La Naturaleza CaĆdaĀ
- P. Jorge Hidalgo
- 15 ene
- 6 Min. de lectura
¿Por qué no haces el bien que quieres? ¿Por qué conoces el catecismo y sigues con los mismos defectos? ¿Te gobiernan tu voluntad y tus pasiones? Todo tiene una solución: Crecer en virtudes.

Por P. Jorge Hidalgo
Cuando uno habla del hombre a lo largo de la historia, desde la Creación hasta la ParusĆa, podemos seƱalar tres estados de la naturaleza humana:
El primero se remonta a AdƔn y Eva antes del pecado original, la Iglesia lo llama: el estado de justicia original.
El siguiente se refiere a todos los hombres despuĆ©s del pecado original de AdĆ”n y Eva, hasta que JesĆŗs vuelva. Es el estado de naturaleza caĆda.
El Ćŗltimo es el estado del hombre que ha caĆdo por el pecado original, pero que ha sido regenerado en Cristo. Es el estado de naturaleza caĆda pero reparada ayudada por la gracia de Dios.
Hay otros estados, pero son puramente teóricos, aunque podrĆan ser posibles.
Del que nos ocuparemos en esta reflexión es del segundo estado, la naturaleza caĆda. San Pablo en la Carta a los Romanos dice esta frase: no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. ĀæPor quĆ© nos pasa esto? ĀæPor quĆ© estamos inclinados al mal si sabemos lo que estĆ” bien y lo que estĆ” mal? ĀæCuĆ”l es el problema o cuĆ”l es el motivo mĆ”s profundo? ĀæPor quĆ© al hombre no le basta solamente con conocer el bien y la verdad y sigue metiendo la pata? ĀæCuĆ”l es el tema?
Para que entendamos cuĆ”l es el tema del pecado original tenemos que distinguir primero dos cosas. Una cosa es el pecado original que cometieron AdĆ”n y Eva, que fue un pecado no sólo mortal, terriblemente mortal por decir asĆ, porque inclinaron al gĆ©nero humano hacia el mal y desobedecieron un precepto expreso de Dios. Ese pecado se llama pecado original originante, porque le dio origen a todos los que vienen despuĆ©s. Ese pecado recayó en todos los hombres excepto en Jesucristo y la SantĆsima Virgen que no lo tuvieron, todos los demĆ”s seres humanos sĆ lo recibimos y es el que nos inclina al mal e incluso nos privarĆa de la visión beatĆfica. En todos los demĆ”s hombres se llama pecado original originado.
El segundo punto por resaltar es que el pecado original causa un defecto y para poder comprenderlo debemos conocer, aunque sea brevemente, cuƔles son las potencias o las facultades del hombre.
Potencias heridas
El hombre tiene muchas capacidades porque asĆ Dios lo hizo. Tenemos capacidades de los sentidos externos e internos, de estos Ćŗltimos, por cierto, poco se habla; estĆ”n tambiĆ©n las pasiones o los sentimientos y finalmente la inteligencia y la voluntad.Ā
De todas esas facultades que tenemos, algunas estĆ”n ordenadas a una Ćŗnica función y no necesitan ninguna virtud para obrar bien, es el caso, por ejemplo, del ojo o los oĆdos, que nos sirven exclusivamente para ver o escuchar, estas dos facultades no fueron deformadas por el pecado original y por ello no merecen virtudes; en cambio hay otras potencias que sĆ, que se prestan para que el hombre pueda elegir el bien o el mal y por eso, esas facultades sĆ merecen virtudes.
Esas cuatro facultades capaces de recibir virtudes (y, por ende, que han recibido las heridas del pecado original), son la inteligencia, la voluntad, el concupiscible y el irascible. Las dos potencias finales son las pasiones, simples y complejas, respectivamente.
La inteligencia, la voluntad y las pasiones o sentimientos, son las potencias que han quedado heridas por el pecado original y por eso son capaces de hacer el bien o el mal. Ahora la inteligencia no busca solamente la verdad, sino que a veces se mezcla con el error o con la ignorancia, a veces culpable.Ā
La voluntad ya no busca solamente el bien, sino que quiere algunas cosas que tienen apariencia de bien, aunque eso muchas veces es un mal. Por su parte, las pasiones se rebelan contra la inteligencia, por eso el hombre prefiere el placer desenfrenado, le tiene aversión al dolor, cae en la ira o en demÔs cosas contrarias a Dios.
AsĆ se nota que son cuatro las potencias heridas: inteligencia, voluntad, irascible y concupiscible. Y que, para ser mejor gobernadas hacia el bien, necesitamos en el orden natural cuatro virtudes: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, que perfeccionan respectivamente a las facultades antes mencionadas.
La confusiónĀ
Alguna persona puede decir que conoce todo con su inteligencia. Sabe el catecismo pero sigue luchando con las mismas cosas. ¿CuÔl es el problema? El pecado original. Y es muy importante saberlo porque hay muchos errores detrÔs de ello.
