Un Parto con Dolor, la Redención Femenina que Quiere ser Omitida
- Luz María Guzmán Márquez.

- hace 6 horas
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Una historia que merece ser contada: La experiencia de un parto humanizado, el nacimiento de José de Jesús y lo que Dios tuvo que ver en todo esto.

Por Luz María Guzmán Márquez
Al inicio de la creación, cuando nuestros primeros padres pecaron, Dios envío a la mujer su maldición que, según la teología católica, es también su forma de redimirse y no es otra cosa que el parto con dolor (Cfr. Gn. 3, 16). No es un dolor absurdo, del cual sea culpable Dios o que le implica a la mujer de forma arbitraria; basta mirar la razón de que Dios mande eso a todas las mujeres, para saber el por qué es necesario y no un mero capricho divino.
Al no ser un capricho divino y tener una razón de ser, quienes le aman han de buscar agradarlo de la mejor forma posible, santificándose según sus designios que no están sino en favor de aquellos que Él ama y que le aman, de lo cual nos da testimonio el mismo San Pablo (Cfr. Rom. 8, 28).
Entonces, si Dios ha mandado esto para redimir la naturaleza femenina, es propio de la mujer cristiana encontrar ahí lo que debe de hacer y no lo que debe evitar. Naturalmente podemos verlo como algo a evitar si nos centramos en lo doloroso y difícil que es, pero del mismo modo se puede solucionar recordando la razón de ese dolor y de esa dificultad: el pecado.
Más aún, en un mundo que pretende someter al hombre al dominio del placer -lo que conlleva esencialmente evitar el sufrimiento- se nos presentan opciones atractivas para ahorrarnos el dolor (aunque implica otros más) sin darnos cuenta que estamos desperdiciando tantas gracias y evidenciando que no confiamos en los designios de Dios para redimirnos por medio de la procreación y el parto, como Él nos lo ha señalado. Esto se ve acompañado de un miedo palpable y extendido que hace ver en el parto un problema serio y una dificultad o incluso un padecimiento que hay que evitar haciendo de lo natural, algo casi antinatural y poco visto.
En otras palabras, confiamos más en los medios para evitar el dolor y los padecimientos, que en la voluntad de Dios. Vale la pena decir también que esto no es una apología absoluta contra métodos como la cesárea, pero sí una invitación a mirarla como opcional y redireccionar nuestra mirada a lo natural, dejando aquellos procesos para cuando sea realmente necesario por un dificultad extraordinaria; y no volverlo un estándar que facilita las cosas para la mujer. Tampoco es una invitación a la confianza irracional en una voluntad de Dios que omite o ignora el avance de la ciencia de modo que lo satanice, aunque tampoco sea descabellado pensar y afirmar que es anticristiana una agenda que hace que la mujer se tenga miedo a sí misma, a sus procesos naturales y al cumplimiento de la voluntad de Dios a través del sacrificio de su cuerpo.
No debemos ignorar que el mandato de procrear y parir debe cumplirse en el matrimonio y sólo en el matrimonio. Esto no es una limitante, es lo debido, pues en el sacramento del matrimonio Dios da las gracias para enfrentar estas dificultades que nos redimen y nos traen más gracias para cada etapa de dicha vocación. Apelar a vivir esto en un matrimonio cristiano no es limitar a la naturaleza humana, sino situarla en el lugar de las gracias cual oasis que le hace posible enfrentar las dificultades propias de la vida.
Por esta razón he tenido el gusto de escribir mi experiencia del parto natural y respetado, solo después de haber procesado física, mental, emocional, pero sobre todo espiritualmente el trabajo de parto y nacimiento de mi hijo, José de Jesús.
Nacimiento de José

A las 4:30 de la mañana del 8 de septiembre desperté con un dolor de contracción particularmente diferente al que había sentido antes. No le di mucha importancia porque ya era la tercera semana seguida que tenía falsas alarmas de parto, así que intenté conciliar el sueño de nuevo, pero no pude.
Después del desayuno, como a las 8:30 de la mañana, el cuerpo me comenzaba a doler y las contracciones se habían intensificado, pero aún podía continuar con mi día normal. Aquí fue donde comencé a sospechar que había llegado el gran día, pues generalmente, en ocasiones anteriores a estas horas de la mañana, ya me sentía como si nada y se me hacía raro que el dolor se intensificara.
