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La Naturaleza Caída 


¿Por qué no haces el bien que quieres? ¿Por qué conoces el catecismo y sigues con los mismos defectos? ¿Te gobiernan tu voluntad y tus pasiones? Todo tiene una solución: Crecer en virtudes.



Por P. Jorge Hidalgo


Cuando uno habla del hombre a lo largo de la historia, desde la Creación hasta la Parusía, podemos señalar tres estados de la naturaleza humana:


  1. El primero se remonta a Adán y Eva antes del pecado original, la Iglesia lo llama: el estado de justicia original.


  1. El siguiente se refiere a todos los hombres después del pecado original de Adán y Eva, hasta que Jesús vuelva. Es el estado de naturaleza caída.


  1. El último es el estado del hombre que ha caído por el pecado original, pero que ha sido regenerado en Cristo. Es el estado de naturaleza caída pero reparada ayudada por la gracia de Dios.


Hay otros estados, pero son puramente teóricos, aunque podrían ser posibles.


Del que nos ocuparemos en esta reflexión es del segundo estado, la naturaleza caída. San Pablo en la Carta a los Romanos dice esta frase: no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. ¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué estamos inclinados al mal si sabemos lo que está bien y lo que está mal? ¿Cuál es el problema o cuál es el motivo más profundo? ¿Por qué al hombre no le basta solamente con conocer el bien y la verdad y sigue metiendo la pata? ¿Cuál es el tema?


Para que entendamos cuál es el tema del pecado original tenemos que distinguir primero dos cosas. Una cosa es el pecado original que cometieron Adán y Eva, que fue un pecado no sólo mortal, terriblemente mortal por decir así, porque inclinaron al género humano hacia el mal y desobedecieron un precepto expreso de Dios. Ese pecado se llama pecado original originante, porque le dio origen a todos los que vienen después. Ese pecado recayó en todos los hombres excepto en Jesucristo y la Santísima Virgen que no lo tuvieron, todos los demás seres humanos sí lo recibimos y es el que nos inclina al mal e incluso nos privaría de la visión beatífica. En todos los demás hombres se llama pecado original originado.


El segundo punto por resaltar es que el pecado original causa un defecto y para poder comprenderlo debemos conocer, aunque sea brevemente, cuáles son las potencias o las facultades del hombre.


Potencias heridas


El hombre tiene muchas capacidades porque así Dios lo hizo. Tenemos capacidades de los sentidos externos e internos, de estos últimos, por cierto, poco se habla; están también las pasiones o los sentimientos y finalmente la inteligencia y la voluntad. 


De todas esas facultades que tenemos, algunas están ordenadas a una única función y no necesitan ninguna virtud para obrar bien, es el caso, por ejemplo, del ojo o los oídos, que nos sirven exclusivamente para ver o escuchar, estas dos facultades no fueron deformadas por el pecado original y por ello no merecen virtudes; en cambio hay otras potencias que sí, que se prestan para que el hombre pueda elegir el bien o el mal y por eso, esas facultades sí merecen virtudes.


Esas cuatro facultades capaces de recibir virtudes (y, por ende, que han recibido las heridas del pecado original), son la inteligencia, la voluntad, el concupiscible y el irascible. Las dos potencias finales son las pasiones, simples y complejas, respectivamente.


La inteligencia, la voluntad y las pasiones o sentimientos, son las potencias que han quedado heridas por el pecado original y por eso son capaces de hacer el bien o el mal. Ahora la inteligencia no busca solamente la verdad, sino que a veces se mezcla con el error o con la ignorancia, a veces culpable. 


La voluntad ya no busca solamente el bien, sino que quiere algunas cosas que tienen apariencia de bien, aunque eso muchas veces es un mal. Por su parte, las pasiones se rebelan contra la inteligencia, por eso el hombre prefiere el placer desenfrenado, le tiene aversión al dolor, cae en la ira o en demás cosas contrarias a Dios.


Así se nota que son cuatro las potencias heridas: inteligencia, voluntad, irascible y concupiscible. Y que, para ser mejor gobernadas hacia el bien, necesitamos en el orden natural cuatro virtudes: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que perfeccionan respectivamente a las facultades antes mencionadas.


La confusión 


Alguna persona puede decir que conoce todo con su inteligencia. Sabe el catecismo pero sigue luchando con las mismas cosas. ¿Cuál es el problema? El pecado original. Y es muy importante saberlo porque hay muchos errores detrás de ello.

