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Idolatría Mascotera

  • En el mundo actual se ha invertido el divino creced y multiplicaos (Gn 1, 28) por el decreced y exterminaos.



Por P. Christian Viña


La mal llamada “Edad Media” –que debiera llamarse Edad Gloriosa o Luminosa- se caracterizó por el teocentrismo; o sea, todo tenía a Dios como centro. El nominalismo, el protestantismo, la revolución masónica de 1789, el marxismo, el hipismo y otras ideologías de su pelaje nos arrastraron al antropocentrismo; esto es, el hombre como centro. Y, a fuerza de tanto luchar contra el verdadero Dios y endiosarnos a nosotros mismos, hemos terminado en el zoocentrismo: hoy los animales, especialmente los domésticos, son divinizados. 


Asistimos, así, a la idolatría mascotera; servil al globalismo y al grupo de oligarcas que manejan al mundo y su descarado antinatalismo. Todo sirve para evitar nacimientos y liquidar, con retorcidos argumentos, a los que viven y son “una carga” por su impacto económico y “ecológico”.


Argentina, como otros países, es un país despoblado y mal poblado que avanza a enormes pasos hacia el envejecimiento generalizado de su población. En 2025, por caso, en nuestra ciudad de La Plata y en la provincia de Buenos Aires, ¡se murieron más personas de las que nacieron! En 2023, apenas hubo 460,902 nacimientos; la cifra más baja de los últimos 50 años, con una caída del 40 por ciento en la última década. 


La tasa de fecundidad (el número de hijos por mujer) fue de 1.33, muy por debajo de la tasa de reemplazo de la población, que es de 2.1. Todo esto acelerado desde la sanción de la ley que dio vía libre al abominable crimen del aborto en 2020. 


Todos los días se están cerrando salas de neonatología, maternidades, jardines de infantes y colegios. Más pronto que tarde colapsará la economía y el sistema de la seguridad social. Se ha invertido el divino creced y multiplicaos (Gn 1, 28) por el decreced y exterminaos. Y, en el colmo del cinismo, se busca hacernos creer que la caída dramática de los nacimientos lejos de ser un problema, es una “gran oportunidad”. Ciertamente que lo es, pero no precisamente para el pueblo argentino, sino para la poderosa industria de la anticultura de la muerte; con sus anticonceptivos, píldoras varias, promiscuidad, infanticidio y castraciones múltiples.


Basta con pararse, algún momento en cualquier plaza del país. Hasta hace pocos años, numerosos niños engalanaban esos paseos con sus juegos y cantos; hoy, prácticamente no se ven criaturas y sí una multiplicidad de mascotas, de los más variados costos, y variedades, según sea el poder adquisitivo de sus propietarios. 


¡Tener hasta tres o cuatro perros es motivo de admiración, y tener tres o más niños, de condenación! Como sacerdote conozco muy bien cómo deben soportar los papás con familias numerosas, los desprecios, críticas destempladas, bromas de pésimo gusto y hasta propuestas de mutilaciones por su generosidad con la vida.


El genial Vittorio Messori, llamado al encuentro del Padre Eterno el pasado Viernes Santo, 3 de abril, afirmaba: “Con 50 años de periodista aprendí que de lo que escucho no debo creer nada. Y de lo que veo, con mis propios ojos, solo la mitad”. Acabo de cumplir, yo también, cinco décadas en la profesión y repito, bien convencido, aquellas palabras del querido colega y amigo. Mucho más en estos tiempos de inteligencia artificial que fabrica realidades falsas y amenaza con exterminarnos… ¿No es hora de volver a la Inteligencia Sobrenatural, y desde ella a la inteligencia natural –y redimida- que en su Amor nos dio?


Siempre es un desafío no perder la capacidad de asombro. La sorpresa que acabo de llevarme es muestra de ello. En el cartel de una parada de taxis, en pleno centro platense, colocaron una imagen de un extinto perro, con la leyenda: “En memoria de Nacho”. Sí, como se lee, con el apodo que con frecuencia se les da a los varones que tienen por nombre Ignacio. 


Porque antes se les ponía a los canes nombres de animales; hoy se les ponen nombres de personas. Y a no pocas personas se las termina llamando como “Chucho”, “Cuca”, “Pipo” y otros motes perrunos. Y lo de “En memoria” es el colmo. Ya no son las memorias de los santos, sino las de las mascotas.


Lo vi con mis propios ojos –como decían nuestras abuelas para remarcar lo insólito y grave de ciertas situaciones- y, además, cuento con el testimonio de los taxistas, y otros circunstantes. Personas de diferentes edades –que alcanzan con sus brazos dicha imagen-, le dan un beso con su mano derecha, ¡y se hacen la señal de la Cruz! ¡Idolatría pura y dura, que escandalizaría incluso a no pocos filósofos precristianos! ¡Y que parece increíble tras dos milenios de catolicismo! 


Seguramente, no pocos de esos adoradores caninos son bautizados, y recibieron la Confirmación y la Primera (o única, como la llama Monseñor Héctor Aguer) Comunión. ¿Qué les quedó de aquella catequesis inicial? O, peor aún, ¿tuvieron catequesis?


“Esto no es nada, padre –me dijo uno de los curtidos taxistas, lleno de años y de experiencia en la calle-, ¡hasta le llegan a prender velas! a este ‘Nacho’. ¡No se extrañe que, en cualquier momento, le pidan una misa por su “eterno descanso”! ¡Si hasta en Suiza le dieron hostias consagradas a un perro…!


-Sí, a esto hemos llegado, tras décadas y siglos de declararle la guerra a Dios –le contesté al experimentado conductor- Donde no hay lugar para Dios, tampoco hay lugar para el hombre, ¡pero sí para los animales!


De regreso a la parroquia, recé la Misa por la conversión de los idólatras y por tantos hijos llamados Ignacio –apodados “Nacho”-, que Dios me dio y que, gracias al Señor, son jóvenes promesas de la Iglesia y de la Patria; llamados a la fecundidad de padres valientes y de sacerdotes fervorosos. En ellos hay motivos para la Esperanza. Bien lejos de imposiciones animalescas de los magnates mundialistas; que quieren un planeta para pocos, sin Dios y sin hombre.


 
 
 

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