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Ni a los Malos les Gustan los Tibios 

La situación actual exige tomar partido, o con Cristo o contra Él, aunque implique seguirlo al Calvario, pero la tibieza no es tolerada ni por los mismos perseguidores de Cristo.



Por P. Jorge Hidalgo


Si hay una verdad que ha sido desdibujada en este mundo, es la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. Evidentemente no se puede negar porque Jesucristo es Dios y todas las criaturas tienen que estar sometidas a Él, pero esta verdad es difusa por la mala teología del momento que piensa que hoy hay otros criterios y otros valores para manejarse en la sociedad.


Algunos teólogos malos dicen que Jesucristo inspiró la ley de los Estados en algún momento, pero ya no (así lo denuncia el Papa León XIII en el no. 9 de su encíclica Immortale Dei), ahora -proclaman- “tenemos el valor de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad”.


Esos en realidad no son valores, porque la libertad fuera de Cristo es justamente la libertad de Satanás, que dijo “no serviré”; la fraternidad, si no es la que nos da el santo bautismo que nos hace a todos hermanos en Cristo, entonces no es una verdadera hermandad.


Por último, respecto a la igualdad, todos los hombres tenemos la igualdad de la naturaleza humana, pero la naturaleza humana también distingue. No es lo mismo el papá que el hijo, no es lo mismo el sabio que el ignorante, no es lo mismo el virtuoso que el vicioso. Entonces la misma naturaleza también establece una distinción.


Es la masonería la que difunde esa triple falacia de igualdad, libertad y fraternidad, “valores” con los que inspiraron la revolución francesa, con un cliché aparentemente bueno, pero que es falaz como todas las mentiras del diablo, y con ello destronaron a Cristo, dejó de ser el fin último de la sociedad, el motivo por el cual vivir.


Por esa situación se acabó el reino de mil años, como lo explica el Padre Julio Meinvielle, que fue desde la coronación de Carlomagno en el año 800, a la revolución francesa que fue en 1793. Se puede decir que entonces han querido acabar con el reinado social de Cristo e inició el periodo de apostasía. Si bien el protestantismo, con Lutero, empezó antes, el proceso de apostasía se llevó a la sociedad con los valores anticristianos que promovió la masonería en el siglo XVIII. Estos supuestos valores aportan un criterio distinto de los diez mandamientos y eso fue el liberalismo primero y después el comunismo. Se cumplió así la profecía del Salmo 2: “Las naciones conspiran contra el Señor y su Mesías.”

 

El comunismo, destructor de la cristiandad


Pero el comunismo fue peor todavía, porque quiso hacer la última degradación del ser humano, quiso hacer del Estado un Estado anticatólico que luche contra Dios, que no lo reconozca.


Está el caso, por ejemplo, del presidente de Ecuador, Gabriel García Moreno, que fue asesinado por la masonería hace 150 años. Otro caso ocurrió en Francia, en donde los vendeanos fueron masacrados porque se levantaron por Dios y por el rey, pero la masonería quería matar al rey porque defendía la fe católica, así que también liquidaron a sus partidarios.


Están los mártires por la causa de Cristo en Argentina,  como es el caso de Jordán Bruno Genta, Carlos Alberto Sacheri, el coronel Argentino del Valle Larrabure, que está por ser elevado a los altares y otros tantos ejemplos.


El libro negro del comunismo dice que el comunismo produjo 100 millones de muertos, pero ya se queda corto porque el comunismo evidentemente fue una plaga, una peste. Basta recordar la guerra civil española, el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles en México.


De hecho, el pasado 23 de noviembre, se celebró la memoria del Padre Agustín Pro, mártir mexicano. ¿Cuál fue el delito del Sacerdote? Celebrar la Misa y los Sacramentos, haber atendido espiritualmente a los fieles a pesar de la prohibición de Calles. Cuando fue fusilado, el Sacerdote pidió rezar por sus enemigos, abrió las manos y murió con los brazos en cruz sosteniendo en una mano un crucifijo y en la otra el santo rosario.

 

“Las leyes o las balas”


Con la rebelión contra la ley de Dios se cumple aquello que dice San Agustín en Civitate Dei: Dos amores hicieron dos ciudades. El amor de Dios edificó la ciudad de Dios hasta el desprecio de sí y el amor de sí edificó la ciudad del hombre hasta el desprecio de Dios.


Se trata, definitivamente, de dos cosmovisiones opuestas, dos miradas tan distintas que se terminan enfrentando. Y eso es lo que ha pasado, porque el liberalismo ha perseguido a muerte a todos aquellos que blandían la bandera por Cristo Rey. Nos ha enfrentado a muerte.


