top of page

El Nacimiento de Cristo, Causa de Nuestra Verdadera Alegría

Actualizado: 8 ene

«Puer natus in Bethlehem / Alleluia / Unde gaudet Jerusalem / Alleluia, alleluia.» («El Niño ha nacido en Belén, / Aleluya, / de donde se alegra Jerusalén, / Aleluya, aleluya.»)



Por P. Jorge Hidalgo


La causa de la verdadera alegría brota del Nacimiento del Redentor, pues «nihil enim nobis nasci profuit, nisi redimi profuisset» («Nada nos aprovecharía haber nacido, si no hubiéramos sido redimidos»), como canta el Pregón pascual. Por eso su Natividad es causa de que se alegre la nueva Jerusalén, que es la Iglesia Católica, única fundada por Nuestro Señor.


Al haber decretado desde toda la eternidad nuestra salvación, el Señor pudo habernos redimido de muchas formas. Sin embargo, quiso entrar en el tiempo Él mismo, y liberarnos por medio de su muerte cruenta en la cruz «ut, unde mors oriebatur, inde vita resurgeret: et, qui in ligno vincebat, in ligno quoque vinceretur: per Christum, Dominum nostrum» («para que, desde donde tuvo origen la muerte, desde allí resurgiera la vida; y el que venció en un árbol, sea en un árbol vencido; por Cristo, Señor nuestro»), como reza el prefacio de la santa Cruz, en la santa Misa.


De hecho, no hubo mejor forma para promovernos al bien que la Encarnación del Verbo. Pues dada la altitud de Dios, y nuestra propia bajeza, lo que ante todo necesitamos es la vida teologal.


Nada mejor, por ello, para suscitar la fe, que la Encarnación del Hijo de Dios, donde Él mismo nos habla. Por eso pudo decir que quien lo escucha a Él, al Padre que lo ha enviado es a quien oye. Él mismo cimentó la fe, en cada uno y en la Iglesia. Por ese don de la fe, nosotros creemos por la autoridad de Dios que se revela, y no simplemente porque nos parece. Por ello, en el mundo actual, inclinado a la apostasía, que cree tener fe porque acepta algunas verdades, pero rechaza otras; la venida del Redentor debe enseñar que tenemos que aceptar toda la Palabra de Dios, sin buscar un acomodamiento a este mundo. Nuestra fe exige la aceptación de todo lo revelado, tanto en el ámbito intelectual como moral. De este modo, si la Iglesia enseña que algo debe creerse y practicarse; así lo debemos hacer todos los buenos hijos de Dios y de la Iglesia.


Su Nacimiento consolida nuestra esperanza, para que no nos arraiguemos a las cosas de este mundo, sino que busquemos ante todo la Bienaventuranza eterna. Así, su manifestación terrena, despreciando lo temporal, nos enseña que el cristiano tiene como fin ante todo el Cielo. Y con ello confunde a aquellos que buscan ser solamente transformadores de este mundo; sobre todo a los sacerdotes que buscan ser asistentes sociales, y descuidan la predicación de las verdades eternas.


Su Encarnación debe inflamar nuestra caridad. Porque su amor fue totalmente desinteresado, de tal modo que «nam te non augent nostra praeconia, sed nobis proficiunt ad salutem» («pues nuestros elogios no te hacen crecer, sino que a nosotros nos aprovechan para la salvación»). Por lo tanto, la acción de la kénosis del Verbo fue totalmente obra de la misericordia de Dios, inmerecida por nosotros. Así se entiende cabalmente aquello del Evangelio de San Juan: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.» «Éramos enemigos de Dios, y fuimos reconciliados por la muerte de su Hijo", como explica el Apóstol. Si su gracia es tan libérrimamente generosa para con nosotros, así también nosotros debemos proceder según el consejo de San Benito: «Noli praeponere nihil amori Christi.» («No anteponer nada al amor de Cristo.»)