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Por ejemplo, en el mundo moderno, en que se dice querer alcanzar la paz o la concordia, pero sin Dios; es un mundo que tiene un sustrato comĆŗn que es el liberalismo, que es un pecado y peor que eso, es una herejĆa porque el liberalismo es naturalismo. El naturalismo piensa que el hombre puede ser bueno con sus solas fuerzas. Se cree, por ejemplo, que se puede alcanzar la paz con un tratado o con cualquier cosa y por supuesto eso no es asĆ, jamĆ”s va a existir la verdadera paz porque la paz interior es fundamental para conservar la paz exterior.
El liberalismo dice: āla Iglesia a la SacristĆa, que se encierren allĆ” los que creen en Dios, y acĆ” nos gobernamos por la Constitución, y acĆ” nos gobernamos con la ONU, o con quĆ© sĆ© yo quĆ© otro organismo internacionalā, y lo que es peor es que son cosas que cultural o socialmente son aceptadas por el mundo. El problema es que se ha quitado a Dios de en medio. Y si Cristo no reina, todo lo demĆ”s se desordena.
Esto es por el mismo pecado original, porque inclina al mal al hombre, pero no sólo en su vida privada, en su persona, cuando estĆ” solo; sino cuando estĆ” con su familia, en el trabajo, en la escuela, al ejercer un cargo polĆtico, le inclina al mal en todos los lugares y por eso el pecado original repercute en la vida social. Entonces si yo creo que puedo ser bueno solamente con cosas humanas y sin la ayuda de Dios, me he olvidado de que existe el pecado original.
El naturalismo, por eso, niega la existencia y las consecuencias del pecado original.
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El engaƱo de Lutero y la gracia de Dios
Hay otro error respecto del pecado original. Es creer que la naturaleza humana estĆ” totalmente corrompida. Fue el error de Lutero.
Para Lutero, el hombre es como un muerto y la gracia es como una vestidura que lo cubre todo, pero el hombre sigue estando muerto. En realidad, su problema era su propia conciencia y como era muy escrupuloso, para quitarse el problema de su propia conciencia inventó una doctrina para autojustificarse.
DecĆa que la naturaleza del hombre estĆ” podrida y que el hombre ya no tiene posibilidad de ser regenerado naturalmente hablando. TenĆa un concepto malo, peyorativo de la naturaleza humana, de la razón, de la voluntad. Pero eso no es lo que la Iglesia enseƱa, sino por el contrario, la Iglesia siempre enseñó que la naturaleza del hombre estĆ” desordenada, pero no podrida y que la gracia de Dios, que nos da el santo bautismo, tiene dos funciones: la sanante y la elevante.
La sanante es la gracia de Dios que nos sana interiormente para que seamos capaces de luchar contra nuestras pasiones y ordenarlas; para que se sometan a mi voluntad, para que mi inteligencia gobierne la voluntad y para que mi inteligencia se someta al querer de Dios. Eso se llama conversión.
La elevante se refiere a que la menor gracia nos hace incluso participar de la naturaleza divina, que es lo que explica San Pedro sobre la gracia de Dios en su segunda carta, la gracia nos hace a nosotros partĆcipes de la naturaleza divina. En definitiva, nos hace amigos de Dios. La gracia hace que la mĆnima acción que nosotros hagamos tenga premio en la eternidad, lo que se define como mĆ©rito y que es imposible de obtener sin la función elevante que hace la gracia de Dios, sin la sobrenaturaleza que nos da ser amigos de Jesucristo. Por esta razón queda en evidencia que la doctrina católica es plenamente coherente y que todas las demĆ”s -como el luteranismo y el pelagianismo- son herejĆas.
Perseverar para crecer en virtud
La Ćŗnica forma de ordenarse interiormente y de luchar contra el pecado original es con la gracia de Dios, que no es solamente para mĆ solo, sino que tambiĆ©n es para mi familia y para la sociedad. Para ordenarse es necesario luchar contra sĆ mismo para crecer en las virtudes, lo cual no es tan fĆ”cil de alcanzar.Ā
Es decir que de un dĆa para otro no seremos orantes, pacientes o misericordiosos por nuestros defectos, por eso es muy importante el antiguo axioma de conocerse a sĆ mismo para saber quĆ© es lo que nos inclina al mal, cuĆ”l es nuestro defecto y quĆ© cosas nos apartan de Dios.
Para ello es importante frecuentar seguido los sacramentos, incluyendo la confesión, aunque nuestros pecados sean los mismos, porque necesitamos la gracia de Dios para renovarnos, para que Dios nos ayude a sanar las heridas del pecado original, para obrar como Cristo quiere y luchar por agradarlo.
De hecho, hay que dar gracias a Dios por el sacramento del Bautismo, que nos hace hijos de Dios y nos libra de la condenación eterna, porque el salario del pecado es la muerte, como dice San Pablo; y pedirle a la SantĆsima Virgen, que es Inmaculada porque no tuvo el pecado original, que nos ayude perseverar en nuestra lucha contra las heridas del pecado original para poder ordenarnos interiormente y actuar en todo segĆŗn el querer de Dios.

