¿Por qué Jesús Lloró?
- P. Jorge Hidalgo

- 26 mar
- 5 min de lectura
El pecado mortal, es decir, la muerte a la vida de la gracia, es lo que mereció las lágrimas de Cristo. Nadie está libre de caer, para estar vigilantes es necesario la confesión frecuente.

Por P. Jorge Hidalgo
Durante su vida, nuestro Señor Jesucristo resucitó tres muertos que, de acuerdo a los Padres de la Iglesia, representan las tres etapas de la vida interior.
Resucitó a la hija de Jairo, que representa a los muertos que caen en pecado mortal en el inicio de la vida espiritual; resucitó también al hijo de la viuda de Naín, que representa a los intermedios en la vida espiritual, y resucitó también a Lázaro, que representa a los que están en la plenitud de su vida espiritual.
Esto se basa en la parábola del Sembrador, en la que se dice que unos dan fruto al treinta, otros al sesenta y otros al ciento por uno; de ahí que se identifiquen las tres etapas de la vida interior; los incipientes, los proficientes y los perfectos, respectivamente. Y estos tres muertos representan que uno puede llegar a alejarse de Dios en cualquier momento de la vida interior.
Es decir que no solo un niño, que apenas empieza a conocer el catecismo, o una persona adulta que apenas inicia con su conversión, pueden ofender gravemente a Dios; no, también es posible que una persona que esté más avanzada en su vida interior, o que incluso tenga años de vida cristiana y años de trabajar en la oración, en la virtud, en la perfección, en el camino de la santidad, pueda caer en pecado mortal.
Porque como dicen los santos, por ejemplo San Juan de la Cruz, es muy difícil que un alma sea confirmada en gracia. Muy pocos casos hay. Por eso San Pablo nos advierte: el que esté de pie tenga cuidado de no caer.
Pero a todo aquel que se arrepiente, Cristo lo puede perdonar, le puede dar la vida nueva de la gracia, le puede dar la vida sobrenatural del cielo, por esa razón nuestro Señor es capaz de devolver la vida a los tres.
En el caso de Lázaro vemos incluso a Jesús llorando por su muerte, y sobre todo se lamenta porque Lázaro representa al género humano, entonces nuestro Señor llora y se lamenta porque el hombre está muerto para Dios. Es decir, el hombre vive sin Dios, el hombre vive sin la vida de la gracia, vive en pecado mortal. Por eso Jesús llora.
Ésa, en verdad, es la verdadera desgracia. Porque es lamentable tener un accidente, tener una enfermedad; pero la verdadera desgracia, como la palabra lo dice, es perder la gracia. Y la gracia es la amistad con nuestro Señor.
Así que Lázaro representa justamente a aquellos que están muertos. Muertos para la vida sobrenatural del cielo.
Jesús llora por él y sabe lo que va a hacer, de hecho, demuestra entonces su divinidad al resucitarlo.
“Lázaro ven afuera”, le va a decir nuestro Señor, y eso es suficiente para que el muerto se levante. Así que nuestro Señor demuestra que Él tiene poder sobre todo. Él es juez de vivos y muertos, queda de manifiesto su poder sobre la vida y sobre la muerte y cómo nada escapa a su gobierno.
Aunque pasemos por el dolor
Debemos aspirar a la vida sobrenatural, es por lo que incesantemente tenemos que luchar sin desalentarnos.
Es verdad que cuando uno se confiesa y sale del pecado mortal intentando caminar en la perfección, posiblemente vuelva a caer, por esa razón es muy buena la confesión frecuente. Ese es uno de los primeros requisitos necesarios para quien quiera crecer en la perfección.
Si una persona se confiesa muy de vez en cuando, es como si limpiara su casa una vez al año. Evidentemente va a estar limpia dos días y después el resto del año va a estar sucia. Igual ocurre en nuestro corazón si no nos confesamos habitualmente.
Por eso el alma que recién se convierte o que está comenzando en el camino de la conversión tiene que caminar hacia Dios. En el mismo caso de la muerte de Lázaro, inmediatamente después de su resurrección, Jesús pide que lo desaten, lo que en un sentido místico significa que esté libre para que pueda caminar.
Es decir, el Señor quiere que caminemos hacia la perfección porque somos la iglesia peregrina que va militando en este mundo hacia la vida eterna, entre los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo, como dice San Agustín. Pero para eso, claro, el mundo nos va a perseguir, el demonio nos va a tentar. Entonces es posible que uno vaya caminando poco a poco y que el Señor le pida a otros que nos ayuden, que nos desaten para que podamos andar.
Esa es la función de la Iglesia. La iglesia, como madre y maestra que es tiene la función de ayudarnos a caminar en la vida, ésa es la tarea del pastor. El pastor de almas debe procurar que otros crezcan en la perfección.
En la Pascua, Nuestro Señor va a destruir al demonio, va a destruir a la muerte, y va a dar una nueva vida. En su Persona vencerá el pecado, al demonio y la misma muerte. En cambio, en todos nosotros, que somos miembros de la Iglesia, el Señor quiere destruir la causa de todo eso, que es el pecado y el demonio. Si nosotros vivimos para Dios, quedamos libres del yugo de Satanás.
Pero las consecuencias últimas de la acción del demonio, del pecado, que son justamente la muerte, el dolor, la enfermedad, van a quedar destruidas en nosotros el día de la resurrección final.
Si podemos vencer al pecado, si quedamos libres del yugo de Satanás, ya hemos vencido con Cristo. Aunque tengamos que pasar en este mundo por el dolor, el sufrimiento y la muerte. Más aún, Cristo nos quiso dar ejemplo para que estas cosas, que humanamente a nadie le agradan, sirvan como medio de santificación. Por eso San Pablo dice: si con Cristo morimos, viviremos con Él, si con Él sufrimos, reinaremos con Él.
Vivir siempre en gracia de Dios
En lo poco que queda del camino cuaresmal y en la Semana Santa, si aún no la hemos hecho, hagamos una buena confesión. Aprovechemos para cumplir el precepto pascual de confesarnos al menos una vez al año para Pascua de Resurrección y en peligro de muerte. Además, ese día también por precepto debemos recibir la Santa Comunión.
Intentemos trabajar seriamente en nuestra vida interior, que nunca caigamos en la soberbia pensando que hemos superado algún pecado y que nunca más volveremos a caer, porque eso sería un grave error, la muerte -el pecado- puede ocurrir en todas las etapas de la vida interior y espiritual, como hemos visto antes.
Y es por esa razón que tenemos que confiarnos a nuestro Señor, al auxilio de su gracia para perseverar en el bien, para siempre hacer lo que Él quiera y algún día llegar al premio eterno que el Señor dará a aquellos que perseveran en la vida de la gracia. Pidamos a la Virgen Santísima que también nosotros confiemos en su intercesión maternal, que Ella nos alcance de nuestro Señor vivir siempre en gracia de Dios, porque la verdadera desgracia es el pecado mortal. Todas las demás cosas sirven para el bien de los elegidos.
Incluso la muerte, en el caso de Lázaro, que era amigo de Cristo, ocurrió justamente para que ante todo el mundo quedara de manifiesto que Cristo era verdadero Dios y entregaba su vida libremente. Así, todo debemos verlo desde la fe, con esa mirada sobrenatural, y buscar, con ayuda de Santa María, tener parte en el triunfo eterno de Nuestro Señor Jesucristo.





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