En cuarto lugar, el accionar de Cristo nos debe mover al buen comportamiento, dado que se ha ofrecido como ejemplo por nosotros. Como escribe Santo Tomás: «Nullum enim exemplum virtutis abest a cruce.» («Ningún ejemplo de virtud está ausente de la Cruz»). Allí tenemos ejemplos de caridad, de paciencia, de humildad, de desprecio de los bienes terrenos, etc. Todo ello es para darnos un modelo de cómo debe proceder un cristiano. Como dice San Agustín: «Omnia bona terrena contempsit homo Christus Iesus ut contemnenda monstraret.» («Jesucristo, en cuanto hombre, despreció todos los bienes terrenos, para enseñarnos como debemos despreciarlos.»). Por ello el amor de Cristo debe llevarnos a amar al prójimo, no porque nos caiga bien, sino solo por amor de Dios. Como dijeron los mártires de Barbastro a sus verdugos: «Os perdonamos con toda nuestra alma. Cuando estemos en el cielo, pediremos por vosotros.»


En quinto lugar, las acciones teándricas del Verbo Encarnado son necesarias para nosotros para que participemos de la naturaleza divina. Como dice el citado canto de Navidad: «Ut redderet nos homines / Deo et sibi similes / Alleluia.» («Para que nosotros, los hombres, / nos volvamos semejantes a Dios y a Sí mismo. / Aleluya»). Jamás comprenderemos adecuadamente el don de la gracia, y la elevación gratuita que nos ha dado al orden sobrenatural, que nos posibilita alcanzar la bienaventuranza. Gratuitamente la Bondad Divina, que máximamente es difusiva, nos ha elevado a que nuestras acciones sean sobrenaturales si están unidas por la gracia de Dios a su presencia sobrenatural. Ello nos posibilita crecer en méritos para el Cielo. Y, para ello, el Señor nos da un cúmulo de virtudes sobrenaturales, tales como las virtudes teologales, las virtudes morales infusas y los dones del Espíritu Santo; para que nuestro obrar no sea como los comunes mortales de este mundo, sino que vivamos siempre «con los pies en la tierra y el corazón en el Cielo,» en palabras de Don Bosco.


Además, la venida de Cristo en carne mortal es útil para nosotros para alejar el mal. En efecto, el hombre aprende a liberarse del demonio y a no venerar al autor del pecado. Jesucristo, como Médico divino, viene a curar al enfermo, y a sanarlo con su gracia. El demonio, por el contrario, es quien nos empuja a ofender a Dios nuestro Señor, y será quien nos acuse el día del juicio. Este ángel caído nos conoce muy bien: sabe perfectamente cuáles son nuestras debilidades. Intenta ingresar a nuestra alma en un momento de descuido. Mientras más intentemos crecer en la gracia de Dios, más envidia nos tendrá. Cristo, el Señor, nos enseña a vencerlo con el poder de la Sagrada Escritura y con la fuerza de su gracia.


En su Nacimiento, en segundo lugar, Cristo nos enseña la dignidad de la naturaleza humana, la cual fue aún más levantada por la gracia de Dios. El pecado nos degrada: nos hace peor que los animales. Como expresan los autores griegos: «zeopoíēsē ē dzōopoíēsē» («divinización o animalización»). Así también lo expresa Chesterton: «Quita lo sobrenatural, y no te queda lo natural, sino lo antinatural.» Esta degradación del hombre es la que se contempla hoy palpablemente, tanto en el individuo, como en la familia y en la sociedad. Al haber destronado a Cristo Rey es evidente la degradación de la naturaleza humana en todos aquellos ámbitos donde la ley de Cristo no es lo principal, hasta aprobar y fomentar lo más lascivo y dañino, incluso para los mismos que lo cometen.


