Ni indiferencia ni modernismo, más bien vigilancia
- P. Jorge Hidalgo

- 4 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Mucha gente se mantiene indiferente a las cosas de Dios y exige que la Iglesia se modernice, pero el llamado a la conversión no es una cosa del pasado, hay que permanecer expectantes, porque Cristo volverá.

Por P. Jorge Hidalgo
El adviento tiene la connotación de la espera de Aquel que ha de venir y sabemos muy bien que hay dos venidas de Cristo:
La primera, que ya ocurrió en la plenitud de los tiempos, en la Navidad, y que fue una venida en la humildad de la carne, en la cual Nuestro Señor vino a tener misericordia para los pecadores; y su segunda venida al final de los tiempos, cuando vendrá en gloria y majestad. En esa segunda venida el Señor ya no va a venir como pastor a buscar la oveja perdida, sino que vendrá a darle a cada uno según sus obras, será una venida de justicia en la que ya no habrá tiempo para pedir perdón.
Por esta segunda venida es que debemos estar vigilantes, no caer en la indiferencia de las cosas que verdaderamente importan, como ocurrió en la época de Abraham y su sobrino Lot, que junto con su familia vivía en Sodoma y Gomorra, ciudades que fueron destruidas con el fuego que cayó del Cielo por el nefando pecado que merece el castigo del Cielo.
El final de los tiempos se parecerá a lo que se vivió en Sodoma y Gomorra, justamente porque prolifera el pecado contra la carne, la homosexualidad especialmente. Lamentablemente este pecado está siendo muy común y se está acentuando con el paso del tiempo, a pesar de ser una mentalidad que va en contra de lo que Dios ha establecido.
La misma indiferencia se vivió en tiempos de Noé. Él predicó sobre la conversión, pero la gente comía y bebía y no le hacía caso, ignoraban su llamado a hacer penitencia y quedaba a los ojos de ellos como una persona ridícula; sin embargo, vino el diluvio y murieron todos. Esto también nos recuerda que la Iglesia es el arca de la salvación, los Padres de la Iglesia hacían esta comparación entre el arca de Noé y la Iglesia, y de la misma forma que fuera de la barca de Noé no había salvación, de la misma forma fuera del arca de la Iglesia tampoco hay salvación, es exactamente lo mismo.
Por eso necesitamos estar siempre en la barca de la Iglesia y desde ella, como Noé, predicar a los demás para que se conviertan, porque aún pueden salvarse, aunque en este tiempo también mucha gente está en contra y permanecen indiferentes, porque el llamado les parece como de otra época.
Sumidos en la indiferencia, seguirán en lo suyo y se dedicarán a otra cosa, como ocurrió antes, tristemente así sigue siendo. No es que la gente sea mala, pero tiene otra prioridad. Les importa viajar, les importa estar todos los fines de semana en todas las canchas deportivas habidas y por haber; prefieren mirar horas de televisión, sentarse a ver series y pasar ahí las horas, al igual que perdidos en su celular mirando en las redes sociales todo tipo de contenidos y noticias que no abonan en nada a su alma.
Tienen tiempo para todo, pero no tienen tiempo para Dios, ni siquiera para cumplir el precepto de la Misa dominical, menos aún para confesarse, no tienen tiempo de rezar el Rosario. Para todas las otras cosas siempre encuentra el tiempo, pero nunca quieren reservar el tiempo para dedicarse a lo fundamental, a lo trascendente. Éste es el símbolo de la indiferencia de nuestra época, tiempo para todo menos para Dios.
Hagan una reflexión sobre su caso particular. A veces se excusan: no recé porque no tuve tiempo; pero, ¿cuántas horas tiene el día? No puede ser que no tengan tiempo de rezar. Lamentablemente somos hijos de nuestra época.
Esta es una de las características de esta época, la pereza espiritual de la gente a la que le causan tedio las cosas de Dios y por eso no rezan. Este problema nos influye porque somos hijos de esta época, por eso es muy importante afirmarnos en la expectación, en esta espera de Cristo que ha de venir.
Una Iglesia a su medida y conveniencia
Además, la gente quiere que la Iglesia se modernice, es ésta la frase que tristemente se suele escuchar por ahí. Como si la verdad cambiara con el paso del tiempo. Evidentemente, la verdad siempre es la verdad, nos guste o no. Los diez mandamientos son siempre los diez mandamientos y eso no tiene cambio, porque en Dios no hay cambio ni sombra de declinación, como dice la escritura.
Todo lo que cambia es símbolo de aquello que es caduco; pero la verdad de Dios permanece inmutable, al igual que la Iglesia, porque no tiene una verdad que esté sujeta a la moda de la época, al contrario, la Iglesia está en el tiempo, pero tiene la mirada de Dios, una mirada sobrenatural y por eso juzga todos los tiempos.
De esta forma, todas las Instituciones tarde o temprano se arruinan, los países caen. El Imperio Romano, por ejemplo, que duró entre 700 y 800 años, también pereció, así como tantos otros, pero la Iglesia sigue y debemos estar seguros de ello.
Vigilancia y estado de gracia
Si hay una palabra que debemos grabarnos en el fondo de nuestra alma en este Adviento, es la de la vigilancia. Permanecer despiertos, estar alertas, atentos a lo fundamental y no distraerse, no dejarse llevar por lo que haga la mayoría. Los que se duermen son los que andan de noche, dice San Pablo en esta lectura, refiriéndose a la maldad que se suele hacer de noche o si se hace a la luz del día, intenta ocultarse.
Nosotros, por el contrario, tenemos que estar expectantes, tenemos que estar despiertos, andar con la armadura de la luz porque Dios es luz y en Él, no hay tiniebla alguna, como dice San Juan en su primera carta. Debemos hacer lo contrario que la mayoría de la gente, porque cuando “se duerme” lo hace espiritualmente, se distrae y pierde el foco de lo fundamental, que es Dios Nuestro Señor.
El Señor ha de volver y esta espera exige que luchemos contra todo lo mundano, que luchemos contra el mundo porque es enemigo del alma, porque adormilarse, es descuidar las cosas espirituales, lo que tarde o temprano lleva a los pecados de la época de Noé o de la época de Lot.
No sabemos qué día nos va a llamar el Señor, por eso es importante pedirle su gracia para permanecer firmes, para permanecer en gracia, para no vivir postergando al día de mañana la confesión, para estar despiertos y no caer en tibieza o mediocridad. Que Nuestra Señora interceda por nosotros para mantenernos con los ojos abiertos, expectantes, como quien espera el regreso de su Señor.





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