 

Por ejemplo, en el mundo moderno, en que se dice querer alcanzar la paz o la concordia, pero sin Dios; es un mundo que tiene un sustrato común que es el liberalismo, que es un pecado y peor que eso, es una herejía porque el liberalismo es naturalismo. El naturalismo piensa que el hombre puede ser bueno con sus solas fuerzas. Se cree, por ejemplo, que se puede alcanzar la paz con un tratado o con cualquier cosa y por supuesto eso no es así, jamás va a existir la verdadera paz porque la paz interior es fundamental para conservar la paz exterior.


El liberalismo dice: “la Iglesia a la Sacristía, que se encierren allá los que creen en Dios, y acá nos gobernamos por la Constitución, y acá nos gobernamos con la ONU, o con qué sé yo qué otro organismo internacional”, y lo que es peor es que son cosas que cultural o socialmente son aceptadas por el mundo. El problema es que se ha quitado a Dios de en medio. Y si Cristo no reina, todo lo demás se desordena.


Esto es por el mismo pecado original, porque inclina al mal al hombre, pero no sólo en su vida privada, en su persona, cuando está solo; sino cuando está con su familia, en el trabajo, en la escuela, al ejercer un cargo político, le inclina al mal en todos los lugares y por eso el pecado original repercute en la vida social. Entonces si yo creo que puedo ser bueno solamente con cosas humanas y sin la ayuda de Dios, me he olvidado de que existe el pecado original.


El naturalismo, por eso, niega la existencia y las consecuencias del pecado original.

 

El engaño de Lutero y la gracia de Dios


Hay otro error respecto del pecado original. Es creer que la naturaleza humana está totalmente corrompida. Fue el error de Lutero.


Para Lutero, el hombre es como un muerto y la gracia es como una vestidura que lo cubre todo, pero el hombre sigue estando muerto. En realidad, su problema era su propia conciencia y como era muy escrupuloso, para quitarse el problema de su propia conciencia inventó una doctrina para autojustificarse.


Decía que la naturaleza del hombre está podrida y que el hombre ya no tiene posibilidad de ser regenerado naturalmente hablando. Tenía un concepto malo, peyorativo de la naturaleza humana, de la razón, de la voluntad. Pero eso no es lo que la Iglesia enseña, sino por el contrario, la Iglesia siempre enseñó que la naturaleza del hombre está desordenada, pero no podrida y que la gracia de Dios, que nos da el santo bautismo, tiene dos funciones: la sanante y la elevante.


La sanante es la gracia de Dios que nos sana interiormente para que seamos capaces de luchar contra nuestras pasiones y ordenarlas; para que se sometan a mi voluntad, para que mi inteligencia gobierne la voluntad y para que mi inteligencia se someta al querer de Dios. Eso se llama conversión.


La elevante se refiere a que la menor gracia nos hace incluso participar de la naturaleza divina, que es lo que explica San Pedro sobre la gracia de Dios en su segunda carta, la gracia nos hace a nosotros partícipes de la naturaleza divina. En definitiva, nos hace amigos de Dios. La gracia hace que la mínima acción que nosotros hagamos tenga premio en la eternidad, lo que se define como mérito y que es imposible de obtener sin la función elevante que hace la gracia de Dios, sin la sobrenaturaleza que nos da ser amigos de Jesucristo. Por esta razón queda en evidencia que la doctrina católica es plenamente coherente y que todas las demás -como el luteranismo y el pelagianismo- son herejías.


Perseverar para crecer en virtud


La única forma de ordenarse interiormente y de luchar contra el pecado original es con la gracia de Dios, que no es solamente para mí solo, sino que también es para mi familia y para la sociedad. Para ordenarse es necesario luchar contra sí mismo para crecer en las virtudes, lo cual no es tan fácil de alcanzar. 


Es decir que de un día para otro no seremos orantes, pacientes o misericordiosos por nuestros defectos, por eso es muy importante el antiguo axioma de conocerse a sí mismo para saber qué es lo que nos inclina al mal, cuál es nuestro defecto y qué cosas nos apartan de Dios.


Para ello es importante frecuentar seguido los sacramentos, incluyendo la confesión, aunque nuestros pecados sean los mismos, porque necesitamos la gracia de Dios para renovarnos, para que Dios nos ayude a sanar las heridas del pecado original, para obrar como Cristo quiere y luchar por agradarlo.


De hecho, hay que dar gracias a Dios por el sacramento del Bautismo, que nos hace hijos de Dios y nos libra de la condenación eterna, porque el salario del pecado es la muerte, como dice San Pablo; y pedirle a la Santísima Virgen, que es Inmaculada porque no tuvo el pecado original, que nos ayude perseverar en nuestra lucha contra las heridas del pecado original para poder ordenarnos interiormente y actuar en todo según el querer de Dios.

 
 
 

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