En tercer lugar, el Nacimiento del Redentor nos recuerda que debemos destruir la presunción humana, porque la gracia de Dios nos es dada gratuitamente. Debemos esperar los auxilios de la misericordia divina. La verdadera esperanza es ancla que se afirma en los cielos, por intervención divina. La naturaleza humana, sin Dios, tiende constantemente a la autodestrucción. Esa es la explicación última de nuestra tendencia al pecado. Nada hay tan semejante a la nada que el pecado, pues nada nos aparta tanto de nuestro verdadero Fin como la mala elección de la creatura.


En cuarto lugar, el hombre debe liberarse de la soberbia humana, que es la raíz de todo mal. El gran pecado de Satanás fue el «non serviam» («no serviré»). Y este espíritu inmundo ha inspirado a Adán y a Eva a rebelarse contra Dios: «seréis como dioses». Desde entonces, es la tentación de toda la humanidad. Por ello el mito de Prometeo, que por sus propias fuerzas sube al Olimpo de los dioses, para robar el fuego divino. Fue el gran enemigo de San Agustín, Pelagio, quien sostenía que todo dependía de las fuerzas humanas, incluso la salvación. Es la gran tentación del mundo moderno: no por nada cerca del edificio de la ONU, en New York, está representado el mito de Prometeo. Es también la gran tentación de la mala teología actual: Rahner, por ejemplo, sostiene que «sabemos hoy que existe un cristianismo invisible, en que se encuentra realmente, bajo el efecto de la acción de Dios, la justificación de la gracia santificante.» De este modo la gracia salvaría a todos los hombres, incluso a aquellos que permanezcan como ateos. Son los llamados «cristianos anónimos». En todos estos casos, la tentación es la misma: «el hombre es la medida de todas las cosas», en expresión de Protágoras. Pero, en realidad, la soberbia del hombre lo empequeñece, y le impide que Dios le dé gratuitamente, por su misericordia, el don de su gracia. Frente a todos estos errores, nosotros «tenemos obligación y necesidad de trabajar para que el cristianismo sea visible y bien visible…, para el florecimiento de la salud moral y de la santidad en el mundo,» como escribió el P. Julio Meinvielle.


En quinto lugar, el Nacimiento del Redentor nos libra de la esclavitud. Pues «el que peca es esclavo del demonio,» como dice San Pablo. La naturaleza caída nos inclina fácilmente al mal, y a ser, por eso mismo, presa del demonio. La inteligencia de este enemigo oscuro es angélica (y, por ello, muy potente), pero su voluntad está desviada de su verdadero fin para siempre (y, por eso, su malicia). Más aún, nuestras malas elecciones nos ponen más a merced de sus tiranías. Por eso el hombre no tenía salvación posible. Solo el Redentor, que ha quitado los pecados del mundo y los ha cargado sobre Sí (es lo que expresa el verbo griego hairō y el verbo latino tollo), tenía la facultad de pagar, «Uno por todos», como dice la Escritura.


Concluye Santo Tomás: «Sunt autem et aliae plurimae utilitates quae consecutae sunt, supra comprehensionem sensus humani.» («Hay todavía también muchos otros beneficios que nos ha concedido [la Encarnación], pero están más allá de la comprehensión del sentido humano.»)


«In hoc natali gaudio / Benedicamus Domino / Alleluia. Laudetur sancta Trinitas / Deo dicamus gratias / Alleluia.» («En este nacimiento gozoso / bendigamos al Señor. / Aleluya. Que la Santa Trinidad sea alabada / digamos gracias a Dios. / Aleluya.»)


 
 
 

Comentarios


Las fotos e imágenes contenidas en este medio digital son tomadas de internet, consideradas de dominio público.

Si es el deseo de los propietarios retirarlas de éste sitio web, favor de ponerse en contacto con nosotros para que las imágenes sean retiradas.

  • Instagram
  • Facebook
  • X
  • Youtube
  • TikTok
Adveniat-blanco_edited.png
bottom of page