El Orden de la Caridad
- P. Jorge Hidalgo

- hace 3 días
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El mundo moderno quiere que cambiemos el orden y que Dios no ocupe el primer lugar, sino el último; si es que se le da algún lugar.

Por P. Jorge Hidalgo
La caridad es el fin de la misión de la Iglesia. Cuando nos dedicamos a la misión, que es parte de una ley fundamental de la Iglesia, lo importante es la caridad, en el misionado y en el misionero, en los dos. Es importante incluso como la perfección de la vida espiritual, como la cúspide, como el alma de todas las virtudes.
El Señor nos pone el orden de la caridad. San Agustín habla largamente de esto (de hecho, es llamado el doctor de la caridad). Muchas veces amamos cosas que no debemos, a veces el amor está puesto en cosas creadas de modo desordenado; por eso San Agustín, define el pecado como la adversio a Deo et conversio ad creaturas, es decir, la aversión a Dios y la conversión a las criaturas. A veces, cuando pecamos, amamos desordenadamente lo que no debemos. Por eso es necesario ordenar los amores.
Esto se puede explicar con lo que se está viviendo en torno al mundial de futbol. Hay gente que cuando termina un partido celebra de forma eufórica y se han registrado daños a terceros e incluso al mobiliario público. ¿Dónde está entonces el amor a la patria y la caridad con el prójimo? En 1982, el mundial en España ocultó la gesta de las Malvinas en Argentina, por ejemplo. Los soldados argentinos estaban dando su vida por la nación, y sus mismos compatriotas estaban distraídos mirando fútbol.
¿Está mal festejar un gol? No, no está mal. ¿Está mal mirar un partido? No. Pero el tema es cuando uno desordena los amores y parece, por ejemplo en este caso, que solo se es argentino o tiene amor a su nación cuando se gana un partido.
El amor necesariamente exige ordenar cada una de las cosas, cada cosa en el lugar correspondiente, por eso Cristo habla del orden del amor, del orden de la caridad. Como dice el primer mandamiento, hay que amar a Dios sobre todas las cosas, pero porque amamos a Dios sobre todas las cosas, cada uno de los prójimos o de los cercanos tienen que ocupar el lugar correspondiente.
Antes, uno tiene que amar primero la propia alma y no ponerla en riesgo por ningún motivo. En cambio, a veces uno puede exponer el cuerpo gravemente incluso a la muerte. Pensemos, por ejemplo, en el orden natural; un médico, un enfermero, un policía, un bombero, un militar, algunos de ellos mueren por cumplir un deber natural, que es su misión en este mundo, por amor a sus conciudadanos, a su patria. Y si eso pasa en el orden natural, con mayor razón pasa en el orden sobrenatural, a veces estamos gravemente obligados a exponernos, incluso a la muerte, para salvar las almas de los demás.
Un ejemplo de esto ocurrió en la gesta cristera en México hace 100 años. Muchos sacerdotes estaban amenazados de muerte y, sin embargo, muchos de ellos prefirieron quedarse con las ovejas, con el rebaño que Dios les había encomendado y por eso fueron fusilados. Es el caso del Padre Pro, el Padre José María Robles, San Cristóbal Magallanes, etc. ¿Por qué los sacerdotes prefirieron la muerte? porque es más importante la salvación eterna del prójimo, es más importante que los fieles reciban los sacramentos, que se confiesen, que tengan la Santa Misa…; eso tiene una mayor prioridad que la vida del sacerdote.
¡Qué contrario es lo que pasó con la llamada pandemia! (Que yo prefiero llamar “plandemia”, porque fue un ensayo terrible de un orden forzoso que se impondrá en el final de los tiempos). La gente entonces no hizo ningún esfuerzo por obtener los sacramentos; al contrario, obedeció de inmediato y se quedó en casa para ver la Santa Misa por televisión, cómodamente, desde su sofá.
Dios tiene que estar en primer lugar, pero el mundo moderno quiere que nosotros cambiemos el orden y que Dios no ocupe el primer lugar, sino que ocupe el último lugar del tarro, si es que se le da algún lugar a Dios.
Por eso Cristo insiste en que es fundamental el orden de la caridad. Es fundamental para los misionados, para aquellos que recibimos el Evangelio, porque si uno no ama a Dios sobre todas las cosas, no busca estar en gracia de Dios y antepone las criaturas al Creador; es porque no se ha entendido el Santo Evangelio.
El orden de la caridad también es fundamental para los misioneros, para aquellos que llevan el testimonio de la verdad; porque muchos de ellos fueron asesinados por decir las cosas como son.
Un misionero podría elegir el destino al que va a ir a misionar según sus gustos o comodidad; podría elegir un lugar donde no haya mucho calor, donde se tengan todas las conexiones, sin importar si el destino tiene la real necesidad de recibir la Palabra, sin importar qué destino no conoce el dulce nombre de Jesús. Si un misionero obrara así, entonces ¿cómo vamos a hacer que Cristo reine?