Mi esposo ya estaba en el trabajo, así que nos mantuvimos en comunicación por mensaje, yo le informaba cómo me sentía.
Para este punto del embarazo yo ya estaba buscando opciones de inducción natural al trabajo de parto, así que mis parteras me pidieron revisar mi estado general de salud con estudios de sangre y un eco con mi ginecólogo, que ya tenía agendados para ese día.
La idea era buscar la mejor opción para inducir al parto de una manera natural y no agresiva para el bebé o para mí, por lo que mi esposo y yo teníamos por seguro que el embarazo ya iba a llegar a su fin y él ya había pedido sus días de paternidad en el trabajo, ese día era el último yendo a trabajar (la Providencia como siempre acomodando todo).
A las 3 de la tarde se llegó la hora del eco, para entonces tenía contracciones más fuertes y frecuentes que me exigían dejar de hablar y hacer una pausa en lo que sea que estuviera haciendo.
En este punto se pudo revisar la respuesta del bebé a las contracciones, el nivel del líquido amniótico, el estado de la placenta y la frecuencia cardíaca para asegurar que no había sufrimiento fetal. Bendito Dios todo estaba excelente. Con estudios en mano y revisión en tiempo real, tuve la certeza de que todo iba bien para poder encarar el parto con mayor tranquilidad.
La partera María que había estado presente en el estudio de ultrasonido me animó a regresar a casa a esperar que el trabajo de parto avanzara, me recomendó comer, darme un baño caliente y relajarme o hacer algo que disfrutara (en la medida de lo posible, porque disfrutar algo entre contracciones, debo decir que es difícil).
Mi esposo y yo decidimos ir a comer pizza a una de mis pizzerías favoritas, esto como una manera simbólica y tierna/romántica de cerrar nuestra etapa como familia de solo dos, platicamos de nosotros, nuestro matrimonio, y lo felices que estábamos por conocer a nuestro hijo. Hicimos muy consciente que esa sería nuestra última comida solos, al menos hasta que Dios nos permita terminar de criar y ver crecer a nuestros hijos, y solo Él sabe cuántos años falten para eso, así que procuramos disfrutarlo mucho, aunque fue complicado comer y platicar porque los dolores incrementaban considerablemente.
Alrededor de las 6 de la tarde regresé a casa y me dispuse a tomar un baño caliente, me costaba ya bastante trabajo encontrarme cómoda en cualquier posición, entonces llamé a las parteras para informarles y me dijeron que podían llegar a la casa de partos en cuanto yo quisiera y me sintiera lista. He ahí el problema, que yo no sabía cuándo estaría lista, era la primera vez que mi cuerpo experimentaba ese dolor, esos pensamientos, esas sensaciones, yo quería ser guiada, no sabía decidir el momento adecuado para llegar.
Durante el baño le pedí a mi esposo que rezara el Rosario en voz alta y registrara contracciones. Al salir del baño los dolores aumentaron y difícilmente podía vestirme, sabía que viajar en auto iba a ser más complicado y doloroso si el nivel de dolor aumentaba un poco más, entonces llamé a mi partera y me fui a la casa de partos.
Llegué alrededor de las 9:30 p.m., me recibió la partera Diana y me informó que ella estaría a cargo del parto y nacimiento de mi bebé. Yo me sentía emocionada y tranquila, sobre todo muy confiada en mi cuerpo y en la Providencia de Dios. La aventura apenas comenzaba.
Una vez que me presentaron mi habitación de parto, conocí a las que me acompañarían: Diana, la partera encargada del parto, Belegui la partera acompañante y Renata, la practicante de partería.
Me comenzaron a preguntar sobre mi estado general; cómo me sentía, qué pensamientos tenía, del 1 al 10 cuánto dolor sentía a lo que respondí que 4, qué era lo que más me emocionaba y qué había comido. Ahora viéndolo en retrospectiva puedo entender que me preguntaron esto para ver con qué ánimo respondía y si aún estaba en mis cabales para poder mantener una conversación. Al terminar de responder la partera me dijo: —Estamos en una fase inicial del trabajo de parto, puedes elegir irte a casa y o quedarte la noche aquí y esperar.
