San José: Una Devoción Necesaria en Este Tiempo
«La plenitud de gracia es proporcional a la dignidad de la persona y a su proximidad al principio de la gracia»: Bonifacio Llamera O. P.

Por Luis Ángel Ramírez Ramírez
En un mundo marcado por la confusión sobre la familia y la paternidad, la figura del Santo Patriarca San José no es un simple recuerdo piadoso del pasado, sino una respuesta concreta y teológica para nuestro tiempo. Redescubrir su papel en el plan de Dios nos ayuda a entender el verdadero valor de la familia, la autoridad vivida como servicio y la fuerza del silencio para cuidar la vida interior.
Aunque San José ocupa un lugar central junto a Jesús y María, el estudio sistemático de su figura dentro de la Teología (lo que llamamos Josefología) es verdaderamente reciente. Mientras que la Mariología tiene siglos de desarrollo, el estudio profundo y estructurado sobre la misión, las virtudes y el culto a San José comenzó a tomar fuerza apenas en los últimos siglos. Parece que Dios guardó para nuestras necesidades actuales, la riqueza de este santo que tanto tiempo permaneció en silencio.
El presente texto y los subsecuentes corresponden a siete sencillas clases dedicadas a profundizar en la persona y el misterio de San José, teniendo como guía principal la obra: Teología de San José, del fraile dominico Bonifacio Llamera. Estas lecciones recorren desde los conceptos del culto y la realidad de su matrimonio con María, hasta su paternidad virginal, su silencio, su papel en la Redención, su glorificación y la enseñanza de los Papas sobre él. Son una invitación a conocer a San José no solo con el corazón, sino también con la inteligencia, para amarlo e imitarlo mejor. A continuación, presentamos el primer tema:
Protodulía y consecuencias en orden al Santo Patriarca
Para entender la protodulía es necesario que primero comprendamos qué es la latría y qué es la dulía. Podríamos pensar que, en una cuestión de devoción o veneración a los santos, la dulía es una mera cuestión piadosa, pero esto sería reducirla y rebajarla bastante a una cuestión voluntarista y afectiva de parte del pueblo católico y de parte de la Iglesia misma.
La dulía tiene una dimensión teológica que se entiende a raíz de la latría. La latría es el culto que se debe solamente a Dios por su dignidad divina, por ser Dios mismo, y este culto se le rinde por justicia. La dulía es la veneración que se tiene a los santos por una cuestión muy particular e importante: por su proximidad, por su semejanza y por su servicio a lo divino; se reconoce en los santos aquellas virtudes, aquella devoción cristocéntrica, aquella vida testimonial que, por ser declarados santos, se propone como testimonio y ejemplo de vida cristiana a la Iglesia universal.
La protodulía debe ser entendida desde estos conceptos, pero detengámonos primero en la hiperdulía para hacer una distinción importante. La hiperdulía, que es la veneración que se le rinde a la Santísima Virgen María, es una veneración de especie distinta a la latría, pero también de especie distinta a la dulía. La hiperdulía no es una dulía perfecta, no es una suma dulía, ni tampoco la primera de las dulías, sino que es una veneración distinta que le corresponde a María en cuanto criatura, pero como criatura única.
La protodulía, por su parte, no comporta una distinción de especie respecto de la dulía, no hay una veneración distinta, sino que es la veneración más perfecta dentro de ella. Es la dulía perfectamente ejercida, completamente merecida y que solo le corresponde a nuestro padre y señor San José. Es entonces, el grado supremo de la dulía, pero es inferior en especie y en grado a la hiperdulía. Bonifacio Llamera la enseña como una consecuencia de la misión única de San José: respecto de María, como esposo; y respecto de Cristo, como padre. Es consecuencia de una vocación intrínsecamente ordenada a la Encarnación, cosa de ningún otro santo a excepción de la Santísima Virgen María.
Cuando hablamos de santos, ya sean mártires, vírgenes, confesores, beatos, doctores de la Iglesia, etc., hablamos de una pertenencia de algún modo íntima en el misterio, porque se ha llegado a un grado de santidad en la que han logrado ese acercamiento y esa configuración con Cristo. De esta cuestión teológica dimana la cuestión devocional de la dulía a los santos, pero San José pertenece al círculo íntimo, personal y familiar del misterio divino, especialmente en la Encarnación, no solo como testigo, sino como ministro real. Decimos como ministro porque ordena, gobierna y dirige el misterio; en la celebración del culto católico por excelencia, es decir, la Santa Misa, hay un ministro que lleva adelante la celebración, que ofrece el sacrificio. Con este ejemplo y sin pretender ignorar las imprecisiones que tiene respecto del caso del que hablamos, podemos entender cómo San José participa en el misterio de la Encarnación de Jesucristo como ministro, puesto que a él le fue conferida la autoridad sobre Cristo mismo.
La altísima autoridad de San José es tan reconocida, que algunos santos se permiten mencionar de forma piadosa, pero con una intención teológica profunda, que incluso Dios se quiso someter a la autoridad de este ilustre descendiente de David, de tal modo que no existe, ni existirá ningún otro santo de quien pueda decirse eso. Hay otros que dicen que cuando San José habla, todos se callan, porque, aunque no habló sobre Cristo, no es el primer Papa y no murió por Cristo, sí que actuó como el salvador del Salvador. Esto implica una autoridad a modo de servicio sobre Cristo como ministro de sus misterios.