Cristo mismo ha dicho, el que no está conmigo está contra mí y el que no recoge desparrama. No existe una tercera posición. Es imperativo darnos cuenta que no existe la tibieza, no existe la mediocridad, que no es posible buscar una tercera posición, o se está o no se está con Cristo.


Esa tercera posición que no existe, la inventó la teología progresista a través del pensamiento de Jacques Maritain e Yves Marie-Joseph Congar, y es también promovida en la actualidad incluso por algunos cardenales de la Iglesia católica, como por ejemplo Jozef de Kesel, presidente de la Conferencia Episcopal de Bélgica; y Matteo Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, entre tantos otros.


Porque, ¿qué tercera posición había en México? O morías asesinado por querer participar de los sacramentos o traicionabas a Dios. Se lo dijo el mismo presidente Calles a los Obispos: Tienen dos opciones, o leyes o balas. Los mismos enemigos dicen así, “o leyes o balas”. Las leyes eran anticatólicas y si las atendías te quedabas sin los sacramentos, si estabas en contra de ellas, era la bala. No había otra opción, dicho por ellos mismos, los enemigos de Cristo están de acuerdo con Él, no hay términos medios.


Si uno quiere servir a Dios y quiere seguir a Cristo, no vale la tibieza, no vale la mediocridad y no vale decir hoy no tengo ganas, hoy quiero tranzar con este o con aquel. La única opción para nosotros es seguir a Nuestro Señor Jesucristo a donde Él quiera que vaya. Cristo tiene en este mundo una corona de espinas y en el otro mundo una corona de gloria.

 

Cristo es Rey


Esta verdad que es tan odiada por algunos fue proclamada e instituida como fiesta litúrgica en la encíclica Quas Primas por el Papa Pio XI hace 100 años, cuando además se celebraba un centenario más del primer concilio ecuménico, el concilio de Nicea, en el cual se declaró a Jesucristo como verdadero Dios.


Jesucristo es Rey porque es Dios, es la segunda persona de la Santísima Trinidad y cuanto Dios, todo le está sometido. Además, Jesucristo es Rey en cuanto Hombre, porque su naturaleza humana está unida a la naturaleza divina y se forma una sola hipóstasis o persona, y todo le está sometido a su imperio.


Pero además Jesucristo es Rey porque nos ha comprado para Dios a precio de su Sangre. Antes, el demonio tenía sometido a sí mismo a todo el género humano a causa del pecado original, pero Cristo se manifestó en este mundo para vencerlo y nos redimió por su Sangre preciosa, con lo cual, a precio de su Sangre nos compró para Dios, por lo que le pertenecemos por derecho de conquista.


Todo hombre es de Dios y todos los hombres son de Dios y esto quiere decir que no solamente la vida privada está sometida a Dios, sino también la vida pública porque si Dios es el fin del hombre -es decir que no vivimos ni para el dinero, ni para el poder, el placer o cualquier otra cosa del mundo, sino sólo para Dios- todo mi fin está en Dios y también lo que hago en mi relación con los demás. Dicho de otra manera, si la ética tiene tres formas, como decía Aristóteles, la ética individual, la ética familiar y la ética política, las tres tienen como fin a Dios, y si las tres tienen como fin a Dios, el único Salvador es Jesucristo, Él es el único que nos da su gracia para salvarnos, para redimirnos, para llegar al Cielo y solo en Él encontramos la salvación eterna, no hay otro nombre dado a los hombres por el cual debamos salvarnos.


Por todo esto, Cristo es Rey y el que se oponga, que se atenga a la sentencia dicha por el mismo Cristo en el Santo Evangelio (Lc 19, 27):


A todos los enemigos que no me han querido como Rey traedlos aquí y matadlos en mi presencia.


En este mundo Cristo viene con misericordia, pero su otra venida será de justicia, por eso si nosotros libremente no nos sometemos en este mundo a su imperio de la verdad, de la gracia y de la confesión, viviendo como Él quiere, consagrando nuestra familia al Corazón de Jesús y cumpliendo los mandamientos, entonces en la otra vida nos someteremos a su trono de justicia, bajo el que estarán los impíos.


La gracia que debemos pedir a la Santísima Virgen María es la de ser siempre fieles y no dejarnos contagiar por la tibieza del mundo, sino que aunque todos lo abandonen, nosotros lo sigamos aunque sea el Viernes Santo, a la Cruz. Que Ella, que es la Corredentora, nos conceda estas gracias e interceda por nosotros porque quien muere con Cristo, con Él vence para siempre.


 
 
 

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