Tiempo de Conversión y Misericordia
- P. Jorge Hidalgo

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Desde la Ascensión del Señor hasta la Parusía, es necesario trabajar en nuestra conversión y la de nuestros enemigos porque hoy es tiempo de misericordia, pero el Señor volverá como Juez.

Por P. Jorge Hidalgo
La Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los Cielos está relacionada con su sucesión, de ahí que esté sentado a la diestra del Padre. Él es Juez porque nos compró a precio de su Sangre, por eso nos juzgará a todos.
Esta función que le corresponde está relacionada con la de mediador entre Dios y los hombres, lo cual está mencionado en muchos pasajes. Primero y principalmente en la Encarnación; también el Jueves Santo al instituir el Cuerpo de Cristo y la primera Misa de la historia, y el Viernes Santo al morir por nosotros.
Pero también Cristo es mediador entre Dios y los hombres desde su Ascensión porque tiene sus llagas, aunque están glorificadas, siguen abiertas y son las que siempre le muestra al Padre pidiendo por nosotros. Así que Él no se ha ido para desentenderse de nosotros, sino que sigue pidiendo misericordia y piedad para nosotros.
Ahora bien, el tiempo de piedad y de misericordia es solo mientras estamos en este mundo, por eso no debemos consolarnos o conformarnos en lo que estemos haciendo, en vivir tranquilos sin esforzarnos. No, justamente si el Señor tiene piedad y misericordia es para que nosotros nos convirtamos. En cambio, cuando vuelva, va a ser una venida de justicia, pues en el día del juicio el Señor dará a cada uno según sus obras.
Por eso, además, la Ascensión está relacionada con la segunda venida de Cristo en gloria y majestad. Relata el texto sagrado que los ángeles les dicen a los discípulos: ¿Por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que os ha sido quitado y fue elevado al Cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir. Entonces, el Señor vendrá y las dos cosas están relacionadas. El Señor ha de juzgar y esta venida será de justicia.
Entonces, es ahora cuando nos tenemos que convertir, no podemos pensar que el infierno se va a cerrar, que los condenados van a salir de ahí, que no hay nadie en el infierno, que nadie comete ningún pecado mortal y por eso nadie se va al infierno. Todas esas cosas son errores terribles que hoy se dicen pero están mal. Lo que necesitamos es confesarnos seguido para vivir en gracia, porque si ahora no aprovechamos la misericordia, lo que sigue después es la venida de justicia.
¿Y mientras tanto qué ocurre? Cristo nos manda a predicar por el mundo, a dar testimonio de que solamente en su nombre somos salvos, hasta que Él vuelva.
La clave de este tiempo es, entonces, la salvación de los hombres. Por eso Dios dilata el tiempo para que su Hijo vuelva, aunque ya lo tiene todo calculado, para que se predique el Evangelio hasta el final de los pueblos. El Señor quiere tener misericordia justamente para que más almas se salven, más almas lleguen al Cielo, más aún, si el Señor deja que los malvados actúen, lo hace en atención a los buenos.
Como dice San Agustín, “el Señor perdona la cizaña en atención al trigo.” Y en otro lugar dice también que “si no hay perseguidores no habría mártires”. Entonces, justamente el sentido de los malvados en el mundo, de las persecuciones, de los asesinos, es justamente que haya más santos que glorifiquen a Dios con su vida, con su modo de actuar, pareciéndose a Nuestro Señor Jesucristo.
Así que cuando tengamos dificultades con los paganos, con los ateos, con los que odian a Dios, con los que nos persiguen insensatamente; debemos pensar como los mártires, que oraban por sus verdugos.
Numerosos ejemplos podemos poner. San Esteban, por ejemplo, era apedreado y rezaba por los que lo asesinaban. Y uno de los que consentía su muerte y tenía el mando de los que lo apedreaban era Saulo de Tarso. Y Esteban decía, Señor, no le tengas en cuenta este pecado. Y como comenta un Padre antiguo de la Iglesia, Quodvultdeus: “las oraciones de Esteban eran más fuertes que las piedras de Pablo.” El martirio de Esteban logró que Saulo de Tarso sea San Pablo, el apóstol.
Y como ése, tantos otros casos que podemos citar. Este año, por ejemplo, se cumplen 100 años del inicio de la Gesta Cristera en la cual el gobierno masónico, liberal, con la influencia de Estados Unidos y además con ideas comunistas de la URSS, que era el gobierno de México, persiguió a muerte a los sacerdotes. No se podía ir a Misa.
Desterraron a los obispos, a los nuncios. Mataban a los sacerdotes y a los fieles simplemente porque el culto estaba prohibido. Uno de los mártires de esa época fue el padre Miguel Agustín Pro, un sacerdote jesuita que ofreció su vida por la conversión del Presidente de la República, Plutarco Elías Calles, masón de grado 33 que estaba detrás del asesinato de los cristianos.
El Padre Pro había dicho que iba a ofrecer su vida por el Presidente Calles y que, si lo llegaban a matar, iba a pedir un minuto para hacer un acto de contrición, iba a levantar los brazos e iba a decir ¡Viva Cristo Rey! Ya lo había dicho y así murió.
Más aún, el escribano que fue a certificar su muerte antes de asesinarlo, le dijo, Padre, perdóneme por lo que estoy haciendo. Su respuesta fue: “No solo te perdono, te agradezco lo que estás haciendo.” Justamente al contrario de lo que uno pensaría.
El sacrificio del Padre Pro dio frutos, algunos dicen que Calles se convirtió. La oración puede hacer convertir a los enemigos de Dios.
Este es el sentido de la historia de lo que estamos viviendo, desde la Ascensión hasta la Parusía, el que nos parezcamos a Cristo, que tengamos siempre, aunque los pies en la tierra, el corazón en el Cielo, y que actuemos solamente según el querer de Dios, como actuaría el corazón de Cristo en este mundo.
Eso es lo que tenemos que pedirle a la Santísima Virgen que tengamos esa mirada sobrenatural, que no dejemos de rezar por todos, incluso y especialmente por los que nos hacen el mal, nuestros verdugos; para que así logremos la conversión de muchas almas endurecidas, que el Señor haga que ellos también lo adoren y digan que Jesús es el Señor, para que el Señor reine y sea todo en todos.
En conclusión, que nos parezcamos a Cristo en esta vida, para que así, actuando con misericordia, lleguemos a reinar con Él en los cielos.





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