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María Luján: Guerrera de la Vida

hace 10 minutos
4 min de lectura

“Los que no creen no saben lo que se pierden”, repite Guido, quien junto con su esposa Marianela, dieron la batalla a los sicarios de la anticultura de la muerte.


Por P. Christian Viña


Dios nos viene regalando en María Luján -una bebé nacida el pasado 26 de junio, en la memoria litúrgica de San Josemaría Escrivá de Balaguer- una caricia extraordinaria de su Omnipotencia.


Durante su gestación, sus padres, Guido y Marianela, conocieron de boca de los médicos que la niña, en caso de que pudiera nacer, lo haría con graves enfermedades; que desembocarían en su inexorable muerte instantes o, a más tardar, horas o días después.

 

No fue, por lo tanto, un embarazo fácil. Los padres mostraron durante este periodo hasta dónde llega una fe robusta, con un fundamento moral no negociable. Y allí tuvieron, precisamente, una de las más dolorosas batallas porque el globalismo antinatalista ve a los niños por nacer, no como una bendición sino como una maldición y se vale, para ello, de ejecutores bien retribuidos en dinero e ideológicamente formateados. Hay que estar muy firmes para resistir el embate porque no se quedan cortos en su crueldad.


Sutiles o claras propuestas para interrumpir el embarazo (o sea, para abortar) surgieron, incluso, de ginecólogos y obstetras “reconocidos”. Guido debió hacerse violencia, en más de una ocasión para no terminar a las trompadas con matarifes de “prestigiosos” consultorios. Y, con todo lo que ello implica, consultar, una y otra vez, sobre la marcha, con distintos profesionales. Hasta que, gracias a Dios, lograron dar con un médico provida; quien, de ningún modo, dictaría una sentencia de asesinato.


La posibilidad cierta de que María Luján muriese poco después del parto llevó a sus padres a convocar al padre Sebastián Clavel, un joven y muy prometedor sacerdote del Instituto Cristo Rey, con casi dos años de ordenado, a que la bautizara y confirmara inmediatamente después del nacimiento. Lágrimas abundantes corrieron por los jóvenes padres y en el también joven religioso, ante la felicidad por el deber cumplido. El angelito rosarino ya tenía ciudadanía del Cielo.


Minuto a minuto, desde aquel día, María Luján, junto a sus queridos padres, pelea la vida; en un ida y vuelta de progresos y retrocesos. Con delicadeza y profesionalismo fue atendida, durante poco más de dos meses, en una sala de neonatología de Rosario. Y allí pude conocerla, junto al padre Diego Crisafulli, también del Instituto Cristo Rey; en una fría tarde del invierno que despedimos hace días. Y, como ocurre siempre en estos casos, ambos curas bendijimos a todos los bebés en sus incubadoras y hasta llegamos a bautizar a algunos in extremis.

 

El Señor nos pone todo el tiempo en el camino de los más necesitados. Esas circunstancias, como tantas otras, nos permiten agradecerle su Providencia. Y a multiplicar nuestras oraciones (¡porque tanto los necesitamos!) para que el Buen Pastor nos mande muchos y santos sacerdotes.


Vimos en “neo”, médicos y enfermeros de fe profunda y coraje claro. Y vimos, también, el sufrimiento de Guido, Marianela y otros padres que, en circunstancias como estas, deben luchar contra las obras sociales, la burocracia, y la máquina de fabricar obstáculos, para que triunfe la Vida. Así está la sociedad que “supimos conseguir”.


Para no concebir una criatura o para abortar, están todas las facilidades, hasta píldoras a domicilio con la rapidez del “llame ya”. Pero para defender las vidas más vulnerables, todas son trabas, restricciones, desprecios y cuestionamientos varios.

 

Los “empoderados” de turno, con su funesto “derecho a elegir” sobre las vidas de otros, claro está, no soportan que se elija la vida de hijo y madre. Porque conviene reiterarlo: en cada aborto hay dos sepulturas, la del niño por nacer y la de su madre. Porque ésta, en caso de sobrevivir, cae también bajo la pesada loza de un crimen que jamás se perdona a sí misma. Pero, claro, todos los que la llevaron a ello nunca se harán cargo del “síndrome posaborto”; que se arrastra, sin cura, de por vida.


El lunes 31 de agosto, en la memoria de San Ramón Nonato, patrono de las embarazadas, María Luján fue dada de alta del hospital y partió a su hogar, con “internación domiciliaria”. Y allí la aguardaba su hermanito Bautista quien, al igual que el Precursor, ante la proximidad del también por entonces niño por nacer, Jesús, saltó de alegría (Lc 1, 44). Como en Ain Karim, en las afueras de Jerusalén, hace dos mil años, todo fue felicidad en la casa de Roldán.

 

Y allí la pequeña guerrera de la vida, en los inmejorables brazos de Cristo Rey y de María Reina sigue dando la batalla, a cada instante. Sobrevivió, por de pronto, a lo que se consideraba inexorable y a los sicarios de la anticultura de la muerte.

 

María ha logrado también, que sus padres, se consoliden como católicos practicantes; sin descuentos, ni tibiezas. Supieron escuchar, gracias a Dios, la Voz del Señor (Sal 94, 7); y no se dejaron seducir por las trampas del mundo, el demonio y la carne. El Señor, a través de su hijita, de dos fieles comprometidos, hizo guerreros de Cristo Rey.


Han recibido centenares de muestras de apoyo. Y vieron multiplicarse, junto a ellos, un sinfín de misas y cadenas de oraciones. Otros matrimonios, con varios hijos, les ofrecieron todo tipo de apoyo, espirituales y materiales. De los lugares menos pensados les llegaron emocionantes mensajes. Y, claro está, todo ello habla de las manos amorosas del Padre, que jamás nos abandonan. Y que se muestran siempre victoriosas.


“Los que no creen no saben lo que se pierden”, me repite Guido, cada vez que hablo con él. Sí, hijo, por supuesto: se lo pierden y se pierden. Demos gracias a Dios por haber elegido la mejor parte (cf. Lc 10, 42). Y seamos humildes y penitentes para cuidarla, y que no se nos quite.



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