La Congruencia Cristiana Exige Fortaleza
- P. Jorge Hidalgo

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El mundo actual necesita de esta virtud para no caer en las diferentes ideologías y modas que han hecho que, desde los más altos puestos políticos, se haya negado que Jesús es el Señor.

Por P. Jorge Hidalgo
El envío que hizo Nuestro Señor Jesucristo a los apóstoles de ir a predicar por todo el mundo y anunciar que fuera de Él no hay salvación, está vigente. Es muy importante no callarse, no dejar de dar testimonio de que Jesús es el Señor; tenerlo a Él siempre presente y nunca negarlo.
Para esto es necesaria la fortaleza, una de las virtudes morales que se pueden resumir en cuatro (prudencia, justicia, fortaleza y templanza). Sin fortaleza no existen las otras, como a su vez, sin justicia, sin prudencia y sin templanza, tampoco existen las demás; las cuatro crecen juntas como los dedos de una mano, en palabras de Aristóteles.
La fortaleza es necesaria para que uno sea virtuoso y para dar testimonio apostólico porque sin esta virtud, cualquier opinión de los hombres nos haría cambiar de parecer, nos llevaría de aquí para allá, según la moda, según la última ocurrencia de cualquiera. Un ejemplo de esto es la moda que se ha impuesto de decir, en tiempo de Navidad, “felices fiestas”, para “respetar” a los que no creen en Jesucristo Nuestro Señor.
La virtud de la fortaleza se requiere para que nadie nos haga dudar de nuestra fe, para que permanezcamos firmes en lo que creemos y profesamos; más aún, santo Tomás dice que la fortaleza tiene dos actos: sustinere y agredere. Sustinere es soportar y agredere es acometer o avanzar.
A veces no será posible avanzar, pero siempre va a ser posible soportar; es decir no ceder nada, o como diría el padre Castellani, hay que salvar lo que queda, y cuando nada quede, entonces todavía podemos salvar algo, que es salvar el alma. Por eso el Señor dice: “No teman a nada y no teman a los que matan el cuerpo, teman más bien a quien puede arrojar el cuerpo y alma a la gehenna.” Por cierto que, la Sagrada Escritura, con este versículo, confirma la existencia del alma, dicho esto por Nuestro Señor Jesucristo y conviene destacarlo porque hay unos errores de la teología contemporánea que dicen que el alma es una cuestión que no existe y que es un error de la filosofía griega.
Y con esto se reitera la necesidad de la fortaleza, para no dejarnos llevar por cualquier viento de doctrina. Sabemos que cerca del final de los tiempos esos errores van a aumentar porque lo dice la Sagrada Escritura, pero nosotros no podemos cambiar de doctrina, Cristo es el mismo hoy, que ayer y para siempre. “No os dejéis extraviar por doctrinas llamativas y extrañas” dice la carta a los Hebreos.
Odio diabólico a lo que hable de Dios
Ejemplo de fortaleza y del acto de soportar, es el caso de los mártires. Ellos son modelo de esta virtud, pero también de la virtud de la caridad porque nadie pudo amar como ellos, porque ellos prefirieron la pérdida de todo: de la vida, de la honra, de la fama, del dinero, de la patria; perdieron todo antes de perder a Dios. Así, la fortaleza tiene que estar afirmada en lo esencial y el martirio es un modelo de la virtud de la caridad. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”, dice San Juan. Por lo tanto, el mayor acto de caridad es morir por el otro; pero ¿alguno sería quizás capaz de morir por un pecador?
Esa es la prueba de que Dios nos ama, porque Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores y el mártir comparte el destino de Cristo. Claro que es una gracia superior a las propias fuerzas; y no se debe pedir la gracia del martirio porque como exige una gracia especial para soportar los sufrimientos al momento de la muerte, es algo que el Señor dará a quien se lo quiera regalar.
Hay quienes odian a Dios y porque odian a Dios, odian todo aquello que lo representa, todo aquello que lleva a Dios o todo aquello que da testimonio de Él; por eso Cristo dice “si me persiguieron a mí, también los perseguirán a vosotros” y esa es la causa del martirio, el odio a Dios y el desprecio de la doctrina católica, el desprecio a Cristo, a la sana moralidad cristiana entonces por eso es que los mártires sufren y sufren hasta la muerte.