Me agradó bastante que yo tuviera la elección y que pudiera darme un diagnóstico sin preguntas extrañas ni revisiones innecesarias. Me preguntó si quería que me hicieran un tacto para medir la dilatación de ese momento, yo acepté y me lo hicieron. Cabe mencionar que frente a las historias de terror que a veces se cuentan sobre los tactos, yo tuve una experiencia bastante respetuosa y amable. Además, debo decir que me sigue impresionando el tino que tienen las parteras para saber qué tan avanzado está el trabajo de parto con solo observar. También se revisó el corazón de bebé con Doppler y el ritmo cardíaco estaba bien.
Yo decidí quedarme, ya no quería trasladarme a casa y luego en pocas horas tener que regresar, así que pedí quedarme e intentar descansar, sabía que no iba a poder dormir bien en los siguientes días y que se venía algo intenso, entonces poder ahorrar energías era muy valioso para mí. También pedí privacidad y las parteras respetaron cada palabra de lo que pedí. Salieron de la habitación y nos quedamos mi esposo y yo solos.
En cuanto salieron, intentamos descansar, él logro dormir, pero yo no podía, entre contracciones y pensamientos tuve que levantarme y algo en mi me pedía recorrer toda la habitación, como si mi instinto me pidiera asegurarme de que era un lugar seguro para dejar nacer a mi bebé. Vaya situaciones primitivas en las que me puso el parto, pues, aunque yo sabía racionalmente que todo estaba en orden y era un lugar seguro, mi cuerpo no iba a estar tranquilo hasta que inspeccionara todos los rincones de la habitación, los tocaba, los observaba y hasta los olía, recorrí unas tres veces toda la habitación, hasta que en mi checklist mental se completó —aquí es seguro, mi bebé puede nacer aquí.
La luz era tenue, había una cama, burós, un sillón, suficientes almohadas, una tina de partos lista para ser llenada, un baño, un lavabo, una regadera, pelotas de pilates, bocinas, nuestras maletas, un banco chino, herramientas de trabajo para el nacimiento y trabajo de parto y un cambiador para bebé.

De nuevo intenté acostarme, pero quien haya experimentado contracciones sabe que acostarse es mala posición para sobrellevarlas, me dolía muchísimo.
Entonces me resigné a ya no dormir aunque tenía sueño y quería descansar, intenté buscar alguna posición que me permitiera estar en el punto medio entre vivir contracciones y medio descansar, probé primero sentarme en un tapete en el piso y recargar mi cabeza contra el filo de la cama, eso funcionó alrededor de media hora hasta que subió la intensidad, entonces me mudé a la pelota de pilates, el movimiento suave de sentarse en la pelota ayuda al cuerpo a relajarse y a sobrellevar el dolor, así que por ratos dormité en la pelota hasta que de nuevo no pude más, entonces probé el banco chino y una vez sentada en él, recargué la espalda contra la pared y por fin pude dormir aunque solo unos minutos, pero mi cuerpo lo agradeció bastante. Me despertó un dolor que tenía la sensación de abrazar mis piernas, espalda y abdomen con una presión sorda, que ardía, pero al mismo tiempo se disfrutaba. Si de alguna manera pudiera describir el dolor de las contracciones diría que es un cinturón de dolor que aplasta, rompe la cintura, estira el abdomen, empuja, que duele, pero se disfruta, que quema, pero no se padece.
Definitivamente dormir o si quiera descansar estaba ya muy lejano de mí. Mi cuerpo en este punto me exigía movimiento, caminar, estirar, hacer sentadillas, pero nunca quedarme quieta, hasta que comencé a sentir la necesidad de usar el baño y una vez ahí, sentí que algo se rompió y escuché un "plop" como si un globo se hubiera pinchado, se había roto la fuente. Quiero decir que esta parte para mí fue divertida, pues entre los nervios y el dolor, el sentir ese "plop" me causó gracia.
Fui a despertar a mi esposo, a quien le envidio el sueño pesado, porque un par de gritos no bastaron para despertarlo, tuve que moverlo directamente.
Una vez que despertó le pedí que llamara a las parteras, llegaron de inmediato, me preguntaron de nuevo el nivel de dolor del 1 al 10 y esta vez contesté 7. Hubo una revisión más de tacto, en esta ocasión por el dolor de las contracciones la experiencia fue un tanto más incómoda, la partera me informó que tenía entre 7 y 8 centímetros de dilatación, internamente me alegró mucho saber que el proceso iba avanzando, revisaron de nuevo el corazón de mi bebé, que ahora se encontraba considerablemente más abajo que cuando lo revisaron por primera vez y todo seguía en orden.
