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El Espíritu que Permanece, el Fuego que no se Apaga

  • Esta continuidad no se sostiene por la solidez de las criaturas, no se da porque las criaturas sean constantes, sino porque Dios lo es.



Por Q.B.C. Guadalupe Montenegro Camacho.


Al acercarse Pentecostés, conviene recordar que la tradición de la Iglesia no ha visto en el Espíritu Santo un don entre otros, sino su principio interior: aquello que la unifica, la vivifica y la conduce. Como el alma en el cuerpo, el Espíritu no solo da vida, sino que la mantiene, la ordena y la preserva de la dispersión. No se trata de una ayuda exterior, sino de una presencia que obra desde dentro.


Sin embargo, hay una inquietud silenciosa que atraviesa la experiencia humana: todo parece fragmentarse. Las promesas se diluyen en el tiempo, los comienzos no siempre llegan a su cumplimiento, la vida golpea, y entonces la fe comienza a vivirse como una sucesión de momentos inconexos, como si lo que un día fue gracia, al siguiente se hubiera perdido. Esta inquietud recorre también la historia de la salvación. Y, sin embargo, en medio de esa aparente discontinuidad, subsiste, casi invisible, la acción de Dios.


Antes de su Ascensión, Cristo no deja a los suyos en la incertidumbre. Les promete una presencia: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros” (cf. Hch 1,8), y les manda esperar. No es un simple consuelo, sino la garantía de continuidad. Lo que en Él ha comenzado no quedará interrumpido con su partida visible.


Y así, reunidos en torno a María Santísima —la que creyó cuando aún no veía cumplimiento (cf. Lc 1,45)— los Apóstoles perseveran en oración (cf. Hch 1,14). En ellos se concentra toda la tensión de la promesa: han visto, han dudado, han huido, han vuelto. No son la base firme de nada. Y, aun así, es precisamente sobre esta fragilidad donde desciende el Espíritu.


Pentecostés no es solo un envío: es, en cierto sentido, el bautismo de la Iglesia en el Espíritu Santo (cf. Hch 2,1-4). Aquel mismo Espíritu que había sido prometido ahora la constituye interiormente, la vivifica y la lanza al mundo. Lo que Cristo había formado visiblemente, el Espíritu lo anima invisiblemente. Desde entonces, la Iglesia no vive de un recuerdo, sino de una presencia.


Las promesas de Dios, por tanto, no pertenecen al pasado. No son palabras que esperan ser recordadas, sino realidades que buscan cumplirse. Desde la antigua alianza hasta su plenitud en Cristo, y desde Cristo hasta la vida de la Iglesia, hay un hilo que no se rompe. Ese hilo no es una idea ni una memoria: es una presencia. “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14,16).


Ahora bien, esta continuidad no se sostiene por la solidez de las criaturas. La historia de la salvación está atravesada por la debilidad, la infidelidad y el pecado: los hombres fallan, las obras se interrumpen, lo que parecía firme se tambalea. Pero precisamente ahí se manifiesta la acción del Espíritu: no porque las criaturas sean constantes, sino porque Dios lo es. No porque el hombre sostenga la obra, sino porque es sostenido en ella. Citando a Santo Tomás: Dios obra en todas las cosas como causa primera sin anular la acción de las causas segundas (cf. S.Th. I, q.105, a.5), incluso cuando estas fallan, su acción no cesa.


Por eso, la fe no descansa en la estabilidad de lo visible, sino en la autoridad de Dios que revela: en su sabiduría infinita, por la cual no puede engañarse, y en su veracidad, por la cual no puede engañarnos. No creemos porque todo sea claro, sino porque Aquel que promete persevera fiel.


Si el Espíritu es quien permanece, entonces la historia no está abandonada a sí misma. Dios no solo inicia, sino que sostiene; no solo promete, sino que conduce. Incluso cuando su acción no es perceptible, no ha cesado. La Providencia no es una idea tranquilizadora, sino la forma concreta en que esa presencia gobierna y ordena todas las cosas desde dentro: “todas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28).


Nada de lo que Dios ha comenzado queda a merced del azar. Todo es sostenido, incluso cuando no es comprendido. Y por eso, la Iglesia —nacida del costado de Cristo y vivificada por el Espíritu Santo— no perdura por sus propias fuerzas, sino por una promesa: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18).


Santo Tomás señala que la Iglesia se sostiene porque es vivificada continuamente por el Espíritu Santo (cf. S.Th. III, q.8, a.1 ad 3): no como una institución meramente humana, sino como un cuerpo cuya vida no proviene de sí misma.


Y así como Cristo mismo pidió a los suyos antes de Pentecostés, persistir: no en una espera pasiva, sino en la oración perseverante. “Velad y orad” (cf. Mt 26,41). Recojámonos, pues, humildemente, porque solo en ese silencio atento la promesa encontrará espacio para cumplirse, no como obra nuestra, sino como don que desciende.


Pentecostés no es solo memoria de un fuego que descendió una vez, sino certeza de una presencia que permanece y se renueva, que vivifica y que, aun en lo oculto, conduce la historia hacia su cumplimiento.


Emitte Spiritum tuum, et creabuntur, et renovabis faciem terrae (Sal 103 [104], 30).

 
 
 

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