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¡Gracias Señor por las Madres de tus Sacerdotes!

  • Una bella tradición indica que, tras ser ungidas las manos del nuevo Sacerdote, en la Ordenación, el manutergio con el que se seca las mismas, es desatado por su madre; quien lo conserva hasta su muerte.



Por P. Christian Viña


Dios, en su admirable Providencia, todo el tiempo nos muestra sus cuidados; especialmente en las horas en que puede parecernos ausente o distante de nuestras vidas. En un bello Himno de la Liturgia de las Horas, en Epifanía, rezamos: Los magos preguntan; y ella de un Dios infante responde, que en duras pajas se acuesta y más se nos manifiesta cuanto más hondo se esconde. 


Parece, por caso, que el Señor deja de llamar obreros a su mies (cf. Mt 9, 38); y, de pronto, nos enteramos de un matrimonio con siete hijos varones, ¡los siete sacerdotes! O de cómo florecen, en los sitios menos pensados, las vocaciones. Y cómo tantas familias son bendecidas con varios hijos curas, y varias hijas monjas. 


Así ha sido la familia de Alicia, madre de tres sacerdotes y de tres monjas; una de las cuales ya partió hacia la Casa del Padre.


La conocí hace un par de años en un hogar de ancianos de La Plata. Dueña de un porte lleno de recato y humildad, ha tenido asistencia casi perfecta a la Santa Misa del Domingo. En solo una oportunidad –en la que, realmente, no pudo levantarse de la cama, por enfermedad- le llevé la Sagrada Comunión hasta su dormitorio. Apoyada en su bastón, con andar lento pero firme, y su pudorosa sonrisa, siempre a flor de labios, anuncia a Cristo a su paso. 


Sabe que está llegando a la otra orilla; y para ello se prepara, con serenidad y constancia. Y en ese empeño no ahorra detalles. Así, en todo momento, por caso, está pendiente de lo que el sacerdote –siempre con los minutos justos, pues debe partir inmediatamente después de la Misa a otra parroquia, donde lo aguarda una fila de penitentes- pueda necesitar. Y, sin afán de protagonismo ni de querer competir con las religiosas encargadas, busca echar una mano o anticiparse a un eventual auxilio. Y lo hace con su sereno rostro, lleno de piedad; segura de que en el propio servicio al Señor está la recompensa. Y que todo es gracia. Y que, por lo tanto, solo cabe un canto de alabanza.


Está absolutamente convencida de que el verdadero amor se alimenta y perpetúa con los detalles. Y, por eso, no faltan sus obsequios a la hora de un cumpleaños, un aniversario sacerdotal o de consagración religiosa; y los tradicionales presentes de Navidad. Se da cuenta de lo que hace falta; y hasta allí llega con su generosidad. Siempre, de cualquier modo, acompaña el regalo material con una tarjeta, una carta u otro aporte espiritual. “Mística y mástica”, decimos en Argentina. Y ella lo cumple, invariablemente.


Sabe, por experiencia propia, de la escasez de recursos de los sacerdotes y religiosas. Y, ante ello, busca aportar desde sus limitados ingresos. No se ha guardado nada para sus días finales. Sus bienes los ha distribuido antes de ingresar a su actual residencia. “Aquí solo necesito prepararme, del mejor modo, para ir al encuentro del Señor”, asegura con serenidad y plena convicción.


Sus hijos sacerdotes y sus hijas religiosas, por pertenecer a distintas congregaciones y diócesis, están en diversos lugares del mundo. Hace poco, uno de ellos –permanentemente en silla de ruedas- concelebró conmigo. Y una de sus hijas, destinada en Argentina, la visita con cierta periodicidad. Obviamente disfruta de su presencia; pero siempre les repite que no se preocupen. Y que está muy bien atendida; y más unida que nunca, con ellos, por la oración.


Me ha dicho, más de una vez, que por edad bien podría ser mi madre. Y que lo es, de algún modo; pues piensa que la madre de un sacerdote es, en buena medida, la madre de todos los sacerdotes. Bien lejos de ella, de todas maneras, el caer en actitudes impropias, casi lindantes con indebidas intromisiones. Siempre, y en todos los casos, se acerca con delicadeza, profundo respeto y buenos modales, para hacer llegar palabras de aliento u otro aporte. Es, indudablemente, parte de la solución y no del problema…


Una bella tradición indica que, tras ser ungidas las manos del nuevo Sacerdote, en la Ordenación, el manutergio con el que se seca las mismas, es desatado por su madre; quien lo conserva hasta su muerte. Y, en esa hora de la partida, se lo colocan en sus propias manos, como una señal de su maternidad espiritual. Según este piadoso gesto, cuando la madre llega ante el Señor para su juicio particular, y Él le pregunta: “Yo te di la vida, ¿qué me has dado a cambio?”, ella le presenta el manutergio y responde, con humildad: “Señor, te di a mi hijo como sacerdote”. En el caso de Alicia, la respuesta será, obviamente, en conmovedor plural. Con el plus de sus tres hijas religiosas; que, en su desposorio con el Sumo y Eterno Sacerdote, cuidaron del Amado en la batalla orante y mortificada del monasterio, o en las misiones más difíciles del propio carisma.


Indudablemente, la fe de Alicia ha sido clave en la fecundidad de vocaciones surgidas de su hogar. Y lo mismo ocurre con otras muchas madres, con familias numerosas. No es el caso, claro está, de las madres no creyentes o lejos de la práctica religiosa.


Cada vocación es un misterio, nacido en el Corazón del Misterio divino. Y, por ello, cada una de ellas es apasionante, irrepetible, inspiradora y siempre sorprendente. En mi caso fue distinto. Mi mamá, no practicante, no entendió durante muchos años el porqué de mi vocación sacerdotal. Se le terminaron de aclarar todas las dudas en sus días finales; cuando, siete meses después de mi Ordenación, tras decirles a todos los que la quisieran escuchar que nunca me había visto tan feliz, pude darle la Santa Unción, y prepararla para el Cielo.


¡Gracias Señor por las madres de tus Sacerdotes! Tú que eres el único Camino que conduce al Padre (cf. Jn 14, 6) nos traes por ellas, a través de distintos caminos, a quienes, todos los días, te hacen descender, Pan Vivo bajado del Cielo (Jn 6, 51), hasta nosotros. Te pedimos, por favor, que nos multipliques las Alicias. Y que jamás nos falten, para ellas, gestos concretos de ferviente y operante gratitud.

 
 
 

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