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Alguien Tiene que Predicarles

Actualizado: 25 jun

Si hay tanta necesidad entre los seres humanos de conocer la verdad de Dios, alguien tiene que ayudarles. 



Por P. Daniel Heenan, FSSP


Entre las muchas cualidades del Sagrado Corazón de Nuestro Señor, que debemos meditar en este mes de junio, una de las más importantes es su ardiente deseo de que las almas se salven. Decimos en las letanías que Él es la esperanza de los que mueren en Él, la salvación de los que en Él esperan, la vida y resurrección nuestra, y la fuente de vida y de santidad. 


Entonces nos conviene considerar y maravillarnos ante este gran deseo del Sagrado Corazón. Desea vehementemente la salvación de las almas humanas porque esto aumenta la gloria externa de Dios Padre, y la única obsesión del Corazón de Jesús es la mayor gloria de Dios. Si Jesús tiene ese deseo tan presente, nosotros también debemos tenerlo. Este es un mensaje de la carta de San Pablo cuando comenta que los padecimientos de esta vida —y San Pablo sabía algo de padecimientos— no se pueden comparar con las glorias que esperan a los que aman a Dios y alcanzan la gloria del cielo. Es preciso que meditemos con frecuencia las glorias del cielo, la meta que queremos obtener, y que tengamos por cierto que Dios no nos negará ninguna gracia necesaria para lograrlo. 


Muchos cristianos se desvían y se desaniman porque carecen de este aspecto en su vida espiritual. Se concentran tal vez en superar sus pecados, en considerar su miseria, en temer los castigos de Dios; pero olvidan que la santificación es, ante todo, una obra de amor, y quien ama necesita contemplar a su amado. 


San Pablo también reconoce esta realidad cuando comenta que toda la creación está gimiendo porque desea la perfección que Dios nos ha prometido. Como dice San Agustín, hay un hueco en el corazón que sólo Dios puede llenar. Es una realidad que se aplica a todos, incluso a los que no se dan cuenta. Y cuando habla de las primicias del Espíritu y de los dolores de parto en el alma, está tocando un misterio acerca de la vida de santidad: a veces, los que están más conscientes y convencidos de la realidad de las promesas de Dios sufren más amargamente por la intensidad de su deseo de poseerlo. 


En el Evangelio de ayer también hay una indicación de esta misma realidad, porque el evangelista describe la escena de la muchedumbre agolpándose sobre Él. Y este Evangelio es particularmente interesante, porque su deseo está descrito no como ganas de recibir un beneficio, un milagro o un pan, sino como deseo de oír la palabra de Dios. Es como si quisiera decir que el corazón humano arde instintivamente por conocer la verdad de Dios, semejante a como el Corazón de Jesús arde por nuestra salvación. 


No es un accidente que, después de esa introducción, el evangelista describa la pesca milagrosa. Si hay tanta necesidad entre los seres humanos de conocer la verdad de Dios, alguien tiene que ayudarles. Alguien tiene que predicarles. Alguien tiene que echar las redes, porque Dios desea, en su Providencia, que todos se salven. 


Pero, como dice San Pablo en otro lugar: ¿cómo van a creer si nadie les predica? 


Qué bueno sería si todos nosotros pudiéramos tener ese celo por la salvación de las almas. 

Los santos sabían compadecerse con Jesús al saber que muchos corazones aún no tienen conocimiento de Dios, y que por eso andan en la oscuridad, desesperados y perdidos. Si amamos a Jesús, tenemos que amar lo que Él ama y tenemos que ofrecernos a ayudarle. 


Quiero aprovechar esta reflexión para animar a todos los miembros de la comunidad, y a todos los que lean este mensaje, a considerar cómo van a ayudar en esta misión. ¿Qué has hecho tú para echar las redes por el Señor? 

 
 
 

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