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La Medida del Perdón

hace 10 minutos
6 min de lectura
  • Si los santos eran capaces de perdonar a los que los mataban, ¿cómo nosotros vamos a seguir teniendo un rencor atravesado toda la vida?


 

Por P. Jorge Hidalgo

 

El perdón es una cuestión muy importante de nuestra vida espiritual, de nuestra vida interior y de nuestra relación con el prójimo. El perdón se ofrece a todos, al amigo o incluso, al que no lo es. La cuestión es, ¿cuál es la medida del perdón?

 

El Señor es un gran pedagogo y fue dando vuelta al tema conforme a lo que ocurría en el mundo antiguo. En el libro del Génesis, en el Canto de la Espada, se observa que en el mundo antiguo la venganza iba en aumento a causa del pecado original. Los enemigos eran tratados con crueldad y el perdón no entraba dentro de su consideración.

 

En su libro, “La Ciudad de Dios”, San Agustín comenta que, a causa de los hijos de Caín, de toda su descendencia, entraron todos los males a la tierra. La moneda corriente era la venganza.

 

Para poner freno a esto, Dios le dio a Moisés una legislación en el Pentateuco, que es la famosa ley del talión: Ojo por ojo y diente por diente. Y esto es un gran paso en el ámbito de la revelación; si el mundo antiguo era tan cruel, que el Señor restituya la justicia, es algo muy importante.

 

La justicia está bien, pero solo se trataba de una norma intermedia, porque Nuestro Señor Jesucristo, en el sermón de la montaña, aclaró que no viene a abolir la Ley de los Profetas, sino a darle plenitud.

 

Y aunque la justicia en sí misma está bien, puede esconder en el fondo del alma: rencor, envidia, sentimientos de venganza; y eso es lo que el Señor quiere corregir.

 

Si uno busca la justicia, por ejemplo, en el ámbito civil, debe ser para restituir la justicia en el orden público, no tiene que ser por venganza, por rencor o por el insano deseo de que el otro sufra. Sí puede ser también por un derecho punitivo, es decir, para que la persona castigada se arrepienta por el mal que hizo, pero jamás por la venganza o por el rencor.

 

¿Cuánto queremos que Dios nos perdone?

 

El Señor dice que hay que perdonar setenta veces siete. Él vuelve a hacer nuevas todas las cosas y al revés, como lo había hecho el pecado y el odio en el mundo.

 

A causa del pecado, el hombre era llevado al odio y a la venganza de modo cada vez más cruel. En Jesucristo, Dios hace nuevas todas las cosas y restaura al hombre en el plan original. Por eso San Pablo dice que debemos actuar como el hombre celestial. Aquí se enmarca el llamado divino de dar el perdón a los que nos ofenden.

 

Debemos pensar que todas las ofensas que hemos recibido del prójimo, de algún conocido, de algún otro, son denarios. El denario es el pago del jornal de un día de trabajo. Así, las personas que nos ofenden tienen una deuda con nosotros; pero si uno se pone a considerar su relación con Dios, toda la deuda que nosotros tenemos con Dios es mucho mayor.

 

En realidad, nuestra deuda con Dios es infinita, porque las ofensas de algún hermano o vecino son de persona a persona; en cambio nuestras faltas se dirigen contra Dios y eso es una ofensa infinita porque al que se ofende es a la Divina Majestad. Por eso es tan diferente la deuda que uno contrae, porque al que se ofende, es a Dios.

 

Pero Dios lo perdona todo. Eso es lo que ha hecho Jesucristo por nosotros al morir en la Cruz. Dios envió a su Hijo para morir por nosotros, para darnos un perdón que ninguno de nosotros merecía, para que vivamos en gracia de Dios y todo lo que hagamos nos sirva para la eternidad.

 

Ahora bien, el Señor pone como medida de ese perdón, la medida que nosotros perdonamos a los otros. Es verdad que a lo mejor alguna persona nos molesta demasiado, se la vive criticándome o rechazándome; pero lo que debemos pensar es que, aunque esa persona me deba mucho, yo a Dios le debo más.