Los apóstoles todos terminaron en martirio. Si el misionero sabe que lo más importante es salvar el alma, ¿por qué debería temer a los que matan el cuerpo?, ¡que el otro le haga lo que quiera! No interesa. Cuando uno ama así a sus padres, a sus hijos, a su esposo, a su cónyuge, al vecino, o al más cercano, entonces uno lo ama con un amor sublime porque no lo ama para este mundo, no lo ama porque es simpático o bueno con él, sino que lo ama sobre todo para el cielo, para la eternidad.
En la vida de los santos se aprecia este amor sublime, aunque a veces causa confusión porque se prefiere el amor a Dios aún en contra de la propia familia, que es el amor natural más cercano que todos tenemos. Por ejemplo, cuando a Job le estaba ocurriendo desgracia tras desgracia, su esposa le dijo:
- ¿Aún persistes en tu integridad? Maldice a Dios y muérete.
Job quería a su esposa, sin embargo, le dijo:
- Hablas como una necia.
Están también los santos que fueron martirizados por sus propios padres porque prefirieron a Dios y actuaron en contra de la voluntad de sus padres, porque era contraria a Dios; como es el caso de San Hermenegildo, asesinado por el rey Leovigildo, o Santa Bárbara, que fue ahorcada por su padre. Ellos prefirieron la gloria de Dios antes que el amor terrenal.
Otro gran ejemplo del orden de la caridad es el de San Luis Rey. Él amaba a su madre que era una muy buena educadora. Ella le decía que prefería verlo muerto antes que en pecado mortal; sin embargo, cuando fue adulto y tomó el reino, él consultaba muchas veces a su esposa antes que a su madre y eso a la madre no le gustaba, entonces el rey le aclaró que primero estaba su esposa. Esto es lo que debe ser y a eso se refiere el que la caridad tiene un orden.
El orden de la caridad también es importante para el inicio de la vida espiritual, no solo para aceptar el Evangelio y vivir en gracia de Dios, sino que además es necesario para llegar a la cúspide de la vida interior. San Hilario de Poitiers, cuando explica este texto, dice que cuando el evangelio dice “el que encuentra su vida la perderá”, quiere decir que muchas veces uno tiene que aceptar mortificaciones y penitencias para salvar la propia alma.
Porque si uno tiene una tendencia desordenada hacia algún placer o amistad desordenada, por ejemplo, es necesario hacerse violencia a sí mismo, violencia incluso física; es decir, me alejo de mi amigo, aunque me la pase de maravilla con él, porque me lleva al pecado. Violencia física que a veces implica llevar un cilicio, o golpearse con una disciplina, para no seguir los movimientos desordenados de nuestras más bajas pasiones.
Ante cualquier tendencia desordenada se puede ejercer violencia física con la penitencia, de la cual hoy casi nadie habla. Por ejemplo, apagar el televisor si me llena la cabeza de basura, de chismes, de odio. Sería el mismo caso de todo lo que se ve en las redes sociales, por ejemplo.
Se puede ofrecer la penitencia de ya no tomar, de abstenerse de lo que me proporciona un gran placer o cualquier otro tipo de penitencia. Eso es necesario para salvar el alma. Y además es necesario porque -dice San Jerónimo- es como el Señor ordena en nosotros la caridad cuando llegamos a la cúspide de la vida interior.
Para ello, es necesario no solo decir que se ama a Dios sobre todas las cosas, sino que esto se note en nuestra acción diaria y revisar ese resquicio, ese pequeño rincón en donde a veces uno se ama más a sí mismo o a su esposo o hijos, o incluso a un artista o jugador de fútbol que se idolatra. Éste es el gran problema.
Por eso a veces Dios nos va mostrando gradualmente lo que somos y nos muestra también que es necesario que el alma sea purificada, como dice San Juan de la Cruz, “por el mismo Dios”, para que uno se dé cuenta que en realidad no ama completamente a Dios y no lo ama con todas las fuerzas y con todo el corazón, sino que siempre tiene algún resquicio en donde uno se busca a sí mismo, tristemente. Por esa razón, cuando uno logra crecer en esta vida interior y en la vida diaria de caridad, Dios mismo se encarga de purificarnos y de hacernos ver que todavía seguimos confiando en cosas de la tierra y no en el mismo Dios.
Pidamos al Señor que nuestra primacía sea la caridad, que busquemos amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo no porque me cae bien, sino por amor a Dios, que intentemos ante todo purificar nuestro corazón. San Juan de la Cruz dice que al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor. Necesitamos ser juzgados como el mismo Dios ha definido su mismo ser: Dios es amor. Que la Virgen Santísima nos ayude con esta gracia para que, haciendo las cosas por Dios y para Él, para el cielo, y no sólo por una recompensa terrenal, recibamos la recompensa eterna que el Señor dará a los que buscan siempre su mayor gloria y honor.





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