Que Todo se Queme en Holocausto Para Dios
- P. Jorge Hidalgo

- hace 10 horas
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Que el fuego del Espíritu Santo arrase con todo el pecado, la soberbia, el egoísmo y todo lo que sea contrario a Dios para que podamos darle culto divino.

Por P. Jorge Hidalgo
Cincuenta días después de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo la Iglesia celebra la Pascua del Espíritu Santo, es decir, el Día de Pentecostés, que es lo que recientemente celebramos.
Se trata de una fiesta que también era judaica, razón por la cual estaban todos los hebreos en Jerusalén venidos de todos los lugares del mundo, como dice el Libro de los Hechos, porque los judíos celebraban en ese día el Don de la Ley, es decir, aquel momento en el cual Dios había dado las tablas de los diez mandamientos a Moisés para que el hombre pudiera llegar a Dios, practicar la virtud y agradarle a Cristo. La entrega de los diez mandamientos estaba en el gran contexto de una teofanía, es decir, de una manifestación de Dios en la cual Moisés, mandado por Dios, había rociado el altar con la sangre de un cordero y luego había rociado al pueblo mientras decía: ésta es la alianza que el Señor hace con su pueblo.
Todo esto que había ocurrido en el Antiguo Testamento es una figura, es decir, una profecía viviente de lo que había de ocurrir en el Nuevo Testamento, porque como dice San Agustín: “El Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo y el Antiguo se hace manifiesto en el Nuevo.”
¿Y qué había de suceder? Que el pueblo y el altar, símbolo del mismo Dios, iban a ser rociados con la sangre, pero ya no de un animal, sino del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El Cordero con el cual el Señor hace una alianza eterna, como decimos siempre en la Santa Misa: Sangre de la alianza nueva y eterna. Esa alianza por la cual el pueblo queda santificado. “Aquello que no era pueblo, ahora es el pueblo de Dios”, como dice San Pedro citando al profeta Oseas, y entonces queda congregado en la unidad. Pero además eso era una gran manifestación de Dios, era una gran teofanía, aunque la más grande de todas, por supuesto, era la del Viernes Santo.
La ayuda del Cielo para cumplir la Ley
Respecto a los diez mandamientos, el hombre no los podía cumplir porque necesitaba la fuerza de Dios, la gracia de nuestro Señor Jesucristo, porque el decálogo nos demuestra que el hombre es frágil, débil, endeble, y que solamente podemos cumplirlos con la gracia de Dios.
Por eso lo que era la ley, en el Antiguo Testamento, es para nosotros en el Nuevo Testamento la gracia de Cristo, que es el Espíritu Santo infundido en nuestros corazones, como dice santo Tomás. Por eso antes era la ley, hoy es el Espíritu Santo.
Esto no quiere decir que podemos prescindir de los diez mandamientos. Claro que no. Los mandamientos siguen siendo para nosotros, el mismo Señor dice: “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud.”
Los mandamientos siguen siendo para nosotros la hoja de ruta, porque es la ley de Dios escrita para que nosotros cumplamos la ley natural, que como dice santo Tomás, es la participación de la ley eterna en la criatura racional.
Es decir, la ley eterna es el mismo Dios y cuando Dios crea toda la Creación, entonces le pone una norma. Esa es la ley natural. La ley natural refleja la causa ejemplar que tiene Dios en sí mismo, es decir, podemos decir el arquetipo, el modelo a seguir. Por eso es que los mandamientos tampoco pueden cambiar, porque la ley natural no cambia. Lo que es bueno sigue siendo bueno, lo que es malo sigue siendo malo.
La ley natural no cambia y por esa razón la ley escrita de Dios no cambia. Nosotros siempre seguiremos teniendo los diez mandamientos, pero el tema es que el Espíritu Santo nos viene a ayudar a cumplirlos porque sin Dios no lo podríamos hacer, necesitamos la fuerza de la gracia justamente para cumplirlos, sobre todo el primer mandamiento, que es amar a Dios sobre todas las cosas, y también para cumplir, aunque sea uno solo de los mandamientos por mucho tiempo. Por eso lo necesitamos.
Pero siendo también verdad aquello que dice el doctor Angélico: la ley es para los incipientes y los reticentes; es decir, para los que comienzan en la virtud y para aquellos que se quieren escapar. Porque también dice la Tradición que para los perfectos no hay ley.
¿Y eso qué quiere decir? ¿cada quien puede hacer lo que quiera? No. Y esto es parte del error que hay hoy respecto de la interpretación de los mandamientos.
Porque hoy la gente dice “ya no necesitamos más los diez mandamientos, ahora podemos hacer lo que se nos ocurra.” Y esto evidentemente no es así por lo que he expuesto y seguiré desarrollando.
Cuando dice la escritura que para los perfectos no hay ley se refiere justamente a que el que ama no mide. En efecto, el amor auténtico es entrega, no cálculo. Quien está con Cristo desea consumirse con Él, entregándose a los demás. Esto es lo que dice San Agustín, “ama y haz lo que quieras.” Dilige et quod vis, fac.
Porque si uno tiene el amor a Dios sobre todas las cosas y uno ama al prójimo por amor a Dios, entonces no interesan los límites, decir hasta acá sí y hasta allá no. El que ama se entrega con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas.