Al otro lado de la habitación escuché que alguien dijo: —Son las 3:32 de la mañana. Me impresionó caer en cuenta que ya habían pasado varias horas, realmente había perdido la cuenta y escuchar la hora me regresó un poco a la realidad.
La partera con una voz firme y dulce que recuerdo perfectamente me dijo: «Lucy, está a punto de comenzar lo más intenso. A partir de ahora ya no podemos dejarte sola; tenemos que monitorear constantemente a tu bebé». Un escalofrío de emoción me recorrió.
Me indicaron que era el momento de ambientar el lugar donde nacería el bebé, entonces le pedí a mi esposo que reprodujera en las bocinas la primera playlist de gregoriano que encontrara y que acomodara las imágenes que habíamos llevado. Él acomodó la imagen de la Virgen del Carmen, la estatuilla de San José, la vela de San Ramón Nonato, una reliquia de Santa María Goretti y el agua bendita.

Las parteras comenzaron a llenar la tina con agua caliente y yo me enfocaba en pasar las contracciones lo más tranquila posible, con vocalizaciones para procurar no gritar. Aquí descubrí que, si me hacían presión con ambas manos, como intentando "cerrar" las caderas, el dolor era más llevadero, así que le designé a mi esposo la especial y única tarea de presionar mi cintura en cada contracción.
En cuanto la tina con agua caliente estuvo lista, me metí y sentí un alivio instantáneo porque dejé de sentir el peso de mi cuerpo y la fuerza gravitatoria al poder flotar en el agua.
Y en efecto, comenzó lo más intenso. He de decir que desde de aquí hasta el nacimiento del bebé lo recuerdo por partes pues había contracciones tan fuertes y dolorosas que me hacían perder la noción hasta de mí misma, veía borroso, me perdía en mí, como echándome un clavado hacia el interior en dónde todo lo demás desaparecía.
Y esta es mi parte favorita, porque aquí y solo aquí pude encontrarme con lo que había en mi interior, Dios. Cuando el dolor se vuelve tan intenso que sales de ti mismo, todo se nubla, lo que se escucha en el ambiente desaparece, no existe nadie más que Dios y tú.
A lo lejos escuchaba a mi garganta emitir sonidos de dolor y sentía mi cuerpo inquieto retorciéndose, pero no perdía la paz.
Escuché un teléfono que vibraba por una llamada, me desconcentraba, me inquietaba y me molestaba, pues cuando una anda en ese ambiente cualquier distracción es molestísima, por lo que pedí que callaran ese teléfono. Ahora me causa gracia recordarlo, ya después supe que era una madrina y amiga preguntando por mí.
De a ratos estaba sentada, de a ratos en cuclillas, de a ratos a gatas, según el dolor me fuera dictando yo me acomodaba, recuerdo sentir el calor en el cuerpo y la necesidad de tomar agua.
Las respiraciones profundas y las vocalizaciones eran lo que me hacían no perder el control entre contracciones, pues me conozco bien y sabía que si comenzaba a gritar todo estaría perdido, entonces procuraba no gritar para mantener el control.
Experiencia Espiritual:
Especifico esta parte del relato pues aquí comienza lo espiritualmente importante.
El canto gregoriano seguía de fondo, yo en mi mente procuraba rezar lo que podía, aunque me costará concentrarme. Hablaba mucho con Dios le pedía la tranquilidad del cuerpo y alma y pedía también la intercesión de Nuestra Señora.
Durante el embarazo fui recopilando varias intenciones para ofrecer durante los dolores; por los pecadores empedernidos, por el clero infiel, por las tantas crisis y en general por el bien de la Iglesia, y por la expiación de mis muchos pecados, que Dios tuvo a bien recordarme con insistencia durante el embarazo y que me dolían mucho. Vi en mi cabeza como una película rápida y en segundos de los pecados que duelen a Nuestro Señor por parte de los sacerdotes y también recordé lo miserable que yo he sido. Y ahí, acompañando a Nuestro Señor en su dolor, lloré por primera y única vez en el parto. Quiero recalcar que ningún dolor físico me hizo sufrir tanto como el espiritual.
