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La Comida del Alma

  • Un buen libro puede cambiar una inteligencia, sostener una vocación, esclarecer una duda, fortalecer una familia o acercar un alma a Dios.



Por P. Daniel Heenan, FSSP


Muchos santos nos hablan de la importancia de la buena lectura. Tener el hábito de leer cosas santas y enriquecedoras es importantísimo para nuestra vida espiritual y para nuestra formación cristiana. Y lo es aún más en nuestros tiempos, cuando tanta gente ha perdido la costumbre de leer y se limita a consumir videos, publicaciones y redes sociales. El alma que quiere llegar al cielo encontrará una gran ayuda si se propone cultivar el hábito de la buena lectura y procura escoger solamente aquello que realmente la enriquezca.


Decía san Antonio María Claret: «Son los libros la comida del alma… si la gente no tiene libros buenos, leerá malos».


En su Autobiografía, n.º 311, desarrolla esta comparación: así como la comida sana nutre y la venenosa perjudica, los buenos libros forman el entendimiento y el corazón, mientras que los malos corrompen las creencias y las costumbres.


También explica que el libro prolonga la predicación: puede entrar en una casa donde no llega el sacerdote, permanece allí disponible y nunca se cansa de repetir la verdad (Autobiografía, n.º 310). Por eso este santo obispo y gran evangelizador se dedicó incansablemente a promover y difundir buenos libros.


San Juan Bosco, en su apostolado entre los jóvenes, entendía la misma necesidad: «¡Cuántas almas se salvaron por los buenos libros; a cuántas preservaron de la corrupción y espolearon al bien!»


Podríamos multiplicar las citas de los santos.


San Josemaría Escrivá decía sencillamente: «La lectura ha hecho muchos santos». Y san Pío X: «Debemos contar los libros piadosos entre nuestros verdaderos amigos».


San Benito ordena en su Regla: «La ociosidad es enemiga del alma. Por eso, los hermanos deben ocuparse en determinados tiempos en el trabajo manual y, en otros, en la lectura divina».


La Regla de san Benito reserva cada día un tiempo determinado para la lectura precisamente porque ésta es un medio tan eficaz para alimentar la vida interior.


Es verdad que hoy podemos encontrar buen material también en audio o en video. Son medios útiles, y no hay que despreciarlos, pero no sustituyen del todo a la lectura. Leer exige una atención distinta. Nos obliga a detenernos, a pensar, a volver sobre una frase, a relacionar ideas y a meditar con mayor profundidad.


De esta experiencia nace también la antigua práctica monástica de la lectio divina: una lectura en la que la persona no se limita a recibir información, sino que lee, medita, ora y procura asimilar interiormente lo leído.


Por eso, quien toma en serio su santificación debería procurar dedicar regularmente tiempo a dos clases de lectura: la lectura espiritual y la lectura de estudio.


La lectura espiritual


La lectura espiritual se sirve de libros de devoción, tratados sobre la oración y la vida interior, la Sagrada Escritura, las vidas de los santos y otras obras que nos ayudan a conocer y amar más a Dios. Su finalidad no es simplemente enseñarnos cosas, sino dar alimento al alma y proporcionar materia para la oración.


San Josemaría Escrivá lo expresaba así: «En la lectura formo el depósito de combustible… de allí saca muchas veces mi memoria material que llena de vida mi oración».


San Alfonso María de Ligorio añade: «La lectura espiritual y la oración son las armas con las cuales se vence al infierno y se alcanza el paraíso».


Y san Francisco de Sales aconsejaba: «Tened siempre a mano algún buen libro de devoción y leed cada día una pequeña porción atentamente, como si leyeseis cartas que los santos os envían desde el cielo para enseñaros el camino y animaros a seguirlo».


No hace falta leer mucho. Hace falta leer bien. Unas pocas páginas que realmente alimenten la oración pueden hacer más bien que horas de consumo indiscriminado de información.


El estudio de la fe


Pero existe también otra clase de lectura que el católico no debería descuidar: el estudio de la fe y de aquellas materias que nos ayudan a comprender la verdad.


Somos criaturas racionales. Dios nos ha dado inteligencia, y una de las actividades más nobles del hombre es conocer la verdad. Sería lamentable emplear esta facultad casi exclusivamente en noticias, entretenimiento, polémicas, curiosidades y cosas triviales, mientras dedicamos muy poco esfuerzo a conocer las verdades más importantes acerca de Dios, del hombre, de la Iglesia y del fin para el cual hemos sido creados.


Cuando una sociedad pierde el hábito de la buena lectura, no pierde solamente una costumbre cultural, pierde poco a poco la capacidad de atención, de reflexión y de juicio. Nos hacemos intelectualmente más pobres, más superficiales y, por lo mismo, más fáciles de engañar.


La formación en la fe es especialmente necesaria en nuestros tiempos, cuando existe tanta confusión doctrinal. No basta con tener buenas intenciones ni con haber recibido una formación elemental en la infancia. El católico adulto tiene que seguir formando su inteligencia.


El P. François-Xavier Schouppe, S.J., lo resume magníficamente: «Cuanto más conoce uno su religión, más la ama y mejor la practica».


San John Henry Newman expresaba el mismo deseo: «Quiero un laicado inteligente y bien instruido». Y quería católicos «que conozcan su Credo tan bien que puedan dar razón de él».


Frank Sheed, en su libro Teología para todos formula de manera especialmente feliz esta necesidad: «Nunca podremos alcanzar el máximo amor de Dios con sólo un mínimo conocimiento de Dios». Y también: «La ignorancia no es una virtud». 


Porque: «Cada verdad que aprendemos acerca de Dios es una nueva razón para amarlo». Finalmente, el P. A.-D. Sertillanges, O.P., en su magnífico libro La vida intelectual, nos recuerda que el estudio, cuando está rectamente ordenado a la verdad, no es una actividad ajena a nuestra vida cristiana, sino que puede convertirse en una verdadera obra ofrecida a Dios: «El estudio es en sí mismo un oficio divino, un oficio divino indirecto».


Estudiar la verdad puede ser, por tanto, también una forma de dar gloria a Dios.


Un libro puesto en las manos correctas puede cambiar una inteligencia, sostener una vocación, esclarecer una duda, fortalecer una familia o acercar un alma a Dios.


 
 
 

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