Eso es lo que explica el Espíritu Santo, por eso el día de Pentecostés cayeron las lenguas de fuego que quieren representar especialmente la caridad que arde en los discípulos de Cristo. Para entender esa caridad podemos visualizarlo como si yo pusiera algo en el fuego, espero que todo se queme, no solo alguna parte. Así obra la caridad, sin cálculos, ama y quiere que todo se queme, que todo quede como transformado por la llama. Esa llama, como dice San Juan de la Cruz, es el Espíritu Santo.
Entonces, lo que tiene que transformar nuestra alma es Él, el Espíritu Santo. Yo no tengo que hacer cálculos, “hasta acá le entrego a Dios y hasta acá no le entrego a Dios. Esto es de Dios y esto es mío, esto que el Señor lo consuma y esto hasta acá me lo guardo para mí.” No, más bien tiene que ser nuestro corazón como un holocausto. En griego, la palabra holós kautós, que quiere decir quemado completamente.
Todo tiene que estar completamente quemado para Dios. Por eso el cristiano, con la transformación que hace el Espíritu Santo en nuestras almas, debería ser una hostia viva, santa, agradable a Dios. Este es nuestro culto razonable, dice San Pablo en la Carta a los Romanos.
El culto razonable es ofrecerle a Dios toda el alma y no dejarnos nada para nosotros mismos, nada para nuestro egoísmo, nuestra soberbia o cualquier otro pecado según como cada uno de nosotros seamos tentados por el demonio. Todo tiene que ser para Dios, absolutamente. Ese es nuestro culto espiritual a Dios.
Olvido de sí y todo por el reino de Cristo
Esto es lo que viene a hacer el Espíritu Santo y eso es lo que hizo en el corazón de los apóstoles. Ellos ya se dejaron de mezquindades, “esto es mío, esto es tuyo, quién va a ser el primero…”. Dejaron esas cosas del hombre viejo y se fueron a correr por el mundo anunciando que Jesús es el Señor y que no hay otro nombre dado a los hombres por el cual debamos salvarnos.
Y eran lenguas de fuego, justamente porque se fueron a anunciar a todo el mundo que el Señor era el único Dios y por esa verdad todos murieron mártires, menos San Juan porque Dios no quiso, pero todos los demás murieron mártires por Dios.
Eso nos tiene que hacer mover también a nosotros. La caridad que nos da el Espíritu Santo nos tiene que hacer inflamar, nos tiene que motivar a no callarnos nunca, porque si le hemos entregado el corazón completo a Dios y nuestra alma ha sido consumida por el fuego del Espíritu Santo para Él, entonces ¿cómo vamos a callar? ¿cómo voy a decir yo aquí soy cristiano, pero acá no? Acá me muestro como católico y acá doy uno o cinco pasitos para atrás para que nadie me vea practicar mi catolicismo; ¡No!, eso no es del católico. El católico justamente quiere que, en todo lugar, el Señor reine, quiere en todo lugar mostrar que Él es el único salvador.
Por eso, como cristianos, debemos dar testimonio con la palabra, con las obras y si fuera preciso con la sangre. Hasta ese punto tiene que ser el testimonio del cristiano, jamás dejar de dar testimonio de Él y eso es lo que hicieron ellos.
El día de Pentecostés, los que estaban ahí oyeron a los apóstoles hablar cada uno en su propia lengua y los escuchaban hablar sobre las maravillas de Dios; eso deben escuchar de nosotros. Si ese fuera el testimonio de la Iglesia todo el mundo creería, todos tendrían una sola alma y un solo corazón.
Pidamos la gracia que ocurrió en Pentecostés, que se convertían de a miles y mientras más los perseguían, incluso los verdugos y perseguidores, todos terminaban aceptando la fe católica.
Y por último, no podemos olvidarnos que cuando vino el Espíritu Santo estaba Nuestra Señora, porque donde está la Virgen Santísima llama a la presencia del Espíritu Santo porque, como dice la escritura, un abismo llama a otro abismo.
El abismo de la humildad de Nuestra Señora llama al abismo de la caridad del Espíritu Santo que se derrame, para que transforme; el que pide es justamente el corazón de la Virgen que jamás se buscó a sí misma, y pide para que sea todo de Dios.
Todas las grandes intervenciones del Espíritu Santo en la historia ocurrieron por la Santísima Virgen, empezando por la Encarnación, que fue la primera y la principal; y la segunda fue la gran manifestación del Espíritu Santo a la Iglesia. Por eso tenemos que confiarnos a Nuestra Señora y cuando veamos los defectos que tenemos en nuestra alma, que no podemos superar y las miserias que venimos arrastrando de un año o de toda la vida, invoquemos a Nuestra Señora para que nos ayude a vaciarnos de nosotros mismos, para que el Espíritu Santo queme completamente cualquier escoria de soberbia o de egoísmo que haya en nuestra alma y para que en el fondo de nuestro corazón, solo reine la gloria y la honra de Dios, como dice San Juan de la Cruz.
Que Ella también nos reúna a nosotros en torno a la oración, en torno a la promesa de Cristo para recibir al Espíritu Santo, quite de nosotros el hombre viejo y nos dé la gracia de imitar solamente a Cristo para que el Espíritu Santo haga que nuestro testimonio sea confiable y creíble, y haga que todo el mundo proclame por nuestro testimonio que Jesús es el Señor y todos hablen, no de nosotros, sino más bien las maravillas de Dios.





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