Después todo fue silencio, sólo silencio; no sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero comencé a escuchar que las bocinas reproducían los cantos de la Misa Cantada, el Kyrie, Gloria, etc. Todo en orden. Y yo sentí esto tan providencial, pues el recordar la Santa Misa como mi lugar seguro me hizo entrar en tal armonía y agradecimiento con Dios. Yo cantaba las partes de la Misa que podía, y cuando el dolor era tanto, solo repetía en mi cabeza.
Yo sabía que en ese momento se debían estar celebrando varias Misas alrededor del mundo, así que con toda humildad le pedí a Dios que se dignara recibir mis sufrimientos y dolores para poder unirlos a los suyos, porque yo sabía que por mucho que yo pudiera ofrecer a Dios, nunca iba a tener el mismo precio que si lo unía al sacrificio de su Hijo en el altar. Le pedí a mi Ángel de la Guarda que llevara a Dios mis intenciones de unir los sufrimientos. Y así fue como cantando las partes de la Misa contemplaba a Dios con los ojos cerrados pidiendo que recibiera lo que le ofrecía.
Sentía también muy claro el acompañamiento de la Virgen del Carmen y en especial de los Santos Luis y Celia, a quienes durante el embarazo les pedí por mí, por el parto y por mi bebé. Los sentía tan cercanos, puedo hasta asegurar que ahí estaban, intercediendo, con amor paternal.
Mientras tanto, se acercaba el momento de nacer, los dolores eran casi insoportables y yo ya no sabía ni que sentía, la vista se me nublaba, no escuchaba nada fuera de mí y sentí perder el control, el dolor me llenaba de enojo y tristeza, quería que terminara ya, yo sólo quería un momento de descanso, pero eso ya era imposible, las contracciones estaban unas tras otras, sin descanso ni tregua. Incluso hasta pensé en preferir morir y dejar todo a la mitad que continuar con el dolor (sí, así de intensa me puse y lo decía en serio).
Quería pedir ayuda, algún paliativo, al menos poder comunicar que me sentía al borde, pero no podía ni abrir la boca, ni emitir sonido, me quedé muda, el dolor no me dejaba hablar. Y la impotencia para hablar me llenaba de rabia, porque varias veces quise reunir fuerzas para pedir medicamento y mi propio cuerpo me frenaba, hasta que por fin después de varios intentos pude hablar:
—¿Hay algún medicamento para el dolor? —pregunté.
—Aquí no —respondió la partera.
Y me sentí tan desilusionada. Ya no quería saber nada, ni de mí, ni de mi bebé, ni de nadie, sólo quería que esto terminara. Y la desesperación llegó, sentí una ansiedad tan grande y de nuevo quedé inmóvil, se me hizo una maraña de coraje con dolor y rabia que nunca había sentido. Me atrapó una sensación de vacío y sin sentido que no le deseo a nadie.
Y de repente como una luz entre la oscuridad se me vino a la mente la frase de Santa Teresa de Jesús «¿Tuya soy, para Vos nací, ¿qué mandáis a hacer de mí?». Y en ese momento todo retomó su sentido; Dios me mandaba a hacer esto, no era por mis propias fuerzas ni por mi voluntad que había querido traer a este hijo al mundo, sino por amor de Dios. El alma sintió un respiro, con la confianza de quien obedece.
Poco después se me vino a la cabeza otra frase de Santa Juana de Arco: «No tengo miedo, para esto nací» y entonces comprendí que estaba cumpliendo el mandato de Dios en mí, y así y sólo así me pude aventar a la nada, con una plena confianza en Dios le entregué mi sufrimiento, mi cuerpo y hasta a mí propio hijo, solté el control y lo más intenso se desató.
Lo que escribo en delante hasta el nacimiento de José, lo viví en esta sintonía con Dios, en actitud de obediencia a cumplir el deber de estado y en profundo amor y tranquilidad.
Expulsión y alumbramiento.
Ya con tranquilidad en el alma, comenzó el expulsivo, la parte más intensa, sin descanso, sin respiración y con falta de aire, pujaba para que mi niño pudiera nacer, no me cansaba de repetirme mentalmente que Dios me había pensado para esto, que mi cuerpo era capaz de parir porque Él así lo había querido y yo con amor lo afrontaba.
