De hippie a católico
- P. Christian Viña

- hace 12 horas
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Testimonio espontáneo en las calles platenses que concluyó con Bendición. Anécdotas de un Sacerdote Argentino.

Por P. Christian Viña
Dios, de San Pablo en adelante, le ha regalado a su única Iglesia, en estos dos mil años, gran cantidad de conversos. Así, se cuentan por miles los mártires, confesores y vírgenes que, tras morder el polvo de la tierra, como Saulo, pasaron a ser intrépidos en el anuncio y testimonio de Cristo. Y fueron capaces de sacrificar mucho –empezando por su propia honra y el aplauso del mundo-, con su celo apostólico y coherencia de vida. A uno de ellos, Nicolás, lo acaba de poner el Señor en mi camino.
El muchacho estaba de paso por La Plata. Y me encaró a la salida de mi habitual recorrida por el hospital.
- Buen día, ¿usted es sacerdote católico u ortodoxo? -, me preguntó, al ver mi sotana.
- Soy sacerdote católico y, obviamente, ortodoxo…
Captó, al vuelo, frente a quién estaba. Y, ahí nomás, disparó:
- ¡Qué gusto conocerlo, padre! Soy Nicolás. Tengo 27 años, y hace menos de un año me convertí. ¡No sabe lo feliz que estoy! ¡Qué maravilloso es ser católico!
- Obviamente, entiendo tu felicidad, hijo. Yo, también, soy un converso. Y, por supuesto, ser católico es lo mejor que nos pasó en la vida.
Sus palabras empezaron a fluir a raudales. Y entre gritos de alegría, y lágrimas que corrieron también, generosas, me contó su vida. Hijo, nieto y bisnieto de hippies, su niñez y adolescencia transcurrieron entre el odio a la fe, la vagancia y el descontrol de sus mayores.
Y así, a los veinte años, ya creyéndose lo suficientemente grande como para ser el más hippie de todos los suyos, partió con su concubina de entonces, de tan solo 18 años, rumbo a Estados Unidos. La opción era clara: querían ir al país que produjo Woodstock, en agosto de 1969; perverso encuentro de “música y arte”, que se constituyó en todo un símbolo del hippismo, y la deriva materialista y atea de aquellos años.
Allí, junto a su amante, optaron por todo lo pesado: rock pesado, sexo pesado, drogas pesadas y pesadísimo anticipo del infierno. No se guardaron nada a la hora de “experimentar” …
La vehemencia del relato de Nicolás y su alta voz pronto hicieron que se acercaran otros transeúntes. Y a él, lejos de arredrarlo, ello lo potenció. Vio una extraordinaria manera de mostrar su nueva vida en Jesús.
- Una noche estábamos en Nueva York. Yo ya había cortado con la piba con la que me fui; quien, tras tocar fondo, se volvió para la Argentina. Ello me hizo más salvaje. Y, así, anduve con un montón de otras “compañías”. Y esa noche, dramática -y, a la vez, bendita-, con la junta del día, el desenfreno fue mayúsculo. Solo recuerdo que, tras horas de promiscuidad, alcohol y droga, me encontré tirado, solo, al comenzar la mañana, frente a una iglesia. Estaba muerto de frío, y en busca de algo de calor, me metí en el templo.
Los ojos de Nicolás volvieron a humedecerse. Y su relato creció en intensidad.
- No solo me atrapó el cálido ambiente -continuó- la música sacra, que brotaba en alabanza a Dios; serena, pulcra, envolvente, me abrazó con lazos de eternidad. Tuve la sensación de que, en años, alguien cuidaba realmente por primera vez de mí. El sacerdote –el padre Facundo, misionero argentino, desde hace un par de años en la Quinta Avenida, y el corazón de Wall Street-, estaba concluyendo la Misa. Me acerqué a pedirle algo de abrigo, y una taza con algo caliente. Pero antes de eso nos pusimos de rodillas ante el Sagrario. Sus oraciones entraron en mi corazón como un bisturí; que corta y cura. Y lloré desconsoladamente por todos mis pecados; por cómo había ultrajado a Dios y por el demoníaco precio de todo esto: soledad, angustia, enfermedad, vacío y muerte. Fue allí mi Damasco.
Algunas lágrimas corrieron también por el circunstancial auditorio. Y Nicolás, para arrancar unas sonrisas, luego de tan tocante momento, recordó que uno de sus grandes tocayos, el santo de Bari, con su bofetada a Arrio, “dio una de las más claras y precisas lecciones de teología, de toda la historia”…
Y, para redondear su testimonio, reveló que “desde entonces, el padre Facundo, un verdadero padre, me guía en el regreso a Casa. Por supuesto, al comienzo, tenía aún mares de dudas; teniendo en cuenta, especialmente, mi pasado inmediato. Y, por eso, un día le pregunté: ‘Padre, ¿guitarra en Misa? Sí, por supuesto, ¡la casulla!’. Sí, efectivamente, la belleza en el culto divino alaba, del mejor modo, al Eterno Padre. E introduce, de lleno, en el Misterio. ¡Pruebas a la vista: la ortodoxia y la Tradición enamoran, especialmente, a los jóvenes!”
Nicolás terminó poniéndose de rodillas, y me pidió la Bendición. Los demás circunstantes lo imitaron. La fría mañana platense nos regaló algo de aquel calor, que sedujo al congelado argentino en Nueva York. Y habló del fuego de Aquel que hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).





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