Siguiendo esta línea, vale la pena entender algo más de San José y que constituye un principio tomista que Llamera usa para explicar la cuestión: «La plenitud de gracia es proporcional a la dignidad de la persona y a su proximidad al principio de la gracia», es decir, en cuanto su misión participa de forma más perfecta, más intensa y más cercana al propósito de Dios. Es evidente que la misión de María es la más próxima al fin divino por excelencia y de ahí sigue inmediatamente la de San José.
La primera dimensión de la misión de este santo patriarca es custodiar a la Virgen María, Madre de Dios. Siempre se le reconoce a San José, antes que como el padre de Cristo, como el esposo de la Santísima Virgen María, porque esto es lo que enmarca su misión respecto de ella y, por consiguiente, de Jesucristo.
Después de eso, viene esa paternidad verdadera que le corresponde, le pertenece y que ejecuta de manera loable y admirable sobre el Verbo Encarnado, por ser esposo y custodio de la Santísima Virgen María. Además, es la representación viva de la autoridad del Padre ante el Hijo que es Cristo; Cristo, al obedecer a José, obedecía a su Padre en el Cielo, porque su Padre le dio la autoridad a José para criarlo, para educarlo y para enseñarlo como hombre y como varón. Cristo es un varón excelentísimo que cargó con la Cruz, que era fuerte, viril, virtuoso, valiente y que fue enseñado por nadie más que San José, siendo esta otra razón por la que se considera que supera en dignidad a cualquier otro santo.
Sobre esta cuestión, suele debatirse sobre quién es el más grande santo de la Iglesia; si San José o San Juan Bautista, ya que de este último Jesús dijo que era «el más grande entre los hijos nacidos de mujer». Podemos defender que es San José, porque debe entenderse que cuando Jesús dice eso respecto de Juan, lo dice en cuanto que es su precursor, es decir, en cuanto que Juan es profeta, porque las figuras más importantes del Antiguo Testamento suelen ser los patriarcas y los profetas. Más aún, si la dignidad deriva de la misión, podemos, por lógica, tener claro que la misión de San José de educar y salvar al Salvador, es más grande que la misión de San Juan Bautista de anunciar a Cristo.
Ahora bien, San José no es el principio de la Encarnación, pero sí es el principio del orden familiar, del orden jurídico y del orden social en el que Cristo quiso encarnarse. Cristo, al encarnarse, asumió la naturaleza humana, pero esto implica ciertas cosas: una de ellas es que al encarnarse iba a someterse a un padre de familia, y es importante aclarar que Cristo no se somete en autoridad a María, sino que se somete en autoridad a José por ser la cabeza de ese matrimonio.
Entender este dato teológico de la Protodulía y de su dignidad derivada de la misión tiene unas consecuencias hacia nosotros, siendo las primeras consecuencias de orden cultual y que implican lo siguiente: un culto público y universal de la Iglesia y, por ello, una veneración superior a San José; esto no es solo devocional y afectivo, sino que es una exigencia teológica por su lugar en la economía de la salvación.
Negar este culto es negar la lógica del orden divino, es no entender el orden divino que Dios quiso en su plan salvífico. Así como no se puede explicar a Jesús sin su Encarnación y, por lo tanto, sin la Virgen María, no se puede explicar este vínculo, esta Encarnación, esta familia donde se encarna el Verbo sin San José.
El segundo tipo de consecuencia es en el orden de la devoción; ésta no puede pasar desapercibida por su alto grado, pues es una devoción elevada. Es también una devoción cristocéntrica como debería ser toda devoción y, además, es una devoción de tinte mariano, ya que San José siempre refiere a su Esposa. Por eso la devoción josefina fortalece la fe en la Encarnación y porque la creemos podemos de algún modo entenderla más.
También custodia la recta comprensión de la familia cristiana. El Padre Calloway, en su libro Consagración a San José, menciona varias veces que la crisis de la masculinidad, la crisis de la feminidad y la crisis de la familia encuentran un gran antídoto en la devoción josefina, porque reordena lo que tenemos concebido sobre lo que es el hombre, lo que es la mujer y lo que es la familia; además de promover la vida interior por las virtudes ocultas y calladas de San José, quien con su silencio dice mucho. De tal modo, tener devoción a San José es también imitarlo en el silencio, en las virtudes calladas que no se notan, pero que, si no estuvieran, más difícil aún nos resultaría ser verdaderos cristianos.
Por último, están las consecuencias en el orden de la reverencia y la imitación, de modo que la Protodulía implica lo siguiente: reverencia singular a San José, no solo en cuanto santo, sino en cuanto padre. San José es modelo de obediencia perfecta a la voluntad de Dios; es modelo de una fe silenciosa, una fe que obra, trabaja y confía; en él hay una autoridad ejercida como servicio porque la autoridad es servir al otro desde la capacidad de dominio, es decir, tenemos autoridad porque podemos sostenernos a nosotros mismos y entonces podemos sostener a otro. Esta autoridad en San José es tan perfecta que es ejercida como servicio: su autoridad está para servir y no para servirse.
La imitación y devoción a San José son consecuencia lógica de su lugar eminente en el plan de Dios. La protodulía y sus consecuencias devocionales, culturales y de imitación emanan de una cuestión teológica muy importante, que es el papel de San José en el misterio de la Encarnación. Su negación supone un absurdo debido a la lógica teológica que guarda por su papel único según lo que ha sido expuesto.
En portada: Pintura “Patrocinio de San José”, realizada por Gaspar Miguel de Berrío en 1744.






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