No gritaba, no emitía sonido, recuerdo que todas mis fuerzas estaban centradas en poder tomar aire para no desmayarme por no respirar, mentalmente decía «1, 2, 3, respira, 1, 2, 3, respira…» por varios minutos.
Y providencialmente, porque no le encuentro otra explicación más que intervención divina, pude tener un brevísimo momento de calma, en dónde descansé mi cabeza en la tina y pude ver arriba de mi cabeza los ojos de mi esposo, tan paciente, tan amoroso y firme, intercambiamos miradas y nos sonreímos con una complicidad, emoción y alegría que nunca voy a olvidar. Como diciendo "ya casi lo logramos, ya casi". Esa mirada se quedó marcada en la memoria de mi corazón; tuvimos una conversación entera con solo vernos a los ojos. Duró pocos segundos, pero ese intercambio de miradas fue lo que me dio fuerza para afrontar los siguientes momentos. De nuevo «1, 2, 3 respira ...».
Pujé tres veces más con insistencia y una fuerza de la que no me sabía capaz.
Y sentí su cuerpo descender. José de Jesús nació.
Vi a mi esposo recibirlo y sostenerlo en sus brazos y todo tuvo sentido, ver al amor de mi vida ser papá no tiene precio.

José lloró rápido, se movía ágilmente, lo recibí en mis brazos, lo besé y abracé. Él lloraba, yo lo consolaba.
Agradecimientos, cosas que rescato y detalles extras
José de Jesús nació el 9 de septiembre de 2025 a las 8:17 am, sin presión y en un clima de amor, a las 42 semanas, midiendo 51 centímetros y pesando 3.700 kg. Con medio circular de cordón, en constante monitoreo y perfecto estado de salud, el trabajo de parto duró en total 28 horas.
Después de salir de la tina la partera me revisó y me informó que tenía un desgarro de segundo grado, el cual me tuvieron que suturar. Menciono esto también como parte del parto y sus atenciones, pues me trataron siempre con respeto, paciencia y tacto.
Pude iniciar la lactancia de manera exitosa gracias a que pude aprovechar la famosa "hora dorada", dónde alimenté a mi bebé dentro de la primera hora de nacido y estoy convencida de que gracias a esto pude tener una lactancia materna exclusiva exitosa.
Después de las debidas revisiones, mi esposo, mi bebé y yo pudimos descansar en la habitación tranquilamente y sin interrupciones.
Después de haber descansado revisaron a mi bebé, dándole las primeras atenciones de salud del recién nacido. Sin prisas y con calidez, sin cortar el cordón umbilical antes de tiempo.
El parto humanizado me permitió pensar, orar, callarme y rezar tranquilamente sin interrupciones ni intervenciones de médicos, ni personas que no conozco. Estoy segura de que mi historia hubiera sido completamente distinta en un hospital y el aprovechamiento espiritual hubiera sido diferente.
Aprendí a ver el embarazo y parto como proceso natural y normal de la vida cotidiana, no como un evento caótico.
También aprendí que el 80% del trabajo de parto es mental y por lo tanto espiritual, sin un Dios al cual abandonarte cuando sientes que no puedes más, todo se vuelve complicado. Considero la preparación espiritual lo más importante de todo este proceso, aunque también aprendí que el movimiento, la alimentación y la salud en general durante el embarazo sí determinan la hora de nacer, si no hubiera preparado la fuerza de mis piernas, el suelo pélvico y la condición física, la historia podría haber sido otra.
Rescato, y agradezco también, el haber aprendido lo valioso de parir según la naturaleza, con pujo libre y según lo que mi cuerpo y el cuerpo de mi bebé iban marcando y no según protocolos médicos fríos, muchas veces innecesarios.
Comparto mi historia porque el tema de los partos es de mis temas favoritos para hablar, lo disfruté muchísimo y es una gracia de Dios totalmente inmerecida. Además, que creo que vale la pena que todas las mujeres conozcan esta opción de parto, que al menos sepan que existe y la tengan en su radar para cuando les llegue el momento de nacer a sus bebés.
Agradezco profundamente a Dios, a mi esposo por apoyarme y acompañarme en cada momento, a las parteras y ginecólogo por su profesionalismo y calidez. Y de manera muy especial a mi madrina Guetty Colin, a quien quiero mucho y le agradezco tanto que me haya introducido y acompañado más en forma en el tema de los partos.
Todo esto por gracia de Dios.






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