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La Santidad a la luz de los Maestros del Desierto

  • El desierto no ha desaparecido: ha pasado al interior del hombre que quiere ser otro Cristo. Permanece donde el hombre renuncia a sí, ordena sus deseos y deja obrar a la gracia.



Por Q.B.C. Guadalupe Montenegro Camacho


Muchas veces se ha dicho que la historia es maestra de la vida, y esta afirmación adquiere un peso particular para el cristiano. La vida y el pensamiento de la Iglesia no se han desarrollado en abstracto, sino que se han encarnado en la vida concreta de los Apóstoles y, posteriormente, en los primeros Padres y Madres del desierto, quienes no hicieron otra cosa que transmitir y vivir con radicalidad lo recibido de Cristo Nuestro Señor. Su testimonio ha marcado profundamente la práctica cristiana a lo largo de los siglos y continúa iluminando nuestro tiempo.


Por eso, la Iglesia no ha dejado de recordarlo: “todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los fieles, están llamados a la santidad” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 39).


“Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2, 20).


Aquí está la medida. No un ideal devocional, sino la forma de la vida cristiana. No basta creer en Cristo: es necesario dejar de pertenecerse.


Hubo un tiempo en que algunos cristianos se retiraron para vivir el Evangelio sin concesiones; literalmente, se fueron al desierto. No buscaban lo extraordinario, sino lo íntegro. No despreciaron el mundo: ordenaron el corazón. Su renuncia fue afirmación de Dios.


Pero la radicalidad no era exclusiva de quienes se iban. Desde el principio hubo quienes permanecían, viviendo una disciplina interior exigente: oración, dominio de sí, caridad efectiva, vigilancia del corazón. Entre ellos abundaban las vírgenes cristianas: permanecían en sus casas, pero ya no vivían como antes. Estaban en el mundo, sin pertenecerle.


Esta misma verdad se mantuvo a lo largo de los siglos. Santa Catalina de Siena, en medio de la vida pública, vivió en unión constante con Dios; Santa Rosa de Lima, sin salir de su hogar, abrazó austeridad, silencio y ofrecimiento. Mismo Evangelio. Misma radicalidad. Distintas formas.


Esta lógica llevó a muchos a asemejarse a Cristo hasta el martirio. San Ignacio de Antioquía, camino a su muerte, gritaba: “Trigo soy de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para ser hallado como pan limpio de Cristo”. Y añade: “Ahora empiezo a ser discípulo”.


No es exceso. Es coherencia. La vida cristiana es participación en la cruz. No todos morirán mártires, pero nadie queda fuera de esta entrega: dejar de ser centro de sí.


La tradición lo dirá con precisión. Santo Tomás enseña que la perfección no consiste solo en evitar el pecado, sino en la plenitud de la caridad que ordena todo a Dios. La gracia no solo corrige: eleva, transforma, configura.


Por eso, detenerse en el mínimo no basta. “Si no tengo caridad, nada soy” (1 Cor 13, 2). La santidad no se mide por lo que se evita, sino por lo que se entrega.


El Concilio Vaticano II lo reafirma: todos están llamados a la perfección de la caridad. No es un consejo para pocos, sino una vocación universal. Los caminos no se uniforman; la exigencia sí: una vida que ya no se posee.


La antigua Carta a Diogneto lo resume: el cristiano vive en el mundo, pero no es del mundo. Convive con todos, pero no se confunde con nada. No se aísla; tampoco se diluye.


Esto no rebaja el Evangelio: lo vuelve más exigente. Si el desierto implicaba separación exterior, la vida en medio del mundo exige permanecer sin ceder. Sin distancia visible, todo se juega en el interior: vigilancia constante, purificación real, fidelidad concreta.


El desierto no ha desaparecido: ha pasado al interior del hombre que quiere ser otro Cristo. Permanece donde el hombre renuncia a sí, ordena sus deseos y deja obrar a la gracia. Permanece en toda vida que, sin huir, se niega a pertenecer.


No todos abandonarán todo. No todos serán llamados al martirio visible. Pero todos están llamados a poder decir, con verdad: “Ya no vivo yo”. Y sin esa verdad, no hay santidad.


¿Cómo volver a ese espíritu?


No se trata explícitamente de huir al desierto, sino de dejar de huir de Dios.


El desierto no necesariamente es un lugar: es una decisión. Comienza cuando el hombre deja de reservarse algo.


Primero, callar: no sólo exteriormente, sino interiormente; acallar justificaciones, excusas, autoindulgencias. Sin ese silencio, el alma permanece dispersa y Dios no encuentra dónde habitar.


Segundo, ordenar la vida sin concesiones. La oración no es cuando se puede, sino cuando corresponde; la disciplina no es un ideal, es una exigencia. El amor a Dios se mide en lo concreto, en lo que cuesta.


Tercero, romper con la mediocridad espiritual. No basta evitar el pecado: eso apenas nos mantiene en pie. El cristiano está llamado a amar hasta el extremo. La pregunta ya no es “¿esto es lícito?”, sino: “¿esto me configura con Cristo crucificado?”.


Cuarto, abrazar la cruz sin elegirla: no la que agrada, no la que se entiende, no la que se puede controlar, sino la que llega, la que contradice, la que humilla. Ahí se purifica el amor.

Quinto, renunciar continuamente a sí mismo: no una vez, sino en cada momento, en el pensamiento, en la palabra, en la intención más íntima. Cada instante es una elección entre el propio yo y Dios.


Sexto, vivir en el mundo como extranjero: estar entre los hombres sin adoptar su medida, amar sin diluirse, servir sin negociar la verdad, permanecer en Cristo aunque todo alrededor invite a lo contrario.


Séptimo, ordenarlo todo a Dios: no sólo renunciar, sino ofrecer; no sólo vaciarse, sino pertenecer. Que cada obra, cada pensamiento, cada deseo tenga un mismo fin: Dios, sin reservas.


Este es el desierto de hoy. Más oculto, más exigente, más continuo. Y pide lo mismo que entonces: no una parte, no un tiempo, no un esfuerzo ocasional… sino la vida entera.


“Suscipe me, Domine, secundum eloquium tuum, et vivam” (Sal 118 [119], 116)

“Recíbeme, Señor, según tu palabra, y viviré.”


Y tú, lector, ¿estás dispuesto a entregarlo todo… o seguirás reservándote algo?


 
 
 

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