 

Esta es la visión sobrenatural del tema del perdón. No quedarse solo con el tema de la ofensa que tengo porque los otros me agreden; sino pensar que Dios me perdona más de lo que yo le tengo que perdonar a mi prójimo.

 

A ejemplo del Santo de los Santos

 

Ésta es la política del Padre Nuestro. Dice: perdona nuestras deudas (según la real traducción), como nosotros perdonamos a nuestros deudores -así dice literalmente, tanto en griego como en latín- así que somos deudores de Dios y la medida del perdón es la medida en que nosotros perdonamos al prójimo.

 

Esto es lo distintivo del católico y del cristiano. El ejemplo es Nuestro Señor Jesucristo, que en el momento de morir en la Cruz dijo: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.


Eso es lo mismo que hacen los mártires. Por ejemplo, San Esteban, el primer mártir, que fue apedreado después de haberles dado un discurso a los judíos diciéndoles que habían matado a Cristo y que antes, sus padres habían matado a los profetas.

 

Antes de morir, San Esteban expresó: Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Así han hecho siempre los santos, han rogado por sus verdugos, han pedido por sus asesinos, más aún, han pedido que se conviertan y se arrepientan.

 

De hecho, como dice un antiguo Padre de la Iglesia, las oraciones de Esteban fueron más fuertes que las piedras de Pablo, porque Saulo estaba de acuerdo con matar a Esteban, pero gracias a la sangre de los mártires, que es semilla de nuevos cristianos, el martirio de Esteban logró la conversión de Saulo.

 

Está también el ejemplo del Beato Anacleto González Flores, que por cierto este año se cumplen 100 años de la Gesta Cristera. Anacleto fue tomado prisionero y fue torturado durante casi 12 horas por el gobierno liberal masónico que quería borrar la fe católica de México.

 

Lo colgaron de los pulgares, lo desollaron de pies y manos, con una bayoneta le abrieron el costado, y le hicieron muchas otras torturas para forzarlo a hablar y hacerlo renunciar a su fe. Quería que dijera quiénes pertenecían a la resistencia católica de la Liga y dónde estaba escondido el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, que a escondidas atendía a su rebaño para no dejarlos sin sacramentos. A pesar de las torturas, Anacleto no dijo nada.

 

Antes de morir, le dijo al general que lo estaba torturando: Yo voy a morir hoy, pero los dos nos presentaremos delante del trono de Dios. Sepa que cuando usted llegue delante del trono de Dios, tendrá en mi persona un intercesor delante del Señor.

 

Eso era lo que hacían los santos, eran capaces de rogar por sus verdugos, por eso es que debemos tener siempre esta caridad, siempre la mirada de los santos. Si los santos eran capaces de perdonar a los que los mataban, ¿cómo nosotros vamos a seguir teniendo un rencor atravesado toda la vida? Eso no puede ser.

 

Nuestros sentimientos tienen que ser los sentimientos del Corazón de Jesús y a quien le podemos pedir esta enorme gracia, de perdonar de corazón y tener los sentimientos del Corazón de Jesús, es a la Santísima Virgen María, pues Ella misma lo hizo.

 

El Viernes Santo, los apóstoles se olvidaron de Cristo, se fueron y lo dejaron solo; Pedro lo negó y sin embargo la Virgen los recibió a todos porque Ella cumplió un papel muy importante en el inicio de la Iglesia, siendo justamente la Madre de la Iglesia y la Reina de los Apóstoles. Que Ella nos ayude con esas personas a las que nos cuesta trabajo tratar, que nos cuesta mirar, que nos cuesta relacionarnos con ellas; que nos conceda la gracia de actuar como lo haría el Corazón de Jesús.

 

Que la caridad prevalezca, que el perdón sea nuestra forma de actuar, para que así, la caridad cubra la multitud de los pecados, no solamente los pecados que hayamos recibido como ofensa, sino que también cubra nuestras propias faltas porque perdonamos de corazón.


 
 
 

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