Pero no debemos tener miedo porque el Señor va a dar la victoria y sin temor alguno, el cristiano jamás debe callar, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, porque al que lo reconozca abiertamente delante de los hombres, el Señor lo va a reconocer en el juicio final.
Entonces vamos a saber todas las cosas, ahí se verá cómo nuestras acciones influyeron o perjudicaron para la salvación o la condenación eterna de los demás hombres; no hay nada secreto que no deba ser revelado, incluso nuestros propios pensamientos, nuestros deseos, todo va a quedar patente y desnudo delante de aquel a quien debemos dar cuentas, como dice la Sagrada Escritura.
Los malvados que persiguen a los santos y los matan, saben que están haciendo una labor diabólica. Por ejemplo, el caso de Emilio Portes Gil que fue presidente de México de 1928 a 1930 y le tocó hacer los llamados “arreglos” después de la guerra cristera y terminó traicionando a los cristeros, los desarmó y los fusilaron.
Portes Gil dio este discurso en una reunión con la masonería: La lucha no se acaba, la lucha es eterna. Ustedes saben muy bien que la lucha tiene dos mil años.
Algunos malvados saben lo que hacen y esto aumenta su malicia porque no es otra cosa, sino un odio a Dios, un odio teológico, como diabólico, que es de hecho el que tiene la masonería. Otros caen en la persecución a los cristianos por sus desórdenes morales, como fue el caso de Enrique VIII.
Él quería separarse de su mujer y casarse con otra, pero incluso el Papa le dijo que su matrimonio tenía validez y por lo tanto lo que quería hacer no era posible. Por esta falta de apoyo a sus deseos, Enrique VIII declaró que no tenía nada que ver con Roma, fundó la iglesia anglicana y se volvió a casar. Muy mal le fue a esa mujer y a todas las otras que tuvo porque a más de una él mismo las mandó matar; eso es lo que les pasa a los lujuriosos, la lujuria termina muchas veces en crueldad. Además, Enrique VIII mandó matar a quien se opuso a sus deseos, que fue su canciller, Tomás Moro, quien fue luego canonizado por el Papa Juan Pablo II y nombrado patrono de los políticos.
Por la ausencia de testimonio llegó el aborto y otros grandes males al mundo
Si ahora tuviéramos políticos como Tomás Moro, qué distinto sería el mundo, pero lo que está ocurriendo es todo lo contrario, quienes tienen el poder en lugar de dar testimonio de la verdad, solo buscan quedar bien con quien está más arriba y hay una ausencia de testimonio cristiano.
Si, en cambio, cada uno de los católicos, en el lugar donde está, en su matrimonio, en su familia, en su trabajo, en sus puestos los políticos dieran testimonio de que Cristo es el Señor y no callaran nunca su fe, ni por miedo, ni por vergüenza, ¡qué distinto sería! No estaría legalizado el aborto, ni el “matrimonio” homosexual, no existiría la ideología de género, ni la corrupción. Pero ¿por qué, lamentablemente, sí existe todo eso? porque están desdiciendo con su vida la fe que dicen profesar.
Por eso Argentina y muchos otros países están cada vez más lejos de Dios, porque no se da testimonio de Cristo ni con la palabra ni con la vida, mucho menos con la sangre.
La tarea crucial, que no se puede cambiar ni negociar, es que Cristo es el Señor; debemos dar testimonio de vida cristiana en todo momento, debemos tener la fortaleza necesaria para no ceder en nada, sino dar testimonio de Cristo, si fuera preciso, hasta con la sangre. Ésta es la única forma de que Cristo reine en la sociedad y es por lo que hay que luchar.
Pero eso no se improvisa, es una gracia que hay que pedir al Señor, que no nos cansemos de dar ese testimonio supremo de la verdad y se lo podemos pedir a la Virgen Santísima, a quien invocamos con el nombre de Reina de los Mártires: Ella sin duda ha fortalecido a todos aquellos que han entregado su sangre por el Señor, que también a nosotros nos conceda dar ese testimonio de palabra y de vida.
No sabemos si nos tocará dar un testimonio de sangre, pero sí sabemos que tenemos que estar dispuestos a no negociar la fe y que lo más importante es amar a Dios sobre todas las cosas; todo lo demás tiene que ser despreciado con tal de estar unido a Cristo y alcanzarlo. Que la Virgen nos ayude a amar a Dios sobre todas las cosas y las demás cosas amarlas tanto cuanto nos sirvan para llegar hasta el Cielo.





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