijo que no salga con tal amigo, es una corrección paterna que se debe por justicia. Es el mismo caso cuando el Sacerdote corrige a los fieles y si, por el contrario, los papás o el Sacerdote no lo hicieran, tendrían que responder ante Dios.
Si antes de corregir se advierte que habrá un problema, porque el hijo es adolescente y hará un drama y se pondrá insoportable, la solución no es dejarlo hacer lo que quiera, cambiar el tema o voltearnos para otro lado; la respuesta católica es atender el deber de la corrección paterna.
Evidentemente no es lo mismo corregir a un niño de 3 años que a un chico de 20, pero evidentemente papá y mamá no pueden decir que haga lo que quieran con tal de que no enfrentar el problema, la corrección paterna es un deber de justicia.
Requisitos para una corrección fraterna
Por otro lado, la corrección fraterna se debe realizar tanto a las personas que estén en nuestro mismo nivel, como incluso en un nivel superior. Y la forma de hacerlo es en privado.
Para hacer este tipo de corrección, hablar con la verdad no es lo único importante; es necesario haber rezado mucho antes de hablar, es necesario estar calmados, en paz, para decir solo las cosas que hay que decir, del modo adecuado y es necesario que la otra persona también esté en un buen momento.
Esto es porque el objetivo de la corrección es que el otro ame más a Dios, que su corazón se parezca más al Corazón de Cristo.
Si la persona no acepta el señalamiento, es cierto que podemos llamar a una o dos personas más para hablar con él, pero hay que buscar a personas que lo aprecien, que tengan caridad, que quieran su bien.
A veces también es necesario decir a todos. Vemos el ejemplo en Cristo. Nuestro Señor intentó corregir a los fariseos muchas veces.
Les dijo en privado, por ejemplo, a Simón, el fariseo: Tú no me lavaste los pies, en cambio, esta mujer, desde que vino no para de llorar sobre mis pies. Tú no secaste mis pies, ella me está secando con sus cabellos, etc.
Pero lamentablemente los fariseos no se querían corregir y seguían en su dureza. Y solamente al final de su vida pública es cuando Nuestro Señor le dice a toda la gente que se cuide de los escribas y fariseos, que sigan sus palabras y no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen, etc. Lo dijo a la comunidad porque su mal ejemplo inducía a otros a la perdición; por lo tanto, era muy necesaria la advertencia.
Y esto también lo hace la Iglesia, incluso con cosas más serias, cuando no se trata de una ofensa personal, sino que es una ofensa contra la fe. ¿Qué es lo que hace? La Iglesia llama a la persona para hacerle ver lo que está mal. Si esa persona se retracta, bendito sea Dios, pero si no se retracta se le vuelve a llamar y si esa persona no se retracta, es cuando es excomulgado, apartado de la Iglesia. Eso se llama monitum. Avisado una, avisado dos veces y por última, la tercera vez, queda fuera de la Iglesia.
Esto ha hecho siempre la Iglesia. Y justamente, en este momento de confusión, también se debería hacer, para evitar que la gente sea engañada por sacerdotes e incluso obispos.
Pero incluso, más aún, a veces es necesario corregir al superior. Claro que hay que ver cómo hacerlo.
A veces sería incluso necesario que los hijos corrijan al padre, que los fieles corrijan al sacerdote, o que los obispos corrijan al Papa. ¿Por qué? De hecho, en la Sagrada Escritura vemos el ejemplo de Noé, que se dice que fue el primero que plantó una viña y que no sabía que tomar mucho vino tenía un efecto colateral, por lo que quedó embriagado. Dice la Biblia que sus hijos se acercaron y taparon su desnudez.
Tenemos también el ejemplo, en la Palabra de Dios, en el que San Pablo corrige a San Pedro. San Pablo era un apóstol, pero también un obispo, mientras que San Pedro era el Papa, el primer Papa de hecho. Pedro, por simular delante de los judíos respecto a la disputa que había en la Iglesia antigua sobre la circuncisión, estaba dando un mal ejemplo e inducía a los cristianos judíos, que ya eran católicos, a simular sobre el asunto igual que él.
San Pablo le dijo que no podía simular porque era el Papa. Al respecto comenta San Agustín que San Pedro dio ejemplo de humildad y reconoció que lo que Pablo decía era verdad.
En la historia reciente, cuatro cardenales le escribieron al Papa Francisco diciendo que había escrito un documento que era ambiguo respecto del matrimonio y que inducía a que algunas personas lo interpretaran mal y comulgaran, a veces, sin estar preparados. Lo dijeron públicamente y estuvo bien dicho.
Eso es un acto de caridad porque no es una ofensa contra mí, sino que es una ofensa contra la unidad de la Iglesia. En este caso, que afecta a la santidad de los matrimonios y a la recta preparación de cada uno de los esposos para recibir adecuadamente los sacramentos.
Este es el camino difícil, porque es más fácil que hable con mis amigos de cualquiera; pero es el camino difícil el que da el fruto. No corregir porque me cae mal o le tengo envidia, o porque me hizo enojar; sino corregir porque quiero que en esa persona brille la perfección, brille la gracia de Dios, brille la pureza, en definitiva, que brille Dios.
Que brille Dios
También nosotros podemos ser corregidos por otro, y, si nos dicen bien, si nos dicen en el orden de la verdad y el orden de la justicia, debemos atender a la observación.
Pidamos al Señor esta gracia. Que tengamos siempre el deseo de seguir a Cristo, el deseo de practicar la caridad como el Señor mismo tuvo esta forma de actuar con sus discípulos. Se dice que se los llevaba aparte y les hablaba de todas las cosas. Así actuaron también los santos.
Hay una anécdota de San Felipe Neri. Se dice que en una confesión a una persona que le ayudaba mucho, pero que le gustaba dar mucho a la lengua y hablar de terceros, le dio la penitencia de subir al campanario y deshacer una almohada de plumas.
Después de obedecer esta primera parte de la penitencia, volvió con el Padre Neri, quien lo mandó luego a recoger todas las plumas. Obviamente el viento las había dispersado todas y por eso era imposible cumplir con la encomienda, porque el viento había dispersado las plumas por todos lados. San Felipe Neri le explicó que lo mismo pasaba con los comentarios que había externado sobre otras personas. Esas son las consecuencias del pecado.
Pero gracias a la virtud de los santos, tenemos otros ejemplos. Santo Domingo Savio, cuando había dos personas que estaban enemistadas, les hablaba bien a cada una de la otra persona. Eso es la caridad, eso es lograr la unidad que solamente se logra cuando vemos a Dios sobre todas las cosas y amamos al prójimo para el Cielo.
Que la Virgen Santísima nos ayude a amar como el Señor mismo nos ama. Que imitemos el ejemplo de los santos, que sigamos el testimonio de la corrección fraterna y que nuestro corazón de este mundo se parezca al de Cristo para tener el premio de los elegidos.






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